Sábado 12/10/2019.

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Cómo sentirse Tom Hanks en Yida

El crítico de cine valora la nueva película de Hanks y la compara con lo que él vivió en Arabia Saudí.

Durante mis días en Yida, en el reino de Arabia Saudí, resultó bastante habitual que, una vez que mis interlocutores se enteraban de que mi profesión era la de crítico de cine, rápidamente soltaran, como acto reflejo, una misma pregunta: “¿Y qué te ha parecido “Esperando al rey”?”.

La película, dirigida por Tom Tykwer, llega esta misma semana a las pantallas españolas y es la adaptación de “Un holograma para el rey” de Dave Eggers, una novela cuyo protagonista, Alan Clark, formó parte de una visión romántica y artesanal del capitalismo americano –una mítica empresa de fabricación de bicicletas- antes de convertirse en uno de los agentes de su destrucción en la era de la economía global.

Clark tomó la decisión de desplazar la fabricación de piezas a China, tuvo que anunciar el despido de un buen número de trabajadores y, finalmente, él mismo se convirtió en víctima del proceso que, con mayor torpeza que maldad, había activado con esa estrategia más orientada a la rentabilidad inmediata que a la sostenibilidad.

Clark es un tipo que ha tocado fondo y llega a Yida con la misión de vender una nuevo sistema de telecomunicaciones holográficas al rey de Arabia Saudí, que en el presente del relato era, todavía, el rey Abdalá. El escenario central de la novela es la Ciudad Económica Rey Abdalá, un proyecto utópico para la diversificación económica del país y, al mismo tiempo, un paradigmático no lugar que podría haber hecho salivar al J. G. Ballard del último tramo de su carrera literaria y que, no lo descartemos, tiene todo el potencial para convertirse en materia prima para una novela de Don DeLillo. Eggers no es Ballard, ni DeLillo: de hecho, su mirada, empática y preferentemente luminosa, podría recordarnos a la del propio Tom Hanks, de ahí que la elección del actor para dar vida a Alan Clark sea, ante todo, una decisión de casting bastante precisa y afortunada.


En “Un holograma para el rey”, la Ciudad Económica Rey Abdalá aparece como territorio simbólico de esa pérdida de identidad que conlleva la globalización: un no lugar en (permanente y lentísima) construcción que quizá nunca llegue a culminar, pero que se convierte en último espacio para la redención –y la salvación económica- de quienes, décadas atrás, podían sentirse como los Amos del Universo y han dejado de serlo.

El proyecto de la Ciudad Económica Rey Abdalá nació, en su día, a fin de planear una agenda de futuro para la economía del país: una estrategia que pasaba, por supuesto, por unas vías de ingreso económico que no dependieran exclusivamente del petróleo y por la atracción tanto de inversión extranjera como de profesionales de alto nivel del mundo occidental. Lo de la diversificación económica es algo que también escuché a menudo en boca de los miembros y allegados de la SNCI (Saudi National Creative Initiative) que me invitaron a sus jornadas: en su ideario es esencial que el país desarrolle industrias creativas (innovación tecnológica, gastronomía, moda, ocio, etcétera…).

Pero hay una diferencia sustancial entre la sensibilidad de la monarquía absoluta y la del SNCI: la que separa a quienes, entre otras cosas, gestionan la pena de muerte, que sigue teniendo una presencia nada anecdótica en la cotidianidad de la nación, de quienes engrosan los círculos más progresistas y abiertos de esa sociedad.

La Ciudad Económica Rey Abdalá fue el gran proyecto del difunto monarca, su gesto megalómano para ser recordado por la posteridad como un aperturista, pero, al mismo tiempo, la metrópoli en construcción contiene un potencial que incomoda al grueso de la sociedad saudí, con un fuerte sustrato conservador de base: que la Ciudad Económica acabe convirtiendo a Arabia Saudí en Dubai, ese emirato que para los sauditas funciona como una síntesis perfecta entre Sodoma y Las Vegas.

