Jueves 13/06/2019.

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Iglesias ante el espejo de Carrillo: una lección de historia, legalidad y respeto

A Pablo Iglesias le interesa hoy escenificar el desplante a la Constitución. El año pasado, víspera de las elecciones, le interesaba todo lo contrario. Nada nuevo bajo el sol. Hablamos de Podemos y su particular forma de ¿hacer política?

Es, sin embargo, este 6 de diciembre el día apropiado para recordar cómo se comportaron los abuelos políticos de estos jóvenes neocomunistas (Iglesias, Errejón, Garzón y demás aún no habían nacido) para que España recuperara las libertades que hoy les permiten despreciar el marco de entendimiento que ha facilitado a los españoles el mayor período de libertad, paz y prosperidad de su historia.

Domingo, 27 de febrero de 1977. Adolfo Suárez, joven falangista elegido por el Rey para pilotar la Transición, se ve por primera vez con Santiago Carrillo, símbolo indiscutido de la resistencia al franquismo, en una cita de alto secreto. Carrillo le dice: “Le noto en los ojos que usted me va a legalizar”. Contesta Suárez: “Lo que está usted viendo es que no pienso hacerlo”.

Apenas un mes después, el 9 de abril, Viernes Santo, el Partido Comunista es legalizado. Carrillo recibe la noticia acompañado de su amigo Teodulfo Lagunero. “La guerra civil ha terminado”, le dice. La noticia conmociona a toda la nación. No hace falta explicar por qué. “Habéis hecho retroceder cuarenta años la historia de España. La historia os pasará factura”, exclama Manuel Fraga. Dimite el almirante Pita da Veiga, jerarca de los Ejércitos. Y el ABC escribe en su editorial: “Es una gravísima decisión y un error de nuestros gobernantes, del que solo deseamos que no tengan que arrepentirse los hombres que han tomado sobre sí tamaña responsabilidad”.

El 14 de abril, aniversario de la proclamación de la II República, se reúne el comité central del PCE. Carrillo sorprende a los suyos y propone aceptar la bandera oficial, reconocer la monarquía y la unidad de España. “Se produjo –recordaría Solé Tura- un silencio tremendo. Veteranos y jóvenes empezaron a hablar, a decir que no podíamos renunciar a nuestra identidad, a nuestros símbolos”. Carrillo se mantuvo firme: “¿No somos un partido legal? Pues la legalidad actual impone la bandera oficial de España y es la que es, no la republicana”. La propuesta salió aprobada con 169 votos a favor, 11 abstenciones y ninguno en contra.

Después llegó la Constitución y con ella, un escenario de libertades que ha permitido gobiernos alternativos y un período democrático que ya es tan dilatado en el tiempo como la dictadura militar que le precedió. Es lo que este 6 de diciembre celebra España: un éxito colectivo. No es poco, si se compara con la historia que le precede.

La Constitución no es un texto sagrado. Tampoco es inmutable (por algo alberga sus propios mecanismos de reforma). Sí es inviolable. Y, por tanto, debe ser cumplida y respetada como legalidad vigente. Hasta que los españoles, todos, decidamos darnos otra. Son las reglas de nuestra convivencia. Es lo que entendió Carrillo y lo que rechazan quienes exhiben o jalean, desafiantes, la bandera republicana ante el Rey constitucional con la valentía propia de quienes se saben amparados por la ley que desdeñan. Nuestra Constitución, ese “papelito” según Iglesias. 


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