Martes 06/12/2016.

OPINIÓN

Mundo

La vergüenza de no tener para comer en Lisboa

Mientras los europeos miran con pavor hacia Grecia, un ciudadano norteamericano se  dedica a socorrer a portugueses de clase media que han empezado a sufrir los mordiscos de la crisis por primera vez en su vida.

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El buen samaritano, Hunter Halder, tiene 60 años y procede del estado de Virginia, pero ha pasado los últimos 20 en Lisboa. En la ciudad del Tajo fue forjando una preocupación personal, qué hacer con la gran cantidad de comida que cada día acaba en la basura en cafeterías y restaurantes de la ciudad. Una inquietud  que ha tomado cuerpo en los últimos meses por las crecientes dificultades económicas de la población y que ha desembocado en la creación de Re-food, un proyecto que consiste en trasladar las viandas sobrantes de los locales de restauración a quienes no tienen para comer.

Lo más interesante del caso es que el objeto de su inquietud no son los habituales “sin techo”, asistidos por todo tipo de ONG,  sino los vecinos de su propio barrio, Nossa Senhora de Fátima, situado en una de las zonas nobles de la ciudad. Entre sus “clientes” se encuentran personas que precisan su ayuda, pero que preferirían morir de hambre antes que reconocer que recurren a la beneficencia. En estos casos aparca la bicicleta con la que suele realizar su reparto y se acerca con discreción a los domicilios de quienes reclaman su ayuda. Su labor, iniciada en marzo, ha merecido un premio al Voluntariado y ha destapado una inquietante realidad, el creciente número de personas que solían vivir razonablemente bien y que ahora apenas pueden pagar sus facturas.

Detrás de las apariencias…

Detrás de lo que parece una vida normal se esconde lo que reflejan los datos de una encuesta realizada por el Banco Alimentario contra el Hambre, la principal institución dedicada en Portugal a recibir y distribuir comida entre los más necesitados. Según el estudio, realizado con el apoyo de Universidad Católica de Portugal, unos 300.000 portugueses están recibiendo algún tipo de ayuda del Banco y que esta cifra se incrementa cada año en un 10 por ciento. La mayor parte son personas que han perdido su trabajo, pero entre ellas hay muchas que tienen importantes deudas o que, simplemente, se han divorciado y son incapaces de pagar sus deudas con un solo salario.

Entre los casos citados está el de una antigua secretaria de dirección que perdió el empleo hace dos años y que sus ingresos se han reducido a un subsidio de 400 euros. O el de una mujer que sufrió un problema de espalda y se vio obligada a dejar un trabajo con un salario digno para percibir los 300 euros de una ayuda estatal. Los casos se multiplican y el amigo norteamericano no puede ayudarles a todos, pero ha prometido utilizar los 20.000 euros del premio al Voluntariado en extender su proyecto, que ahora cuenta con 60 personas, a otras zonas de la ciudad.

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