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Los ciudadanos más pudientes suelen tener a Dubai como destino frecuente de fin de semana: un sitio donde se puede beber alcohol, se ejerce la prostitución y la práctica religiosa no se impone como una nube oscura sobre todas las actividades cotidianas. Dubai aporta la perfecta medida de la asumida hipocresía del saudita medio: lo que pasa en Dubai se queda en Dubai y él es el primero en disfrutar de los placeres ofertados en ese lugar mutante, pero le incomodaría tanto que su propio país se convirtiera en eso como, probablemente, al padre de un hooligan le sentaría fatal que le instalaran un Magaluf en el jardín trasero de su casa. A Dubai los sauditas no sólo van a beber y a follar. También van al cine, porque en Arabia Saudí no hay ni una sola sala cinematográfica.

Cuando llegué a Yida aún no había visto “Esperando al rey”. Todos los que me preguntaban por ella o bien la habían visto en Dubai, o bien se la había descargado ilegalmente. No deja de resultar consecuente que un relato tan preocupado por los efectos de las deslocalizaciones y tan atento a la poética de la desconexión de los no lugares no se haya rodado en el país que centra su discurso.

Aunque se realizaron algunas tomas exteriores en Riad, el grueso del rodaje tuvo lugar en Marruecos. Sofana Dahlan, mi anfitriona y principal motor de la SNCI, me dijo que el proyecto no obtuvo permiso gubernamental porque tocaba un tema tabú: la relación amorosa entre un occidental y una saudí. Días más tarde –en futuras crónicas les hablaré de ese encuentro-, un catalán en Yida me dijo que, en realidad, todo occidental puede mantener una relación con una saudí siempre y cuando se convierta antes el Islam y, por supuesto, se case con la lugareña. “Convertirse al Islam es fácil. Se puede hacer en una tarde”, añadió, “basta con ir a ver al Imán más cercano y recitar tres frases estipuladas del Corán”. La afirmación me sonó especialmente pragmática, hasta el punto de que me entró la duda de si el catalán descartaba o no esa posibilidad, porque, quién sabe, en un momento dado…

Cuando decía a mis interlocutores que no había visto “Esperando al rey” (todavía), solían añadir, “claro, como tú eres crítico de cine, probablemente no veas ese tipo de películas”. No sé realmente a qué se referían con lo de “ese tipo de películas”: ¿las películas de Tom Hanks son demasiado mainstream para un crítico de cine?, ¿es normal que se llegue a esa conclusión en un país en el que no hay salas de cine, ni, en consecuencia, críticos de cine?

Ahora puedo decir que ya he visto “Esperando al rey” y que, si bien no me ha parecido sobresaliente, creo que es un trabajo por lo menos notable. La experiencia de verla –y de leer previamente la novela, que tampoco había leído- fue ciertamente curiosa, porque, aunque mi experiencia y la vivida por el personaje que encarna Tom Hanks no son ni mucho menos homologables, hubo muchos detalles que activaron el resorte del reconocimiento. Un reconocimiento extraño, dado que la película me estaba evocando Yida y sus costumbres a través de Marruecos y el doble filtro de la mirada de un novelista y de un cineasta.

A Hanks le pasan algunas cosas parecidas a las que me pasaron a mí (y que ya contaré por aquí): el choque cultural encarnado en referencias a la práctica de las ejecuciones públicas allí o a la pintoresca percepción de dónde termina la heterosexualidad y dónde empieza la homosexualidad del saudita medio, por ejemplo. La novela incluye un buen número de observaciones sintéticas e incisivas. Aquí va mi preferida: en una escena, Alan Clay accede a un espacio privado donde las mujeres se liberan del hiyab y fuman en la igualitaria compañía de los hombres y Eggers escribe “su pueblo estaba obligado a interpretar a adolescentes que escondían sus vicios e inclinaciones de un tenebroso ejército de padres”.

Es curioso que en una película dirigida por un alemán, escrita por un norteamericano y rodada en Marruecos se puedan conocer reveladores detalles de la vida de a pie en Yida. Yo llegué ahí sabiendo muy poco del país y de la ciudad. Mi único cursillo de aprendizaje vino de la mano del cine: había visto “La bicicleta verde” de Haifa Al-Mansour (que, por cierto, no pasa en Yida), algo doblemente anómalo, por ser una película de un país sin prácticamente producción cinematográfica y, además, por ser un trabajo dirigido por una mujer en territorio francamente hostil para la creatividad femenina. Creía que algo sabía de Arabia Saudí tras ver “La bicicleta verde”. Uno de mis alumnos en Yida me sacó de mi error. Se lo cuento a todos ustedes, lectores de Neupic, en mi siguiente crónica.


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