A la 1.30 de la mañana del 30 de octubre de 1988, Emiliano Revilla salió del zulo donde había estado encerrado 249 días. Un zulo húmedo, caluroso y estrecho (apenas dos metros de longitud y un catre), situado en un chalet en la calle Belisana 42 de Madrid. Cerca de Arturo Soria.
Los etarras le entregaron una bolsa que contenía un trozo de tarta, unos dibujos que el propio Revilla había realizado durante su cautiverio, unas gafas de sol y un bocadillo. Le metieron en un coche, le taparon la cabeza y empezaron su recorrido por Madrid.
A las 2.00 de la mañana, le dejaron en los jardines del Hospital Clínico, cerca de la Plaza de Cristo Rey, y al lado del piso donde la familia Revilla le estaba esperando desde que fue secuestrado el 24 de febrero de aquel año.
Los secuestradores, dos hombres y una mujer, le dieron una orden antes de soltarle. “No digas nada a la policía antes de dos horas”. Eso les daba tiempo para escapar.
Revilla se encaminó lentamente hacia su casa, en el número 2 de la Plaza de Cristo Rey. Pero alguien le cortó el paso.
-Perdón, ¿usted no será Emiliano Revilla?
Era María José Sáez, una becaria de la agencia EFE que había estado haciendo guardia durante meses junto a otros becarios enviados allí por los medios de comunicación. Pero aquella noche, solo estaba ella. Fue una exclusiva de la agencia.
Terminaban así ocho meses de cautiverio para el empresario. ¿Se había doblado la voluntad de Emiliano Revilla? ¿Había pagado su familia a los secuestradores? ¿Tendría secuelas psicológicas?
La búsqueda
Desde que fue secuestrado en febrero de 1088, la policía comenzó a peinar barrios de Madrid sospechando que los terroristas no habían cometido la osadía de salir de una ciudad acordonada. Primero registraron los barrios del norte de la capital. Luego, el sur, en Alcorcón, donde 500 policías formaron parte de la Operación Parque, que supuso entrar en 2.300 domicilios con una carta firmada por la delegada del gobierno en Madrid Ana Tutor, en la que se solicitaba a los vecinos que abriesen sus puertas y colaborasen. Nada.
En mayo, tres meses después del secuestro, los GEO asaltaron un pub y dos domicilios en Leganés con el resultado de una señora herida, y un inmenso ridículo. Siguieron Vizcaya, Guadalajara, Ávila, Segovia, Burgos, Cuenca y Toledo. La policía recibía llamadas pero todas eran falsas pistas.
Durante el verano de aquel año, los rumores de que la familia Revilla había pagado el rescate y que el industrial iba a ser liberado de forma inmediata, empujaron a las redacciones de los medios, a enviar reporteros al domicilio de los Revilla. “Nos entró una psicosis a todos”, cuenta María José Sáez, que entonces era una becaria en la agencia EFE.
Los periodistas hacían guardia por la noche (las horas en las que se suelen liberar a los secuestrados), de modo que se reunían en el portal del domicilio de los Revilla, y se quedaban ahí horas y horas charlando sobre su secuestrado. ¿Cómo estaría? ¿Vendría caminando? ¿Por dónde vendría? ¿Lo pillaría antes la policía?
Por ejemplo, Diego Prado y Colón de Carvajal, secuestrado cinco años antes, había sido liberado a medianoche cerca de Coslada, al lado de Madrid. Un empleado de Iberia pasó por allí, lo recogió y lo llevó a una comisaría. Prado declaró que el zulo donde había estado preso 72 días debía estar por ahí cerca.
En octubre de 1988, la Policía sospechaba que Revilla se encontraba en Madrid o en los alrededores. Peinaron Coslada el 18 de aquel mes. Pero sin resultados.
