Lunes 11/12/2017.

| Juan Meseguer

Juan Meseguer

Política y religión: colaboración sin confesionalismo

  • Tanto en EE.UU. como en el Reino Unido se acepta sin problemas la dimensión pública del hecho religioso.
  • Ese mismo pluralismo exige al Estado respetar “el valor social o público de lo religioso” y crear las condiciones para que el disfrute de la libertad religiosa sea real.

Con motivo del Miércoles de Ceniza, la Casa Blanca ha publicado un comunicado en el que Barack Obama vuelve a hablar de sus creencias cristianas (aunque evita astutamente adscribirse a una confesión). “La Cuaresma –escribe el presidente del país más poderoso del mundo– es un tiempo de sacrificio y de preparación, de arrepentimiento y de renovación”. El mensaje de Obama no chirría demasiado en Estados Unidos, donde 3 de cada 4 ciudadanos creen que la religión es beneficiosa para la sociedad, según el instituto de sondeos Gallup.

Mientras tanto, en el Reino Unido, los obispos anglicanos han publicado un inusual documento de 52 páginas en el que piden un nuevo modo de hacer política. No una política “de venta al por menor”, donde los partidos ofrecen sus caramelos a los grupos cuyos votos necesitan, sino la otra: “la que se centra en el bien común”, y trata de articular de forma equilibrada el papel del Estado, el mercado y la iniciativa social. El texto de los obispos, que no pide el voto para un partido concreto, es un ejemplo de cómo la fe puede contribuir al debate público.

Tanto el mensaje de Cuaresma de Obama como la iniciativa de la Iglesia de Inglaterra ponen de manifiesto que la política y la religión pueden convivir pacíficamente en ese espacio común –o sea, de todos– que es la vida pública. El requisito, eso sí, es que ninguna de las dos se apropie de lo que pertenece a la otra.

Es más: en una sociedad religiosamente diversa, el Estado puede cumplir muy bien con la exigencia de neutralidad a través de la cooperación con las distintas confesiones. Así lo defiende Rafael Palomino Lozano, catedrático de Derecho eclesiástico del Estado en la Universidad Complutense, en su libro Neutralidad del Estado y espacio público (Thomson Reuters Aranzadi, 2014).

La neutralidad –explica– no tiene por qué ser sinónimo de inacción o de indiferencia hacia lo religioso. Para servir al pluralismo, la neutralidad prohíbe al Estado asumir una religión concreta. Pero ese mismo pluralismo exige al Estado respetar “el valor social o público de lo religioso” y crear las condiciones “para que el disfrute de la libertad religiosa sea real”.

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