Viernes 08/06/2018.

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150 años de Carmen de Burgos: cambiar de nombre en nombre de todas

Carmen de Burgos nació hace exactamente 150 años, y con ella llagaron al mundo Colombine, Perico el de los Palotes o Marianela, algunos de los seudónimos tras los que se escondía, y gracias a los que paradójicamente conocemos hoy a la primera periodista española.  Fue pionera en el reporterismo de guerra, en el feminismo y eficazmente enterrada y silenciada por la dictadura franquista.  Tras la Segunda República los censores cumplieron obedientemente su misión e hicieron desaparecer todos los sobrenombres posibles de la escritora más importante del primer tercio del siglo XX. La primera mujer en la plantilla de una redacción intentó ser borrada de la historia.

En el primer periodo de su juventud acabó casada con un periodista que le dio, según describe ella misma en su autobiografía años después, un matrimonio “insufrible”. Fue la muerte de su segundo hijo la que le abrió los ojos y la animó a marcharse sola a Madrid. En unos años en que las mujeres solo eran madres o esposas, Carmen de Burgos abandonó a su marido, huyó con su hija, estudió Enseñanza Elemental, aprobó unas oposiciones y comenzó a trabajar rápidamente. Comenzó entonces la carrera de una mujer adelantada a su tiempo que abriría paso al resto y que habló de feminismo, de homosexualidad  y de divorcio.

El Diario Universal le ofreció su primera columna a cambio de firmar con un seudónimo, así llegó Colombine a la prensa española y la primera mujer a una redacción en 1903. La escritora tuvo que vender su publicación como un espacio de “moda y modales”, sin embargo, lo utilizó para introducir su idea de una sociedad más libre y justa para las mujeres. Podría decirse que Carmen de Burgos escribió con perspectiva de género antes de que este fuera un concepto vivo. Fue así como se ganó la atención de sus detractores y el respeto de intelectuales como Giner de los Ríos o Blasco Ibáñez. También se rodeó de Galdós, Emilia Pardo Bazán, de Gregorio Marañón y mantuvo correspondencia con Juan Ramón Jiménez.


La divorciadora


Pronto llegó la publicación de su libro `El divorcio en España`. Nace así una nueva faceta en la que se desentraña su génesis activista. Como si de un plebiscito se tratara, Carmen utilizó su tribuna en El Heraldo para entrevistar a grandes figuras de la época y recibir cartas de sus lectores sobre la posibilidad de establecer en España una Ley del divorcio. Si la sola mención de la separación de boca de una mujer era impensable en la época, la periodista dio una vuelta de tuerca más cuando incluyó en su obra el título ´El divorcio de las monjas` en el que  hace un paralelismo civil con el permiso religioso para abandonar los votos.

Fue sorprendente la cantidad de reacciones positivas que tuvo su propuesta, aunque los que la temían por los nuevos caminos que abría para las mujeres y perfectas esposas la apodaran entonces La Divorciadora.

 

El amor de Gómez de la Serna, su propia revolución


Su propia experiencia del matrimonio fue amarga y la primera vez que Carmen de Burgos se adelantó a su tiempo fue precisamente huyendo de él. Años más tarde haría de su hogar y su amante Ramón Gómez de la Serna su propia revolución.

A la vuelta de su viaje por Europa, comenzó su labor sufragista y fue su columna ´El voto a la mujer`, la que provocó que el gobierno la mandara a Toledo para tenerla alejada de los focos y la mira de otras mujeres. La escritora volvió sin falta cada fin de semana a Madrid para continuar con su tertulia modernista y fue así como conoció a Gómez de la Serna, autor 21 años más joven que ella que sería su pareja sentimental durante dos décadas. La propia formación de una pareja tan atípica para el momento era en sí un acto revolucionario.

Primera corresponsal de guerra


Presidenta de la Cruzada de Mujeres Españolas, primera organización feminista del país, Carmen de Burgos fue aprendiendo de un feminismo que ella misma contribuyó a construir. Fue la primera en atreverse a hablar de divorcio, del voto para la mujer y de la necesidad de otorgarle nuevos papeles en la sociedad.  Se desprendió de su propio nombre y se valió de sus seudónimos  para dejar escrito el camino revolucionario que iría trazando en distintos periódicos y libros, así hasta convertirse en una figura que nació con ella, porque nadie la había imaginado hasta entonces: una mujer corresponsal de guerra. En 1909 cubrió la guerra de Melilla y además de documentar la contienda dio paso a una innovadora narración del día a día de los soldados.

Tras la Guerra Civil Española todos sus nombres engrosaron la lista negra del franquismo y sus libros y artículos desaparecieron durante años, hasta que se pudo volver a pensar, escribir y leer.

Ahora sabemos que si no fuera por la lucha incansable de Marianela, el clamor de Colombine y el primer paso valiente de Carmen de Burgos en una redacción, la firma que hoy encabeza este artículo sería imposible.  


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