Lunes 05/11/2018.

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¿Qué es el euroescepticismo y de dónde viene?

  • El euroescepticismo, en su origen, sirvió para definir la suspicacia británica respecto a una Unión Europea inclinada en torno al eje alemán, aunque en la actualidad define tanto posturas que respetan a la UE pero no su proyecto de integración, como a los que la rechazan. 


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  • El FN ganaría las europeas con una abstención récord, según un sondeo EFE

La palabra euroescepticismo ha tomado la campaña europea en múltiples países. Según algunos autores, el término ‘euroescepticismo’ fue empleado por primera vez en 1992 en un artículo de ‘The Economist’ por el profesor de Ciencias Políticas, Ronald Tiersky, para referirse a aquellos que defienden sólo la mínima integración europea que garantice la paz y la prosperidad, tratando de preservar el mayor grado de soberanía nacional posible. Entendido así, el origen del término coincide con las posturas tradicionales británicas, siempre un tanto suspicaces ante una cesión de soberanía cuyo eje principal se sitúe en la Europa continental.

En todo caso, cabe resaltar que tanto euroentusiastas como euroescépticos son eurófilos, ya que aceptan la unión como necesaria, si bien difieren en el grado de integración o, como también se ha presentado, en el grado de optimismo respecto a la hoja de ruta actual. Así definido, un euroescéptico consideraría positiva la Unión Europea en sus fundamentos, en su proyecto embrionario de traer la paz, la democracia y la prosperidad a las naciones europeas, pero sería escéptico ante su configuración actual y su proyecto de desarrollo futuro.

Mientras la integración europea se redujo a cuestiones económicas, los ciudadanos europeos permitieron que sus representantes políticos avanzasen en medidas que sólo les tocaban eventualmente cuando se abordaban cambios en sectores concretos. Sin embargo, la puesta en marcha de medidas de integración política alertó a un grupo mayor de ciudadanos, así como a sus representantes políticos. Sensibilidades identitarias y culturales se vieron afectadas por una supuesta cesión de soberanía nacional que afectaba además a los puntos de vista sobre temas que suscitan el debate, como la ecología o los procesos migratorios.

Siguiendo el símil de José Ignacio Torreblanca, al inicio de la UE cabían todas las opciones, pero a medida que esta ha ido avanzando, el túnel se ha estrechado y han aparecido preocupaciones por un lado y por el otro. Por la derecha, cuestiones relacionadas con la identidad y la soberanía y por la izquierda, con la globalización y los mercados. Curiosamente, por el centro, los liberales también se han quejado de un exceso de regulación y de falta de competitividad, además de un exceso de fiscalidad. En todo caso, las corrientes europeístas atacan sobre todo la incapacidad de la unión por construir un modelo social europeo.

Ante la ausencia de un sentimiento identitario europeo, muchos partidos se han mostrado nostálgicos de una identidad nacional presuntamente en retroceso, un sentimiento que ha calado en los ciudadanos, acuciado por la crisis económica mundial. En este sentido, el vínculo entre nacionalismo y euroescepticismo es evidente, aunque aparece más claramente en los partidos de extrema derecha, que en los nacionalismos regionales secesionistas.

Algunos partidos de derecha radical han experimentado un notable ascenso con un discurso populista que identifica la crisis con la incapacidad de la tecnocracia europea para reactivar la economía, invocando medidas proteccionistas poco afines al espíritu europeo. Estos partidos proponen una sociedad cerrada, uniforme y cohesionada, rechazando la multiculturalidad con un discurso de miedo y odio – a veces muy bien construido – que ha calado más de lo previsto. Es el caso del Frente Nacional Francés, del Partido Austríaco por la Libertad, del PPV en los Países Bajos, del Jobbik de Hungría o del Partido del Pueblo Danés, por poner algunos ejemplos. Otro caso muy diferente sería el de los partidos nacionalistas regionales, como los catalanes, vascos, escoceses, corsos o flamencos. Para este tipo de movimientos, Europa no es un enemigo, sino incluso un aliado que puede darles cobijo legal e incluso permitirles permanecer en primera línea económica, monetaria y comercial, saltándose la autoridad del estado que, según su propia dialéctica, les reprime. Desde el punto de vista cultural e identitario miran hacia dentro, pero desean seguir contando con una entidad supranacional, que en ausencia del Estado-nación, pueda protegerles y ampararles.

 

Escepticismo fuerte y débil

En la actualidad, es común distinguir entre dos tipos de escepticismo, uno fuerte que rechaza la idea misma de la Unión Europea y aboga por la salida de la institución, como por ejemplo el Partido por la Independencia de Reino Unido, que lidera Nigel Farage, y otro suave o moderado que acepta a la UE pero no su proyecto de integración. Entre estos partidos conviven opciones tan diversas como Izquierda Unida o el Partido Conservador Británico, que cuentan con propuestas alternativas a la actual UE, pero que no rechazan su existencia.  


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