Martes 06/11/2018.

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El Loco Aguirre, el lado oscuro de la conquista

  • El enigmático y pendenciero Lope de Aguirre, fiel durante treinta años a Felipe II, liderará una conjura en plena búsqueda de El Dorado para matar al jefe de la expedición, declarar la guerra al rey de España y sembrar el terror en el virreinato de Perú.


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La existencia de una ciudad de oro puede parecernos hoy una idea desquiciada, sin embargo, en la América del siglo XVI no lo era tanto. Para empezar, se había descubierto un nuevo mundo y todo en él era distinto y sorprendente. Además, aquellas tierras eran ricas y exuberantes y los indígenas portaban a menudo adornos de metales y piedras preciosas. Por último hay que atender a la disposición psicológica de los colonos. De origen humilde, expuestos al calor y las fiebres, sufriendo infinitas penalidades a miles de kilómetros de sus casas, necesitaban creer en promesas de gloria y riquezas para encontrar el ánimo que les empujase cada día a una nueva aventura. Lope de Aguirre, guipuzcoano de Oñate, fue el máximo exponente de la degeneración que la fiebre del oro provocó durante la conquista. De talante pendenciero e inclinación a la locura, Lope de Aguirre tenía madera para convertirse en un problema en cualquiera de los entornos que frecuentase. Cuánto más en plena selva amazónica y buscando junto a otros infelices una ciudad de leyenda.

Lope de Aguirre nació en Oñate, Guipúzcoa, entre 1511 y 1515, aunque por entonces aquellas tierras del Valle de Aráoz pertenecían al Reino de Castilla. Como tantos otros aventureros que fueron a probar suerte a las Américas, venía de una familia hidalga con cierta nobleza en la sangre pero escasos recursos y siendo encima segundón, no tuvo más remedio que cruzar el océano para buscar mejor fortuna, lo que hizo en 1534 con el ánimo encendido después de vivir unos años en Sevilla y escuchar toda clase de relatos acerca del Nuevo Mundo.

En América, Lope de Aguirre entrará al servicio de otros conquistadores. Se sabe que luchó en la batalla de las Salinas al lado de los Pizarro y en la batalla de Chupas junto a Vaca de Castro, que llegó para pacificar, precisamente, las guerras civiles del Perú. Sin embargo, su tiempo al lado de la ley no duraría mucho y en 1551 sería prendido y azotado por el juez Esquivel en la ciudad de Potosí, acusado de infringir las leyes que protegían a los indios.

Humillado por el juez, Aguirre esperó pacientemente a que este finalizase su mandato para vengar la afrenta, lo que pudo hacer tres años y medio después en Cuzco, a más de mil kilómetros de Potosí. Cuentan que Aguirre persiguió al juez allí donde este iba y que Esquivel vivió aterrorizado por aquella sombra descalza y andrajosa que se acababa encontrando por muy lejos que fuera. Finalmente, Aguirre cumplió su venganza y apuñaló al juez mientras dormía en la biblioteca de su mansión de Cuzco. El guipuzcoano comenzará entonces una vida furtiva que le llevará de un lado a otro del continente. Tan pronto se suma a una rebelión en La Plata como ayuda a sofocar otra en Cuzco junto a Alonso de Alvarado, que le ofrecerá el perdón a cambio de su participación en la batalla de Chuquinga, donde resultará herido en el pie derecho y arrastrará desde entonces una leve cojera.

De batalla en batalla y de rebelión en rebelión, llegará Lope de Aguirre a los cincuenta años, treinta de ellos transcurridos en aquellas tierras lejanas donde la promesa de gloria y fortuna no deja de escapársele de los dedos. En 1559, con tales decepciones en el pensamiento, se enrola en la expedición de Pedro de Ursúa, con el cometido de encontrar la ciudad de Omagua, el mítico El Dorado del que hablaban tantos marineros en Sevilla y aventureros sin suerte.  La expedición de Ursúa contaba con tres bergantines, decenas de indios y 300 soldados, entre los que se contaba Lope de Aguirre, que iba acompañado de su hija Elvira.

La ruta fue lenta y penosa y las cosas salieron mal desde el principio. Siete de las diez lanchas se hundieron a las primeras de cambio y la expedición quedó hacinada en las restantes. El descenso por el Amazonas y el laberinto de sus afluentes hacía casi imposible mantener la ruta y las provisiones escasearon enseguida. En tan penosas circunstancias y dado que no encontraron rastro de la ciudad de Omagua ni ningún indicio que les llevase a pensar que esta existía, los soldados exigieron el regreso pero Ursúa se negó en redondo. Su mando era cada vez más tirano y mostraba a la vez cierta indiferencia, absorbido como estaba por el amor de una joven mestiza llamada Inés de Atienza, a la que Ursúa había convertido en su amante.

