Martes 06/11/2018.

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Suya es la primera máquina de vapor de la historia

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Jerónimo de Ayanz, el mejor inventor del siglo de Oro

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Una soleada tarde de 1602 a orillas del Pisuerga, el monarca Felipe III asistía a un espectáculo insólito. Un hombre provisto de un extraño traje llevaba más de una hora bajo las frías aguas del río. Como el experimento parecía no concluir, el impaciente monarca ordenó su salida entre aplausos generalizados. La prueba había sido todo un éxito y Jerónimo de Ayanz podía sumar una nueva patente, el traje de buzo. 

Aquel ingenio consistía en una campana cerrada provista de dos tubos flexibles que iban renovando el aire a través de válvulas automáticas y fuelles y si parecía un tanto futurista todavía lo era más su prototipo de submarino, una embarcación cerrada e impermeable que se sumergía con un sistema de contrapesos y que contaba con una especie de ganchos o pinzas para coger objetos.   

El inventor de estos y otros increíbles objetos era Jerónimo de Ayanz, un noble navarro veterano de incontables guerras, artista multidisciplinar y desde hacía unos años, inventor de la corte de Felipe III. Y es que el siglo de Oro español, que ha sido estudiado hasta la saciedad en sus plumas y en sus pinceles, ha dado también excelentes hombres de ciencias que sostuvieron con sus inventos el peso del imperio. 

Por cantidad y por calidad, si Lope de Vega fue el Fénix de los ingenios, Jerónimo de Ayanz lo fue sin duda de la ingeniería.

  

Una carrera meteórica

Jerónimo de Ayanz y Beaumont nació en 1553 en el seno de una familia de la alta aristocracia Navarra, siendo el segundo de sus hermanos varones, lo que en aquella época para alguien de su posición, significaba marchar a servir al rey o iniciar una carrera eclesiástica. Su padre había luchado junto a Felipe II en San Quintín y estaba asentado en la Corte como montero real, lo que facilitó la llegada de su hijo a un puesto que por entonces era muy codiciado entre los jóvenes de familia, el de paje del Rey. 

Ser paje de Felipe II suponía sobre todo acceder a una educación esmerada junto a los hijos de las familias más influyentes de España y con los maestros más brillantes de la época. Jerónimo contaba con todas las cualidades para prosperar en la Corte: era joven, vigoroso y robusto y además muy despierto para la música, las matemáticas y el latín. 

Durante el reinado de Felipe II convivieron en la corte algunos de los grandes genios científicos de la época. Acaba de llegar el gran arquitecto Juan de Herrera, artífice del Escorial y el ingeniero Pedro Juan de Lastanosa era el maquinario mayor. En este ambiente de excelencia, la destreza de Ayanz en el campo de las matemáticas, cuya enseñanza englobaba la aritmética y la geometría, pero también la astronomía, la náutica, la ingeniería y la arquitectura, le convierte en un joven muy popular. 

Además, Jerónimo era un portento físico que doblaba barras de hierro sobre su nuca y agujereaba planchas de plata con los dedos, por lo que su conjunto era el de un genio atípico que despertaba más simpatías que recelos.

 

El caballero de las fuerzas prodigiosas

Por su fuerza y atrevimiento, el primer destino de aquel vigoroso navarro fue el ejército, enrolándose en las campañas de Túnez y Lombardía. Después le llegaría el infierno de Flandes, donde los grandes hombres labraban su fama o cavaban su tumba. O ambas cosas, como le ocurrió al gran Alejandro Farnesio, a cuyas órdenes luchó Ayanz ganando fama de coloso capaz de enfrentarse con varios enemigos a la vez.  

En una ocasión, Ayanz fue gravemente herido durante el asalto a la ciudad de Zierikzee y no dejó de batirse mientras se desangraba hasta que cayó desmayado, por fortuna cuando sus compañeros ya le protegían. Tantas fueron sus hazañas y tanta la admiración que despertaba, que el mismo Lope de Vega le compuso una comedia en la que lo comparaba con Alceo, el abuelo de Hércules, calificando al joven Ayanz de nuevo Alcides. 

 ‘Lo que pasa en una tarde’, fue una obra compuesta cuatro años después de la muerte de Ayanz a modo de homenaje:

 

“Esta es fuerza, señor, de la prudencia.

La fuerza corporal al cuerpo alcanza,

Como la que se vio por excelencia

En el gran don Gerónimo de Ayanza” 

 

Más abajo, otro personaje responde con este soneto: 

 

“Tú sola peregrina no te humillas,

¡Oh muerte! A don Gerónimo de Ayanza.

Tu flecha opones a su espada y lanza

Y a sus dedos de bronce, tus costillas.

 

Flandes te diga, en campo, en muro, en villas,

cuál español tan alta fama alcanza.

Luchar con él es vana confianza,

Que hará de tu guadaña lechuguillas.

 

Espera, arrancará por desengaños

Las fuertes rejas de tu cárcel fría.

Mas ¡ay! cayó. Venciste. Son engaños.

 

Pues, Muerte, no fue mucha valentía,

Si has tardado en vencerle sesenta años

Quitándole las fuerzas cada día.

 

Los méritos y hazañas del soldado Ayanz no pasaron desapercibidas para el monarca, que quiso nombrarlo caballero de la Orden de Calatrava, encontrándose con el escollo de que su abuelo materno había sido hijo bastardo, lo que obligaba a solicitar una dispensa papal que Felipe II tramitó con implicación personal. Una vez tomó el hábito, se ganó el sobrenombre de caballero de las prodigiosas fuerzas.

