Lunes 05/11/2018.

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La primera guerra total

  • La Gran Guerra  fue la primera en la historia que tuvo tres escenarios, tierra, mar y aire, pero también fue pionera en un modo de hacer la guerra donde ésta ya no se libraba sólo en el frente por soldados profesionales, sino que las naciones se movilizaban en su totalidad.


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  • Un soldado americano en plena operación The Troubleshooters

La Primera Guerra Mundial fue la primera guerra total de la historia y no sólo por el número de países en liza, sino sobre todo, por el número de efectivos implicados dentro de cada país. Y es que la Gran Guerra adquirió una dimensión total que llevó a países enteros a vivir por y para la guerra. Ya no se trataba sólo de la lucha en el frente, sino de sostener entre todos una maquinaria de guerra, que exigía el sacrificio de los soldados, pero también de los hombres y mujeres de retaguardia, que debían abastecer a los soldados de víveres, municiones, nuevos ingenios y cuidados médicos. Nunca como ocurrió en la Primera Guerra Mundial, las naciones se sumergieron, desde el primero al último ciudadano, en la lógica del enfrentamiento bélico.

Esta condición de guerra total, hizo surgir nuevas teorías en el arte de la guerra sobre la necesidad de penetrar las líneas del frente y llevar la devastación a muchos de los puntos neurálgicos del enemigo, que ya no eran estrictamente objetivos militares, sino también civiles. Siguiendo la lógica de Clausewitz, se trataba de atacar los puntos vitales de un enemigo que había ampliado su extensión a la totalidad de un país. El italiano Giulio Douhet fue uno de los defensores de esta guerra total que debía servirse de la nueva arma del ejército, la aviación, capaz de penetrar las líneas enemigas sin romperlas y atacar en el interior de los países, generando una sensación de vulnerabilidad que podía llevarlos al colapso.  

Esta forma de emplear la aviación tuvo su máxima expresión en la Segunda Guerra Mundial aunque durante la Primera, los pilotos aún en fase experimental, no acabaron de encontrar la utilidad de los bombardeos y prefirieron medirse en combate singular, unos contra otros.

La Gran Guerra fue además la primera que se libró en los tres escenarios posibles, tierra, aire y mar, modificando muchas de las teorías que hasta entonces se mantenían vigentes.

Tierra. Hasta la Primera Guerra Mundial, la principal arma del ejército era la infantería y así, todas las batallas terminaban con una carga de la infantería, bayoneta en mano. Sin embargo en la Primera Guerra Mundial, como ya ocurriera en la guerra de los Boers, en Sudáfrica, y en los campos de Manchuria, en la guerra ruso-japonesa, el fuego se empezaba a imponer sobre el movimiento. Con la existencia de fusiles de repetición, un solo tirador, desde una buena posición defensiva podía batir varios enemigos en pocos segundos, muchos más si contaba con una ametralladora. Estos avances técnicos fueron decisivos para que la Gran Guerra se convirtiese en una guerra larga y estática, donde las defensas se impusieron con facilidad a los ataques. Si hubo tantos muertos en los primeros compases de la guerra fue precisamente porque los viejos oficiales alemanes, franceses y británicos, no comprendieron las nuevas condiciones e insistían en las viejas estrategias ya obsoletas.

Otra de las armas clásicas del ejército, la caballería, cuya principal cualidad era la movilidad, perdió toda su importancia en una guerra estática. Su labor se limitó a servir de avanzadilla y observación, aunque en esta tarea perdió también muchos galones con la aparición de la aviación, que lograba una perspectiva mucho más completa. Esta fue la razón por la que muchos oficiales de caballería, como el famoso Barón Rojo alemán, pasaran a formar parte de la tropa de aviadores, los únicos que conservaron su movilidad durante la guerra.

La infantería encontró de nuevo su lugar con la irrupción del carro de combate, que apareció por primera vez en la batalla de Flers-Cour-celette, una de las ofensivas de Somme. Los británicos habían construido el tanque Mark I, un vehículo blindado con ruedas tractoras capaces de avanzar entre las trincheras, eso sí, muy despacio. El Mark I no tenía torreta giratoria por lo que sólo podía disparar hacia donde apuntaba. Al Mark I le sucedieron el Mark II y el II, hasta que llegó por fin el más perfecto de la saga, el Mark IV. Este era un tanque con más espesor en el blindaje y estaba provisto de tres ametralladoras Lewis – una en el frente y dos en los flancos – y dos cañones Hotchkiss en los flancos. Gracias a la protección de estos carros de combate, la infantería pudo avanzar sobre la línea enemiga y la guerra se desencalló casi al final cuando, todo hay que decirlo, las tropas estaban ya muy mermadas.

Mar. Cuando Alemania declaró la guerra a Francia, Inglaterra no se inmutó. Sólo respondió cuando los alemanes tomaron Bélgica y con ella, los puertos de Gante, Ostende y Amberes, a sólo 200 kilómetros de las islas. Fue entonces cuando los intereses británicos se vieron amenazados sobre todo el mayor de ellos, el dominio del mar, cuya hegemonía ostentaban sus marinos desde principios del siglo XVIII. El desarrollo industrial del imperio alemán no había sido visto con suspicacia por la ‘Pérfida Albión’ mientras sus exportaciones de materias primas pasasen por los puertos británicos. Otra cosa era que los alemanes contasen con sus propios puertos orientados al comercio colonial.