Molestos por aquella melancolía y ansiosos de su puesto, los oficiales de Ursúa empezaron a conjurar en su contra y entre los conjurantes se alzó la figura de Lope de Aguirre, que ya rumiaba intrigas y conspiraciones para sus adentros desde hacía días. Con cierta facilidad, Aguirre se convirtió en el ideólogo del complot, no en vano les llevaba a todos años de ventaja en crueldad y frustraciones. Ursúa y su lugarteniente, Juan de Vargas, fueron cosidos a puñaladas y Lope de Aguirre se convirtió en el nuevo líder de los conjurados, si bien líder en la sombra. El guipuzcoano dejará que sea Fernando de Guzmán, alférez en la escala militar, el nuevo Gobernador, mientras que él se conformaría con el puesto de maese de campo.

Aunque Aguirre se siente cómodo con la traición, Guzmán quiere escribir una carta de disculpa que informe al rey de los motivos de la conjura. Finalmente será Lope de Aguirre quien escriba esa carta, llenándola de reproches por la justicia sumaria que regía en aquellas tierras, donde hombres esforzados y valientes – como él mismo – sufrían la tiranía de quienes detentaban el poder sin obtener de sus sacrificios beneficio alguno. Aguirre dedicará al rey toda clase de insultos y rubricará la carta con un decidido “Lope de Aguirre, traidor”.

A partir de entonces la expedición quedará expuesta a otra tiranía, la suya, que sembrará odios, miedos y envidias para enemistar a unos contra otros. En aquellas aguas turbias se movía el ‘Loco Aguirre’ con maestría, tejiendo una red de informadores donde todos sus hombres eran a un tiempo vigilantes y vigilados. Nombró a Guzmán ‘Príncipe de Tierra firme, Perú y Chile’ y le quitó la vida poco después, acusándole de inexperto y de llevar al grupo a la catástrofe. Cuenta el cronista Francisco Vázquez, que formaba parte de la expedición, que Aguirre era un hombre pequeño, mal agestado, de cara pequeña y chupada y ojos bulliciosos y febriles, sobre todo si estaba enojado, que ocurría a menudo. Viendo ya conspiraciones por doquier dormía poco, y cargaba en las marchas con mucho peso, pues iba armado hasta los diente, con una o dos cotas de mallas, la espada ceñida, una daga al otro lado del cinto, la celada bien calada, un arcabuz al hombro y a veces una lanza en la mano desocupada.  

Aguirre pondrá fin a la búsqueda de El Dorado y dirigirá a sus hombres a Panamá, con el desquiciado plan de marchar luego sobre Perú y conquistarlo. Logrará llegar a Isla Margarita, donde siembra el terror en medio de una guerra ya declarada al reino de España. Cualquiera que se opone a sus planes pierde la vida, ya sea de sus propios hombres o de sus enemigos. Las deserciones empiezan a sucederse cuando Aguirre llega a Borburata, ya en tierra firme, y entra en la ciudad a sangre y fuego. Enteradas de sus pillajes, las tropas realistas empiezan a perseguirle y acorralarle. Consciente de que ha sido vencido, Aguirre lleva a cabo un último acto de locura, antes de perecer a disparos de sus propios hombres. Saca su daga y se la clava en el corazón a la pequeña Elvira, para que nadie abuse de ella en el futuro, “ni goce de su beldad ni pueda llamarla hija de traidor”.

Aguirre ha pasado por nuestra historia como un cruel aventurero, un hombre pendenciero y peligroso, traidor y asesino sin escrúpulos, sin embargo hay un hecho en su biografía que le añade un matiz diferente y enigmático, la carta que le envía a Felipe II. A partir de esa carta, bien escrita, reivindicativa e incluso irónica, adquiere Lope de Aguirre un nuevo valor en el discurso estético del siglo XX, donde aquella muestra de lucidez y de independencia toma importancia individual, ahogada durante años por la lógica del Imperio, que juzgó aquella rebelión de sorprendente e insignificante y por supuesto, como el fruto de la sinrazón. Muchos años después, el libertador Simón Bolívar consideraría aquella carta de Aguirre como la primera declaración de independencia del Nuevo Mundo.    


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