Martes 17/10/2017.

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Sucesos

Jordi Esteva nos lleva a su lugar soñado, la isla de Socotra

  • El escritor y fotógrafo catalán publica 'La isla de Socotra', un viaje al lugar de sus sueños.
  • Esteva es acaso el mejor escrito de viajes que hay en España.
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  • Una de las fotografías incluidas en 'La isla de Socotra', de Jordi Esteva

P.- En su viaje a la isla de Socotra sigue Ud. varios hilos, el del azar en primer término, la exploración de un espacio que conoció primero en la literatura, la búsqueda de un modo de vida en extinción, de la imagen de su padre, de su oficio de escritor y de su pasión de viajero, ¿cómo se trenzan en la narración? ¿Hasta qué punto ha tenido en cuenta todos esos planos al escribir?

R.- Socotra era para mí un sueño. Como tantos otros lugares, Zanzíbar, Tomboctú o Madagascar, de nombres poderoso como mantras, Socotra era uno de los destinos a los que viajaba de niño sin salir de la habitación; los atlas, la bola del mundo y los libros de geografía ilustrada conseguían que me evadiera de la época gris y triste de los años cincuenta. En la soledad de mi habitación me propuse un día conocer todos esos lugares remotos. Durante los veranos, los zíngaros acudían al pueblo de veraneo, con su cine ambulante y proyectaban sobre sábanas películas maravillosas como El Ladrón de Bagdad o Simbad el marino.

Una noche me prometí a mi mismo que me embarcaría en un velero árabe como el del célebre marino de Basora, pero cuando décadas más tarde llegué al Índico, los veleros árabes o dhows, ya no surcaban aquellas aguas en dirección al África o a la India, limitándose a la navegación costera. Socotra era quizá el último sueño por cumplir. Durante muchos años era un lugar prohibido porque pertenecía al Yemen del Sur, el único estado que se definía como marxista y se decía que la isla estaba horadada por túneles submarinos que conducían a una base de submarinos soviética.

Cuando pude viajar a la isla, quedé sobrecogido por la belleza abrupta de un lugar aislado en el tiempo con una flora única que parecía de otra era y un paisaje pétreo torturado. Era la isla del ave Fénix y del ave Roc. La isla del incienso y de la mirra. La isla del árbol de la sangre del dragón, cuya savia era utilizada por los gladiadores del Coliseo para embadurnarse antes de salir a combatir a muerte. Viajé al interior de la isla, hacia sus cumbres, en compañía del nieto del último sultán junto a varios camelleros con sus animales. Por la noche alrededor de un fuego, los pastores acudían para contar historias de espíritus, brujas y de serpientes monstruosas.

Cuando comencé a escribir, dejé que las palabras fluyeran, también los recuerdos y que todo se entrelazara. De pronto aparecía mi padre. Sucesos que creía olvidados. Al mismo tiempo que frente al ordenador regresaba a las cumbres de Socotra, buceaba en mi interior en un viaje paralelo, plagado de sensaciones olvidadas. La escritura fue difícil en los comienzos. ¿Cómo ensamblar todos esos elementos que fluían a borbotones? Un día, después de batallar con el ordenador durante horas, mientras paseaba con mi perra junto al Ter, me llegó la célebre voz que todos los escritores buscamos, el hilo del que tirar y deshacer el ovillo y el sufrimiento se convirtió en placer. Todo fluyó. ¡Qué respiro!

P.- Me ha llamado poderosamente la atención su capacidad de observación, su meticulosidad a la hora de contemplar tanto la realidad tanto la exterior como la interior, y consecuentemente su oficio expresivo. ¿Diría Ud. que formalmente ha logrado lo que quería, que en este libro ha alcanzado una trabajada madurez como escritor?
R.- Sin duda es un libro más maduro que Los árabes del mar. Más reflexivo. He querido que aparecieran mis preocupaciones del momento, el paso de los años, la añoranza de un padre que se fue sin que habláramos de tantas cosas que quedaron pendientes. También una añoranza de los mundos que se desvanecen ante nuestros propios ojos. Del hilo que nos unía con los mundos antiguos. De todos modos, todas esas sensaciones y pensamientos acudieron sin que les llamara.

P.- La edición de 'La isla de Socotra' no puede ser más atractiva y estar más cuidada en todos los aspectos también materiales. La calidad intrínseca del libro tiene ahí un primer reflejo. Detacan también sus propias fotos en blanco y negro y bañadas con una bruma que las dota de intemporalidad. Parecen grabados antiguos. ¿Qué papel juegan en el diálogo con el texto?
R.- Tengo un problema con la fotografía. En un mundo tan dominado por la imagen, llega a agobiarme. Además no me gusta la imagen digital. Es demasiado perfecta y, en mi opinión, le falta la magia de las sales de plata oxidadas por la luz. Algo casi “alquímico”. En Socotra, no quise repetir imágenes tomadas en otros lugares remotos del mundo árabe como las de mi libro 'Los oasis de Egipto'. Busqué los momentos en los que el fotómetro de mi vieja Nikon  -totalmente manual y analógica-, ya no me permitía casi disparar. Momentos de luz tenue, irreal. Quería reflejar un mundo onírico. En blanco y negro naturalmente. Con la maravillosa película Tri-X que quizá Kodak –signo de los tiempos- dejará de fabricar.

En el libro de Jordi Esteva (Barcelona, 1951), acaso el mejor escritor de viajes que hay en España, se funden dos tradiciones que se enriquecen mutuamente: la del relato del viajero atento a lo que tiene delante, a cada  matiz, a cada voz, rostro o paisaje, un viajero sensible que trata de comprender, no de juzgar y que queda imantado por todo lo que hay de bello en el mundo, y, de otro lado, la tradición europea del ensayo autobiográfico, tentativo y moderno, reflexivo, nada dogmático. De ese modo, lo otro y lo propio se funden en una narración armónica, a la vez interior y exterior, a la vez vital y culta, necesaria y abierta. Un libro de lectura tan placentera como inquietante, tan instructiva como estimulante. Lo recomiendo vivamente.

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