Lunes 20/11/2017.

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Análisis del discurso de investidura de Rajoy

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No será ni bravucón ni simpático, pero gobernará

  • El Presidente del Gobierno presume de ser un hombre previsible, y en el discurso que ha pronunciado en el Congreso Rajoy ha demostrado que esta imagen es un fiel reflejo de su manera de ser.
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El nuevo Presidente del Gobierno presume de ser un hombre previsible, y en el discurso que hoy ha pronunciado en el Congreso Rajoy ha demostrado que esta imagen es un fiel reflejo de su manera de ser.

España es un país demasiado acostumbrado a la brabuconería, a la improvisación, al regate en corto, al arte del birli birloque. Huelga decir que en el ámbito de nuestra clase política, estas características -sobre todo de un par de estas legislaturas a esta parte- se han convertido en norma habitual de comportamiento.

A tenor del discurso leído hoy, da la impresión de que Rajoy, con su previsibilidad, quiere dejar todo esto atrás. Rajoy es un gallego inteligente, socarrón y conservador -un registrador de la propiedad- que no va ni de simpático profesional ni de sobrao y esto, en Madrid, descoloca bastante al personal. Quizás por ello, la estrategia electoral de los socialistas consistió en alertar de que el marianismo venía con un programa oculto debajo del brazo; "no es verosímil", parecían decir, "que un señor de derechas sea justo así". A tenor de su discurso de hoy, uno se imagina a Rajoy respondiendo a estas voces con un "pues sí, amigos; esto es lo que hay".

Seriedad, esfuerzo, austeridad, confianza, competitividad, patriotismo: estos son los valores -sin unicejismos de ninguna clase- que impregnan cada una de las lineas del texto de Rajoy. En cuanto a su contenido, se trata de un desarrollo, de una explicitación, del programa electoral que ha llevado al Partido Popular a ganar las pasadas elecciones generales.

Por tanto, la sorpresa es que no hay sorpresas. La mayor parte del discurso de Rajoy se ha centrado en la economía, pues el objetivo -prioritario por lógico- es sacar a España de la crisis. Las recetas propuestas son las que, en mayor o menor medida, ya ha ido esbozando tanto en discursos previos como en las comunidades autónomas donde el PP está gobernando. Yendo a lo menudo, ha dicho que, en primer lugar, pretende “estimular el crecimiento y potenciar la creación de empleo”; y, como segunda tarea, quiere “asegurar la plaza que le corresponde a España, y a los españoles, en el mundo que surja de esta crisis y que no será ya el que hemos conocido hasta ahora”.

Para conseguir este objetivo, sus medidas, a rasgos generales, han sido tres: una nueva ley de estabilidad presupuestaria -que será el desarrollo de la reforma constitucional pactada con el PSOE-, el saneamiento del sistema financiero para que vuelva a fluir el crédito y, por último, unas serie de reformas estructurales -no solo económicas- para hacer que España nade con flexibilidad y fortaleza por el proceloso mar de la Globalización.

Rajoy ha dicho que esta misión, en realidad, no solo le incumbe al él como próximo Presidente de la Nación, sino a todos los españoles, puesto que "la tarea del Gobierno no es suplantar a la nación, sino coordinar sus esfuerzos". Se trata de una frase que ha pasado desapercibida, pero que es importante, muy importante. Y lo es porque aquí, Rajoy, sin algaradas ni estridencias, deja entrever su ideario, que no es precisamente el de un anarco-liberal -como cierta tozuda izquierda todavía se empeña en decir-, sino más bien el de un liberal-conservador que otorga un papel significativo a cada uno de los distintos actores sociales, pero que también entiende que el Gobierno de España -custodio último de la ley y de la nación- tiene una potestad decisoria que es relevante y, desde luego, autónoma.

Esta primera frase aclara más su sentido cuando le sumamos otras dos; la penúltima de su discurso -"Yo no he llegado a este momento para cosechar aplausos, sino para intentar resolver problemas"-, y la que en sus distintas variantes ha estado repitiendo durante el último mes, -"llego a la Moncloa sin deudas ni hipotecas de ninguna clase"-, no es difícil deducir que a Rajoy no le temblará el pulso a la hora de ejercer el mandato que le ha otorgado pueblo español, es decir; de gobernar tomando decisiones propias.

Rajoy -cosa extraña en un español- no es brabucón ni simpático, sus ademanes suelen ser caballerosos y sosegados, pero no se engañen, señores; se nos vienen encima cuatro años políticamente apasionantes (y no solo por la crisis).

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