Hace 25 años que acabó la Guerra Fría y, sin embargo, las armas nucleares continúan suponiendo un factor geoestratégico de primer orden en la configuración de la política internacional. Las ambiciones de Irán por enriquecer uranio (supuestamente con fines civiles, pero bajo la sospecha de que puedan ser la antesala a desarrollar un arma atómica); el refuerzo militar de una China que reclama un papel en el mundo acorde a su tamaño, y que para mediados de 2020 podría “más que doblar” el número de ojivas nucleares en misiles que podrían amenazar a Estados Unidos, según varios académicos; la imprevisibilidad de Kim Jong-un en Corea del Norte, que no duda en desatar una crisis nuclear para reafirmarse en el poder; y las bombas atómicas que aún conserva Rusia de la extinta URSS, son algunas variables que muestran cómo la energía nuclear sigue presente en la ecuación militar de muchos estados.
En un contexto de creciente desconfianza entre las principales potencias, especialmente entre Rusia y Estados Unidos, llega el sorprendente anuncio realizado el viernes por el Departamento de Defensa norteamericano sobre su arsenal nuclear. En sendos informes exhaustivos, encargados el pasado mes de febrero por el Secretario Chuck Hagel a funcionarios del Pentágono y a dos militares de alto rango retirados, se recoge la necesidad de invertir varios miles de millones de dólares para actualizar y mantener competitivo el arsenal nuclear estadounidense.
No sólo se habló de la importancia de introducir mejoras durante los próximos cinco años; también trascendieron a la prensa críticas a la gestión del arsenal norteamericano desde el final de la Guerra Fría, con revelaciones del calibre de que, al parecer, únicamente hay una llave inglesa para configurar sus 450 misiles balísticos, y que ésta ha de ser enviada de un centro a otro por servicio de mensajería.
Los informes detallan un total de 100 recomendaciones, cuya puesta en marcha podría costar cerca de 6.000 millones de euros, que el Congreso debe aprobar, informa El País. Y el plan de renovación incluye la adquisición de nuevas unidades para las distintas ramas del ejército. Concretamente, 12 nuevos submarinos de misiles y 100 nuevos bombarderos, así como 400 misiles en tierra, entre nuevos y restaurados.
«En los próximos 30 años, EE.UU. planea gastar aproximadamente un billón de dólares para mantener su arsenal actual, comprar sistemas de sustitución y mejorar las bombas y ojivas nucleares existentes», afirma el informe del Centro de James Martin de Estudios para la No Proliferación (CNS, por sus siglas en inglés). El estudio del CNS se basa en gran medida en las cifras oficiales, aseguran sus autores. La financiación es comparable a las cantidades garantizadas para modernizar el arsenal nuclear de EE.UU. bajo la presidencia de Ronald Reagan,
Relaciones ¿rotas?
Como toda cuestión militar, el anuncio puede alterar el esquema de las relaciones y negociaciones con terceros países. ¿Hasta qué punto? Respecto a Rusia, este refuerzo podría quizá provocar recelos en el Kremlin y en los acuerdos de progresivo desmantelamiento nuclear aprobados con Washington en los últimos años. El último de ellos, precisamente firmado con Obama, en 2009, por el cual ambos mandatarios acordaron reducir los arsenales nucleares de sus países en un 30%. Un nuevo acuerdo START que le salió caro al presidente estadounidense en el Congreso, ya que, a cambio de su ratificación, tuvo que ceder a las presiones republicanas para ampliar el presupuesto en la mejora de las instalaciones atómicas, contradiciendo así el discurso anti-armas nucleares con el que se presentó a las elecciones de 2008.
Sin embargo, los informes se pueden publicar hoy o mañana, según convenga, y es necesario analizar esta noticia en un contexto más amplio, y cribarla quizá bajo el tamiz de la decisión que tan sólo un día antes tomó Rusia de autorizar vuelos de bombarderos equipados con armas nucleares sobre el este del Pacífico y el Atlántico Occidental, incluyendo al Golfo de México. No se veía algo así desde la Guerra Fría.
