Jueves 28/06/2018.

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HISTORIA

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Cinco magnicidios en un siglo en España: ¿Cinco golpes de Estado?

  • En un estudio arduo y con dificultades para acceder a las fuentes, el periodista Pérez Abellán ha diseccionado cinco asesinatos
  • El investigador criminológico Francisco Pérez Abellán ha concedido una entrevista a la agencia EFE

Prim, Canalejas, Cánovas, Dato y Carrero. En un siglo, cinco magnicidios tiñeron de negro la historia de España, que pudo sumar un sexto: el del rey Alfonso XIII. Golpes de Estado para cambiar la política del país, como así quiere demostrar en un libro el investigador criminológico Francisco Pérez Abellán. "El vicio español del magnicidio" es el título de esta obra (Editorial Planeta) con el que Pérez Abellán pretende desmontar las "patrañas" que nos han contado -plasmadas incluso en los libros de historia- sobre los magnicidios que han situado a España a la cabeza del ránking en Europa de estos asesinatos "vip".

Dice Pérez Abellán, en una entrevista con Efe, que estos magnicidios tienen varios elementos en común y en todos ellos se ha repetido un mismo esquema, porque aunque el "modus operandi" no haya sido idéntico, la autoría, el móvil y los resultados que se persiguieron tienen más similitudes que diferencias.

Cita unas cuantas. Así, y aunque todos estaban amenazados, los responsables de Interior (Gobernación en esa época) no redoblaron la vigilancia ni les protegieron. En todos los casos se difundió que la autoría venía de militancias anarquistas y revolucionarias, cuando en realidad, según el autor del libro, fueron sicarios, pistoleros o dinamiteros a sueldo.

No en vano, resalta el autor, en esos momentos en España (finales del siglo XIX y hasta bien entrado el XX), había asesinos que se ofrecían a hacer el "trabajo" por 1.000 pesetas. En un estudio arduo y con dificultades para acceder a las fuentes, el también periodista Pérez Abellán ha diseccionado cada uno de los cinco asesinatos y el intento de un sexto, comenzando por el que a trabucazos acabó con la vida el 27 de diciembre de 1870 en Madrid del que fuera presidente del Gobierno Juan Prim.

No habían pasado ni nueve años cuando otro presidente, Antonio Cánovas del Castillo murió en el balneario guipuzcoano de Santa Águeda, también asesinado; Veintiséis años después, la boda de Alfonso XIII acabó en un reguero de sangre con 23 muertos y 108 heridos, aunque los novios salieron ilesos de una acción dirigida al monarca.

Seis años y medio más tarde, el turno fue para el presidente José Canalejas. Murió de un disparo mientras miraba libros en una librería de la Puerta del Sol de Madrid. La misma suerte corrió Eduardo Dato, ministro de la Gobernación, en 1921, asesinado en la madrileña Puerta de Alcalá. Una bomba atribuida a ETA mató en 1973 al presidente Luis Carrero Blanco, también en la capital.

Más allá de las peculiaridades de cada magnicidio, lo que para Pérez Abellán está claro es que con ellos se pretendió "dar un golpe de timón" al poder político de ese momento para cambiar su rumbo.

Y aunque en todos ellos la justificación "oficial" del móvil era la "lucha contra el tirano", lo cierto es que ninguna de las víctimas lo era hasta ese extremo. Porque de lo que se trataba en suma era de "matar a una sola persona para cambiar totalmente la política de un país".

Quizá otro detalle que permite al autor mantener su tesis sea este: los que estuvieron detrás de la planificación del magnicidio no dejaron de ascender en los puestos de poder. El conde de Romanones, por ejemplo, que dormía la siesta mientras intentaban asesinar a Alfonso XIII, fue después 17 veces ministro y tres veces presidente del Consejo de Ministros.

"Todo magnicidio surge del núcleo duro del poder", enfatiza Pérez Abellán, quien insiste en las coincidencias de los casos analizados y en los cambios que hubo o los que intentaron que se produjeran los autores intelectuales de los magnicidios.

Incluso en el que no se consumó -el de Alfonso XIII-, la intención era conseguir ese cambio para que el sobrino de la potencial víctima, "muy joven y fácilmente manipulable", accediera al trono y sustituyera al rey, que aunque solo tenía 20 años, ya había demostrado que no era "manipulable". Mateo Morral, un "anarquista" según se le ha definido hasta ahora, fue el autor del crimen fallido, Y falló por algo que desvela el libro. El asesino portaba un manojo de flores con una bomba escondida, que pretendía arrojar desde un balcón al paso de la comitiva.

Para arrojarla hacia el centro de la calzada, Mateo Morral tiene que apoyarse en la reja del balcón e impulsarse. Nada que no tuviera previsto. Pero el asesino padece una enfermedad de trasmisión sexual y cuando intenta arrojar la bomba, se golpea el escroto contra en enrejado del balcón; el dolor es tal, que el artefacto cae a plomo y no llega al objetivo, aunque sí mata a 23 personas.

Una versión que no coincide con las que se han escrito, pero es la que permite al autor la licencia de afirmar que la dinastía de los Borbones continuó gracias a la enfermedad sexual de Mateo Morral. Por cierto, Morral es un personaje que se ha asociado al anarquismo más militante pero que, según Pérez Abellán, no era más que un sicario vividor, "pijo" y con dinero. Con billetes de 500 pesetas (no muchos los tenían) pagó los hoteles de Madrid en los que se alojó antes de su acción.

"Incongruencias, falsedades y desinformación". Con estas tres palabras define Pérez Abellán lo que nos ha llegado de esos asesinatos, hasta el punto de que nos hemos creído -resalta- que algunos de los autores del magnicidio se suicidaron cuando en realidad les hicieron desaparecer.

Hay muchos detalles con los que el autor quiere apuntalar su teoría, que remata con una máxima de Pío Baroja: "No existe la casualidad, sino las causalidades". Búsquenlas en el libro.

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