Sábado 14/10/2017.

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Jugamos a la lotería gracias a Carlos III

  • El primer juego contaba con una combinación ganadora que salía de la extracción de cinco números de un total de noventa.
  • Uno podía apostar la cantidad que considerase oportuna y podía hacerlo a un número, a dos o a tres.
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Fue el Marqués de Esquilache quien propuso al monarca ilustrado Carlos III el establecimiento de una lotería al estilo de las que se celebraban en Italia. Al marqués le prepararían tres años después un motín formidable por una ordenanza que restringía el uso de cierta vestimenta y lo cierto es que aquel ministro italiano nunca logró entender a los españoles ni hacerse querido por ellos, aunque le debemos uno de los juegos que mejor y de forma más duradera ha arraigado en nuestro acervo popular. 

En principio, el invento de la lotería tenía como objetivo recaudar fondos para obras sociales y por eso se importó el nombre de ‘Beneficiata’ al estilo napolitano. Sin embargo, enseguida se constató que la beneficencia tenía un carácter residual y el verdadero objetivo del sorteo era el de conseguir una especie de impuesto amable que se pagase con gusto y llenase las arcas públicas. El archivo de Simancas conserva la minuta del anuncio de prensa en donde se da la primera combinación ganadora y en ella aparece tachada la frase “a beneficio de hospitales y obras Pías” que sí aparecía en los anuncios que daban promoción al juego. La realidad aconsejó eliminar cuanto antes este engañoso reclamo que de ninguna forma constituía la finalidad esencial del sorteo.

Para edificar la institución lotera, Carlos III no ahorró esfuerzos. Ordenó al marqués de Esquilache que trajese a José Peya, director de la Loto napolitana, ofreciéndole un sueldo que doblaba el que tenía. El juego contaba con una combinación ganadora que salía de la extracción de cinco números de un total de noventa. Uno podía apostar la cantidad que considerase oportuna y podía hacerlo a un número, a dos o a tres, lo que se llamaba extracto simple, ambo o terno. Había apuestas simples y también múltiples, así como apuestas determinadas, que señalaban el número y su posición.

Como el juego era un tanto confuso, Peya elaboró un manual que explicaba la forma de jugar, publicado en 1763 con el título ‘Demostración en que se da un método fácil para jugar en la Nueva Lotería de Madrid con todas las noticias que le pertenecen’. Lo cierto es que el título no auguraba nada sencillo, pero la lotería contó con una gran aceptación gracias a la variedad de las apuestas y, sobre todo, al bajo precio de las más sencillas.

La nueva Lotería 

En 1812, en plena Guerra de la Independencia contra los franceses, las Cortes de Cádiz aprobaron la iniciativa del secretario del despacho del Consejo y Cámara de Indias, don Ciriaco González Carvajal, de crear una nueva lotería en la línea de la que desde 1796 funcionaba en Nueva España. En palabras de don Ciriaco, se trataba de encontrar “un medio de aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes”. Dado el éxito de la lotería mejicana, el ministro pensó que el nuevo lanzamiento, de mecánica más sencilla, renovaría el interés de la población y permitiría recaudar fondos para el erario público, tan necesarios para sufragar el enfrentamiento bélico.

La mecánica de este juego estaba en la línea de la actual Lotería Nacional. Se ponían a la venta billetes correlativos, que en sus primeras ediciones iban del uno al 20.000. Cada número estaba dividido en partes, pudiéndose adquirir números enteros, medios o cuartos. Los primeros sorteos se limitaron al área gaditana, extendiéndose a otras ciudades a medida que los ejércitos nacionales iban empujando a las tropas francesas en la batalla. En febrero de 1814 el sorteo se trasladó a Madrid, junto a las Cortes, y fue tomando ámbito nacional, hasta que en 1849 todas las poblaciones que constituían un partido judicial y todas aquellas que sin constituirlo, pudieran mantener el negocio, contaban con su propia administración de lotería.

La lotería nueva coexistía con la antigua pero fue ganando terreno y en sólo tres años ya duplicaba la recaudación de la otra. El engorroso sistema de apuestas, que obligaba a tener siempre a mano el manual, fue restando interés a la vieja lotería de números, pero sobre todo pesó el desequilibrado sistema de premios, que no pagaba en su justa medida la dificultad de la apuesta. En realidad, los premios estaban rebajados ante la exposición permanente a la bancarrota que tenía la administración por culpa de la excesiva concentración de apuestas sobre unos pocos números. Los populares libros de cábalas y las tendencias naturales a optar por fechas señaladas, ponía el sistema en riesgo de quiebra cada vez que la suerte se decidía por alguno de los números más jugados.

Fin de la Primitiva

El 10 de febrero de 1862 desaparecía la lotería de números. Paradójicamente, lo hacía en medio de un repunte de su popularidad, una fiebre pasajera que había llevado a varios ciudadanos a apostar cantidades poco prudentes. En los últimos días de enero, dos acertantes de sendos ternos se habían llevado más de un millón de reales cada uno, la sexta parte de la recaudación. La sucesión de dos aciertos tan improbables había desatado una euforia lotera que se tradujo en un ascenso de las apuestas y lo que era peor, de las sumas apostadas. La lotería del 10 de febrero de 1862 se desarrolló en medio de aquel éxtasis y se dio el caso de un hombre que se atrevió a apostar  20.000 reales a un terno, apuesta que le daría la suma de 85 millones de reales, si lograba vencer las 117.498 posibilidades que tenía en contra. Probabilidades en mano, aquel entusiasmo debía favorecer a la administración, pero por aquel entonces la superstición y los malos augurios tenían más peso que la lógica de las matemáticas, por otro lado poco desarrolladas en cuestiones probabilísticas.

La mera posibilidad de que un solo apostante se llevase tal cantidad de dinero, algo así como la recaudación de los diez últimos años, sembró el pánico entre los organizadores y se tomó la polémica decisión de cancelar el sorteo. Ningún otro se celebraría. El 4 de mayo de 1862 se dio la orden oficial del cese de la Primitiva. Se alegó que la combinatoria era improbable y que algunos desalmados exponían el dinero del que carecían en las apuestas. Pero la verdadera razón recaía en la imperfección del sistema y los muchos riesgos que generaba por culpa de la concentración de combinaciones.  

La desaparición de la lotería de números provocó un cambio significativo en los hábitos de consumo. La antigua lotería ofrecía múltiples posibilidades al pequeño apostante, que podía hacerse con un extracto simple por unos pocos maravedís, mientras que el boleto de lotería tenía un precio fijo que no bajaba de los cuatro reales para el cuarto de billete. Habituado ya a la apuesta, el jugador español echó mano de su círculo social para pagar entre varios los billetes de la única lotería que quedaba con vida, siendo este el origen histórico de la compra en grupo, que aún hoy se practica y que constituye uno de los principales alicientes de la lotería, que sirve para estrechar lazos sociales entre los seres queridos.  


 

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