¿Por qué ETA había secuestrado a un empresario de Soria? Emiliano Revilla había fundado una de las mayores empresas cárnicas del país, Cárnicas Revilla, fabricante del famoso chorizo que llevaba su nombre. Nacido en Ólvega en, Revilla había vendido su empresa un año antes a la multinacional angloholandesa Unilever. El precio: 8.000 millones de pesetas de entonces (unos 50 millones de euros corrientes). Desde entonces, se dedicaba de lleno al negocio inmobiliario, otra de sus pasiones.
Tenía todas las papeletas para figurar en las listas de ETA, porque además de empresario y multimillonario, no llevaba escolta.
Un hueso duro
El despacho de Revilla distaba a pocos metros de su casa de modo que cada noche, el hombre, que ahora se dedicaba de lleno a la promoción inmobiliaria, realizaba un corto trayecto a pie. Fue tan sencillo para los terroristas…
Lo que no sabía Joseba Urrusolo Sistiaga y los otros dos compinches era que habían secuestrado a un hueso duro de roer. Le metieron en un zulo muy profundo, le quitaron el reloj y los zapatos, y esperaron a que la familia pagase tarde o temprano.
¿Qué hizo Revilla durante su cautiverio de ocho meses? Caminar. Cada día caminaba diez horas. Según sus cálculos, en ese tiempo pudo recorrer unos 12.000 kilómetros.
En segundo lugar, dibujar. Revilla realizó más de doscientos dibujos. Además escribió sus memorias, que le llevaron casi trescientos folios. Y también se dedicó a proyectar viviendas baratas y útiles. Aunque había hecho fortuna con la industria cárnica, su pasión era la construcción y la proyección de edificios o casas.
Conversaciones con el asesino
Revilla mantuvo largas conversaciones con Joseba Urrusolo Sistiaga. Hablaban de construcción de viviendas, de albañilería y de cualquier cosa. Al terrorista le sorprendía que aquel empresario castellano no se viniera abajo en ningún momento. Parecía fresco como una lechuga. Como si estuviera en un resort bajo tierra.
A pesar de que no tenía a mano ningún sistema de medición de tiempo, Revilla llevaba su propio registro. Contaba los días, las semanas, o lo que parecía que eran días y semanas.
Al octavo mes, los etarras le dieron la orden de partir. Le prepararon una tarta, un bocadillo, le dieron solo un tercio de sus pinturas (el resto se las quedaron y se desconoce su paradero), y le llevaron en coche hasta su vivienda.
Al día siguiente, Revilla apareció con traje y corbata en el balcón de su casa acompañado de su mujer, su hija, su yerno. Estaba feliz. Robusto. Inmaculado. Cuando salió del zulo pensó que era 7 de noviembre. Sólo se equivocó por una semana.
A partir de entonces, siguió con su negocio inmobiliario y dedicó grandes esfuerzos a enriquecer Ólvega, su pueblo.
Años después, Urrusolo tendría sobre sus espaldas 16 asesinatos, ataques con bomba, atentados. Fue detenido y condenado a más de 400 años. Justo el día en que la banda asesinó a Miguel Angel Blanco, el etarra empezó a dudar. Se acogió a un programa de reinserción, y un día pidió ver a Emiliano Revilla. Los dos hombres estuvieron juntos durante varias horas pero solo ellos saben qué hablaron.
Síndrome Revilla
Muchos piensan que Revilla sufrió en su cautiverio una especie de síndrome de Estocolmo, ese padecimiento por el cual el secuestrado al final acaba comprendiendo a sus secuestradores. De hecho comentó al salir que «había comido muy bien». Pero la realidad fue que con el empresario de Olvega había sucedido lo contrario.
Los terroristas padecían el síndrome Revilla, pues el propio Urrusolo Sistiaga acabó teniendo una profunda admiración por el hombre que no se doblegó en ocho meses. “Soy muy duro”, acabó diciendo Revilla.
(Revilla es concejal de Olvega, su pueblo, y ha traído inversión para crear puestos de trabajo. El paro es inferior a la media española, y ahora Campofrío va a hacer una inversión para fabricar pizzas congeladas).