Miércoles 08/04/2020.

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¿Españolizar y centralismo son dos palabras malditas?

Política

"El nacionalismo es moralmente perverso: le importan más las identidades históricas que las personas concretas"

  • Alejo Vidal-Quadras cree que la sociedad civil española ha llegado a tal rechazo de su conciencia nacional que todo lo que tenga que ver con la expresión de la misma se critica como "antidemocrático".
  • Elio A. Gallego propone alguna forma de reintegración nacional "y aquí, en vez de inventarse nacionalidades, creo que la historia de España podría sernos de ayuda".
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Alejo Vidal-Quadras, vicepresidente del Parlamento Europeo, cree que esta polémica comienza porque que el ministro ha empleado un verbo al que se puede calificar de maldito: "Me refiero al verbo españolizar. La sociedad civil española ha llegado a tal rechazo de su conciencia nacional que todo lo que tenga que ver con la expresión de la misma se condena con adjetivos de antidemocrático o de anacronismo polvoriento".

Para Vidal-Quadras nos encontramos ante un gran problema: "las sociedades abiertas modernas, sustentadas sobre modelos políticos democráticos y constitucionales, necesitan el cultivo de las virtudes cívicas que precisamente fomenta una conciencia nacional fuerte, unas virtudes que, cuando se viven con coherencia, fomentan en los ciudadanos un comportamiento responsable".

La pérdida de la conciencia nacional española, a juicio de Vidal-Cuadras, tiene su origen en dos causas distintas:

- La primera es un complejo histórico pueril, que vincula todo lo relacionado con la nación española a la dictadura franquista. Esto, sencillamente, es ridículo. España tiene muchos siglos de antigüedad, mientras que la retórica patriotera y grandilocuente de la dictadura duró 40 años. De hecho, España es una de las naciones más antiguas de Europa. La izquierda es la responsable de la promoción de este equívoco.

- La segunda causa es la agresividad ideológica de los nacionalistas. Se ha identificado su afán de ahondar en particularismos y localismos como una actitud moderna o de progreso, cuando es justo lo contrario. Además, la actitud nacionalista incluye de por sí la perversión moral, porque da más importancia a abstracciones como las identidades lingüísticas o históricas que a la libertad, la justicia o la dignidad, que siempre se refieren a personas concretas. El nacionalismo es el responsable de la promoción de este segundo error.

"Estos dos equívocos", continúa Vidal-Quadras, "tendrían que haber sido neutralizados por otras fuerzas que deberían censurar sus errores, pues España ha sido siempre una matriz de libertad que ha contribuido a civilizar Europa. Lo que ha hecho Wert, de una manera tardía pero meritoria, es utilizar la política para oponerse a esta corriente y permitir que en los colegios privados se escolarice a los alumnos en el idioma que los padres quieran. Pero el mal ya está hecho".

También vemos como en estas polémicas, de tiempo en tiempo, surge otro tabú políticamente correcto: la centralización. En los Estados centralizados todo el poder político bascula sobre el Ejecutivo y el Parlamento Nacional, y todo este poder se ejerce sobre el conjunto de territorio. Luego, la Administración, es decir, la gestión y ejecución de los proyectos, puede estar descentralizada, pero la Administración ni legisla ni tiene poder para decidir. Por ejemplo, la Administración puede manejar los presupuestos autonómicos, pero estos ya le vienen pautados por el poder del Gobierno central.

"Se puede centralizar mal y se puede centralizar bien. Alemania, Canadá o EE.UU. son naciones exitosas con un planteamiento territorial descentralizado. Pero no menos exitosas son Francia o Suecia, dos naciones altamente centralizadas. En estos dos países solo existen dos niveles de administración: la Estatal y la local. Y Francia y Suecia son naciones eficientes y avanzadas", indica Vidal-Quadras. "Pero aquí, en España, se ha instalado el tópico de que el centralismo es el mal. En 1978 se podría haber optado por un Estado fuerte que, al mismo tiempo, tuviera cierta descentralización administrativa. Pero se eligió la descentralización política para agradar a los nacionalistas. Un error, pues nunca se han contentado. Todo lo que se les ha cedido lo han utilizado para atacar al Estado central", concluye.

Desde luego, sorprende que los nacionalistas se escandalicen tanto por las palabras de Wert cuando ellos, desde hace 40 años, imparten en sus escuelas la asignatura de Formación del Espíritu Nacional(ista). Pero cuando alguien se lo echa en cara, revierten la carga de la proa. "Así es. A esto, en términos freudianos, se llama transferencia, es decir, acusar a los demás de lo que tú mismo has hecho", explica Elio A. Gallego, profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad San Pablo CEU.

Muchas voces aseguran que en España se vive una situación de permanente anormalidad. Pero, ¿qué significa "normalidad"? Gallego responde que "dar a cada uno lo suyo, reconocer, por ejemplo, que la Historia de Cataluña está engarzada con la Historia de España. Frente a la invención de naciones, hay que recuperar la normalidad en la Historia de Galicia, País Vasco, Cataluña o Valencia. Porque los nacionalistas viven en un estado de guerra permanente contra la Historia común de España. Habría que reconocer que el ser de Cataluña está vinculado al resto de los territorios de España".

En todo caso, quizás Wert hubiese sido menos polémico si, en vez de españolizar, hubiese hablado de normalizar... "Tal vez, porque de esto, en definitiva, es de lo que se trata. Imaginémonos que en Gales, Escocia o Quebec no se pudiese estudiar en inglés. ¿Sería esto normal?"

En cualquier caso, no sería osado decir que hoy por hoy, en España, el modelo de Estado-nación al estilo francés del siglo XIX, ha entrado en barrena. "Cierto", continúa Gallego, "pero el mismo modelo del Estado de las Autonomías también está fracasando, en parte porque se ha revelado como antitradicional. Imaginémonos que en el Reino Unido, para dar más independencia a Gales o Escocia, se hubiese troceado Inglaterra en siete partes. En la Transición vivimos el absoluto café para todos, y esta no es la verdad histórica de España. Puesto que el Estado de las Autonomías se ha revelado como un Estado que no funciona, habría que pensar en alguna forma de reintegración, y aquí, en vez de inventarse nacionalidades, creo que la Historia de España podría servirnos de ayuda. Creo que se podría restringir gran parte de las autonomías reintegrándolas en una Castilla fuerte con capital en Madrid y reconocer todo lo que se borró con el Decreto de Nueva Planta. ¿Qué se cargó Felipe V? La Generalitat, las Cortes Aragonesas y las Valencianas. Todo lo demás era Castilla. Esto no quiere decir que, en esta nueva configuración, algunas de las regiones integradas dentro de Castilla no tuviesen cierto grado de autonomía política, pero sería de segundo grado".

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