 

Un gran hombre, una gran mujer

Con todas sus dotes y cualidades, Jerónimo de Ayanz llegó a la edad de 31 años sin haber encontrado mujer y como ya había hecho muchos méritos en su vida, quiso buscar la mejor o al menos la más rica. Su tío, por entonces inquisidor en Murcia, le presentó a doña Blanca Dávalos Pagán, la joven heredera de una de las familias de más nombre y fortuna de la ciudad. A Murcia se marchó el buen Jerónimo y una vez casado, aprovechó su experiencia en la corte para involucrarse en los asuntos de la ciudad, llegando a ser regidor de Murcia y más tarde gobernador de Martos. Tan bien se adaptó Ayanz a aquellas tierras y a su nueva familia que cuando su mujer murió a los pocos meses de casarse, decidió desposar a su hermana pequeña doña Luisa. 

Unos años después Ayanz pudo volver a la Corte al quedar vacante una plaza como administrador general de minas, puesto para el que buscaban a un “hombre práctico, de experiencia, ciencia y conciencia” y el navarro, a sus 45 años, daba el perfil. En su etapa como gobernador de Martos había conocido algunas de sus ricas minas pero aún le quedaba mucho por aprender, de modo que empujado por su inagotable energía decidió visitar todas las regiones mineras del sur de España, llegando a ver personalmente hasta 550 explotaciones en un periplo de dos años que no fue especialmente cómodo. 

Ayanz tuvo que hacer largas travesías en mula por terrenos impracticables y se recorrió cada metro de galería de todas las minas que visitó. Incluso empezó a bucear por los archivos para descubrir minas abandonadas, siguiendo luego viejos mapas para encontrarlas y analizar si aún valían para ser explotadas. Varias veces estuvo a punto de morir al respirar gases tóxicos y sólo su hercúlea complexión le salvó de fallecer ahogado por culpa de un escape que se llevó a uno de sus ayudantes.   

 

Genio polifacético, ingenioso inventor

En contacto con las minas Ayanz descubriría una pasión que acentuaba su ingenio por encima de otras, la tecnología. En aquel puesto de administrador se destapó como un ingenioso creador a la hora de concebir soluciones mecánicas para toda clase de problemas, de modo que empezó a construir inventos que no siempre tenían que ver con su trabajo, si bien todos tenían una aplicación industrial y una utilidad económica. 

Ayanz inventó una balanza de precisión “capaz de pesar la pierna de una mosca”, un horno de gran eficiencia energética que aprovechaba el calor desprendido en la combustión, un sifón capaz de drenar las minas más profundas, una bomba hidráulica para achicar el agua de los barcos y diferentes tipos de molinos y de presas, uno de cuyos diseños aún se emplea hoy en las grandes presas de hormigón. 

Pero su gran aportación al campo de la ciencia fue sin duda la máquina de vapor, un invento en el que se anticipó en cien años al británico James Watts y que de haber sido comercializado y extendido podría haber desencadenado una precoz revolución industrial en tierras españolas. La máquina de Ayanz consistía en una caldera esférica calentada por un horno de leña que producía vapor. El vapor salía por un conducto a gran velocidad y al llegar al fino orificio de su extremo se producía una depresión – hoy conocida como efecto Venturi – que generaba un movimiento continuo del fluido. 

Ayanz había inventado este ingenio con el objetivo de renovar el aire viciado de las minas, con lo que más que una máquina de vapor, lo que inventó fue el precursor del aire acondicionado, un efecto fácil de conseguir si el aire nuevo era enfriado previamente. La presión conseguida con el vapor le permitía además llegar a grandes alturas, lo cual resultaba idóneo para minas muy profundas.   

El propio Ayanz tenía en su gabinete una máquina similar con aire enfriado y mezclado con esencia de rosas, lo que producía un exótico frescor que sorprendía a todos sus invitados, algunos insignes científicos como él que acudían a revisar sus inventos. Porque si en algo se distinguió Ayanz fue en construir prototipos de todos ellos, que podían ser testados y examinados en multitudinarios actos públicos. 

Cuando el monarca Felipe III le concedió hasta cincuenta patentes en 1606, todos sus inventos fueron sometidos a un riguroso examen, llegando la comunidad científica a la conclusión de que todos estaban basados en principios científicos y no se trataba sólo de ingenios mecánicos fruto de la observación y el ensayo. 

Como la corona no podía pagar su trabajo como inventor, Ayanz utilizó algunos de sus inventos en empresas privadas, por ejemplo en la búsqueda de tesoros submarinos, perlas y corales, gracias a sus trajes de buzo y su submarino. En 1613, cuando andaba adaptando sus inventos para drenar la mina de Guadalcanal, en Sevilla, una de las más ricas en plata de toda España, enfermó y falleció pocas semanas después. 

En su haber dejó medio centenar de inventos cuyos planos fueron depositados en el archivo general de Simancas y no se supo de ellos hasta hace unos años, descubriendo entonces que algunos se habían adelantado en casi doscientos años a avances tecnológicos fechados en el siglo XIX.  

El hercúleo aristócrata navarro habría pasado a la historia sólo por la legendaria fuerza de sus músculos pero el que más usó y a la postre le situó como el más grande científico de su tiempo fue su cerebro.

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