La Royal Navy tenía, a principios del siglo XX, la más completa flota de guerra en cantidad y calidad. Sin embargo, perfeccionistas como eran, quisieron rizar aún más el rizo y en 1906 construyeron un acorazado que dejó a todos los demás en la prehistoria, el HMS Dreadnought. Desde su botadura, todos los acorazados se dividieron en modelos ‘Dreadnought’, a imagen y semejanza del británico y pre-Dreadnought, barcos que también se conocían como ‘5 minutos’, que era el tiempo que tardaba un Dreadnought en hundirlos. La irrupción del Dreadnought, lejos de confirmar el poderío británico, puso en cuestión toda su flota anterior. De modo que el resto de países, que no contaban con una flota tan amplia como la británica, se limitaron a tratar de igualarla en número de Dreadnoughts.

La guerra por el dominio del mar tuvo dos escenarios, el Atlántico y el Mediterráneo. En el Atlántico, la flota inglesa sometió los puertos alemanes a un bloqueo permanente que nunca fueron capaces de romper, ni siquiera en la mayor batalla naval de la guerra, Jutlandia. En el Mediterráneo, los aliados fracasaron en Dardanelos, donde las minas turcas hicieron un roto a la flota aliada. Los submarinos alemanes trataron de sembrar el terror en el Mediterráneo pero sus torpedos se mostraron mucho más eficaces con los barcos mercantes, lo que provocó numerosas quejas de los países neutrales, como España.

Aire. En 1914 la aviación contaba con poco más de una década de desarrollo. Los hermanos Wright habían volado por primera vez en 1903 y todos los aviones que se conocían a comienzos de la Gran Guerra eran muy rudimentarios. Hacían falta varias personas para sostenerlo en el despegue, una sola para accionar la hélice y la carcasa era de madera rígida y tela, con asientos de mimbre y un aspecto en general muy vulnerable. Sólo por fallos y accidentes, Alemania perdió cien aviones en los primeros compases de la guerra.

Al principio, la misión de los aviones era la de observar las posiciones y los movimientos del enemigo. En principio, nadie pensó que los aviones pudieran ser eficaces como bombarderos – aunque los italianos ya los habían usado con este fin en la guerra de Libia (1911-1912) – y mucho menos como cazas de combate, enfrentándose unos a otros. En realidad, los primeros combates aéreos fueron casuales, fruto del encuentro en el aire de dos pilotos enemigos. Antes de contar con ametralladoras de serie, los pilotos se disparaban con pistolas o carabinas e incluso se lanzaban objetos contundentes, hasta que poco a poco, el combate aéreo se hizo realidad. Con él surgieron también los primeros ases de la aviación, pilotos de gran pericia que hacían de sus combates auténticas gestas medievales que eran admiradas por todo el país.

En el lado alemán brilló por encima de ningún otro el Barón Rojo, Manfred Von Richthofen, que logró un récord de 80 victorias antes de caer derribado. Entre los ingleses, el piloto con más destreza fue William A. Bishop, que logró 72 victorias, mientras que en el bando francés destacó René Fonck, con 75 victorias.

Otro de los grandes protagonistas del aire en la Primera Guerra Mundial fue el zeppelín alemán, que con su cabina estable parecía resultar mucho más adecuados para el bombardeo, lo que no acabaron de demostrar, terminando la guerra con cerca de mil bajas provocadas. Ya en 1909, los zepelines formaban la primera línea aérea comercial de la historia y podían acreditar por tanto cinco años de experiencia, 10.000 pasajeros transportados y más de 1.500 vuelos sin un solo accidente. Sin embargo, en el combate, resultaron ser un blanco demasiado fácil para los aviones y las defensas antiaéreas.

Retaguardia. Otra de las novedades de la guerra fue la irrupción de una moderna Inteligencia que trabajaba para las naciones en liza desde la retaguardia, generalmente en los países neutrales. En este sentido, por su importancia geográfica y estratégica, España fue el auténtico nido de espías de la Primera Guerra Mundial. Por aquí pasó la famosa espía holandesa Mata Hari y otras menos famosas pero mucho más eficaces en su labor.

El interés de España era absoluto, como lugar de abastecimiento de materias primas – en su condición de país neutral más grande de Europa – y como base logística y puerto estratégico entre el Atlántico y el Mediterráneo. Todos los países en liza extenderán aquí sus redes de espionaje y España pasará a ser un frente más de la guerra. Las redes de información fueron creadas ‘ex profeso’ y los agentes debían trabajar desde cero en una forma de espionaje que no se conocía hasta entonces. Todos aprendían sobre la marcha, partiendo de que toda la información era relevante.Entre 1915 y 1916 se instalaron todas las redes aliadas excepto Inglaterra, que ya estaba en Gibraltar y Alemania, que ya operaba. 1916 será el año del aprendizaje, 1917 el de consolidación y 1918 el de trabajo a pleno rendimiento.

Los servicios de información dependían de los Estados Mayores y se surtieron de los agregados militares o navales que ya operan en el país. Estos agregados se convertirían en los jefes de los servicios secretos de una forma natural y sus estructuras se harían tan grandes que empezarían a operar de forma autónoma en vez de servir jerárquicamente a sus embajadas. 


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