El régimen moscovita lo presentó como una reacción a las amenazas de Estados Unidos de seguir imponiéndole sanciones si continúa armando a las milicias del este de Ucrania, que desafían la autoridad de Kiev. Un nuevo jaque en toda regla a Washington, cansado de los aires de superioridad de un Putin que, en materia internacional, sorprendentemente está ganando su partida de Risk sin tener cartas.
Acoger a Snowden tras su prolongada “estancia” en el aeropuerto de Sheremetyevo y apoyar al régimen sirio se han percibido a nivel internacional como claras victorias de Putin. Pero, más allá de las ambiciones políticas del nuevo zar, Moscú únicamente tiene gas; le falta el potencial económico de una China que tras los nuevos oleoductos que planea construir en Siberia tal vez ambicione algo más que comprarle gas a Putin.
En cualquier caso, a la ofensiva militar del Kremlin se sumaron declaraciones del ex primer ministro Sergey Kiriyenko, ahora máximo responsable de Rosatom (la empresa pública de la energía atómica en Rusia), en las que decía que no “concebía” nuevos proyectos de cooperación con Estados Unidos para 2015. Moscú impedirá así que Washington continúe la importante asistencia que venía prestándole para asegurar el arsenal nuclear ruso y evitar que caiga en manos de terroristas. Este ha sido un esfuerzo importante desde el final de la Guerra Fría, dado el elevado número de armas atómicas y centros de producción de energía nuclear de la época soviética, explica el New York Times.
Por otro lado, la noticia saltó a tan solo diez días de que concluyan las conversaciones del P5+1, que reúne a Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Rusia y China por un lado y a Irán por otro, y que buscan suavizar las sanciones que pesan sobre el régimen de los ayatolás a cambio de una seria reducción del programa atómico iraní. Muchos analistas creen que el anuncio nuclear de Washington debilita su posición negociadora, ya que por un lado pide reducción atómica a Teherán mientras Washington se actualiza al respecto.
Sin embargo, también cabe otra lectura, ya que en toda negociación –sobre todo cuando hay opciones de que resulte fallida- puede convenir a la parte fuerte recordarle a la débil quién manda más allá de las palabras. Resulta complicado vaticinar cómo pueden evolucionar las posiciones hasta el 24 de noviembre, cuando expira el plazo. En principio, políticamente conviene a ambas partes llegar a un acuerdo, aunque sea de mínimos. Obama ha apostado muy fuerte por la negociación con Irán y, si hace falta, está dispuesto a saltarse –otra vez, en otro asunto- al Congreso, que no ve el acuerdo con buenos ojos. Asimismo, el presidente iraní, Hassan Rouhani, está bajo el escrutinio del ala dura del régimen, que no quiere acercarse a Occidente. Una ruptura de las negociaciones podría pues desgastar a ambos en sus respectivos países.
En opinión de los analistas, un posible acuerdo podría alcanzarse permitiendo a Irán el uso de entre 4.000 y 5.000 centrifugadoras que enriquecen uranio, una reducción de más del 50%. Esta cifra dista un buen trecho de las aspiraciones iniciales de ambas partes y, aunque no elimina el riesgo de que el régimen islámico pueda desarrollar programas ocultos al escrutinio de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, sí ralentizaría de forma importante cualquier intento de desarrollar una bomba nuclear, en opinión de los expertos, dándole así más tiempo a Occidente para reaccionar y plantear un recrudecimiento de las sanciones llegado el caso.
También habrá que observar con lupa el transcurso de los acontecimientos en Ucrania, donde la paz alcanzada el mes pasado en Minsk pende de un hilo. La vuelta a las hostilidades obligaría a la OTAN a ir más allá de la diplomacia y ponerse firme con Rusia. El envío de una fuerza de pacificación a la zona sería visto por Putin como un desafío en toda regla. Aunque no declarara una guerra abierta contra Occidente, sí congelaría las relaciones internacionales nuevamente, comenzando una Segunda Guerra Fría que podría llevar a un nuevo rearme nuclear por parte de más países.
