Lunes 18/02/2019.

Mundo

Los políticos y la marihuana, una relación más que eventual

  • El programa italiano ‘Le Iene’ realizó un experimento en el que demostró que dos de cada tres diputados había consumido drogas.
  • El diputado del PNV, Emilio Olabarría, aseguró en una Comisión de Interior que podía dar una lista de ministros, jueces y altos funcionarios policiales que han consumido drogas.


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Gracias al Pulitzer de 1993, David Maraniss, y a su reciente biografía ‘Barak Obama: la historia’ sabemos que Obama fumó marihuana en su juventud. Y no se limitó a darle unas caladas. El hoy presidente de los Estados Unidos fumaba con auténtica fruición. Barak y su banda de ‘fumetas’ – la ‘Choom Gang’ – llegaron a inventar un método que llamaron ‘Absorción total’ y que consistía – simplemente – en fumar dentro de un coche cerrado para que no saliese ni un gramo de humo. A tenor de lo que cuenta Maraniss, Obama pasó buena parte de su adolescencia en Honolulu con un porro de marihuana en la mano, al menos hasta su marcha a Los Angeles después de su graduación en secundaria. Cabe suponer que un estudiante brillante de la Universidad de Columbia  como fue Obama, no debió abusar de la marihuana en esta etapa y de su consejo a sus hijas – “es una pérdida de tiempo” – cabe deducir que tampoco hoy añora aquella etapa hawaiana, si bien la marihuana formó parte de la experiencia juvenil del que hoy es el hombre más poderoso del planeta.

Obama no es el único presidente norteamericano que ha usado o incluso ha abusado de las drogas. Su antecesor, George W. Bush también probó la hierba en su juventud, según las cintas que su amigo, el periodista Doug Wead grabó de sus conversaciones privadas con el presidente y a las que tuvo acceso el periódico The New York Times en 2005. Bush, que ha reconocido que tuvo problemas de alcoholismo en su juventud, también habría consumido cocaína, al menos según la biografía no autorizada ‘La familia: la verdadera historia de la dinastía Bush’, escrito por la controvertida periodista Kitty Kelley, que afirma que la llegó a consumir en Camp David, la residencia de descanso de los presidentes, durante el mandato de su padre.

El caso de Bill Clinton es un tanto curioso puesto que el ex presidente reconoció  haber fumado durante su etapa universitaria en Oxford, pero aseguró no haber tragado el humo. El escritor y periodista británico, Cristopher Hitchens, dice en su autobiografía que Clinton era un gran aficionado a los pasteles y las galletas de marihuana, de modo que es posible que la afirmación del ex presidente fuese rigurosamente cierta.

La lista de los presidentes norteamericanos que probaron la marihuana se detiene abruptamente en George Bush padre y Ronald Reagan. Los dos presidentes conservadores fueron firmes detractores de las drogas y Reagan llegó a declarar una guerra abierta al uso de drogas, siendo esta una de sus primeras medidas al llegar a la casa Blanca en 1980. Es posible que el presidente John Fitzgerald Kennedy usase la marihuana para combatir su dolor de espalda tal y como aseguran algunos de sus biógrafos aunque no parece un hecho suficientemente repetido en la abundante bibliografía sobre el presidente como para darlo por cierto sin las convenientes reservas.

En realidad, para encontrar a otro presidente de los Estados Unidos que haya empleado el cannabis debemos remontarnos al primero de todos, George Washington, que según deja entrever en sus diarios, poseía esta planta en su huerto personal e intercambiaba información con un doctor amigo suyo la mejor forma de cultivarlo. Hay quien asegura que el consumo de la marihuana entre los padres fundadores – Jefferson, Adams, Franklin… – era poco menos que habitual  aunque estas afirmaciones no están lo suficientemente documentadas, más allá de que fuese más o menos común en la época el uso y cultivo del cáñamo con múltiples aplicaciones.

Si no nos limitamos a los presidentes, la lista de políticos norteamericanos que han reconocido el consumo de marihuana es notable y entre los más conocidos habría que señalar a Al Gore, Arnold Schwarzenegger, Sarah Palin, John Kerry, Michael Bloomberg o Newt Gringrich.  

 

Otros países, otras costumbres

Si salimos de los Estados Unidos, la primera visita habría que hacérsela al alcalde de Toronto, el politoxicómano Rob Ford, cuyos escándalos trascienden del porro juvenil para presentarse borracho en actos públicos y reconocer que ha probado el crack. Ford, que pertenece a una acaudalada familia canadiense, tiene la mala suerte de que muchas de sus salidas de tono han quedado registradas. La policía de Toronto ha insinuado tener un vídeo del alcalde fumando crack, así como distintas grabaciones que le vinculan a ciertos narcotraficantes. Ford es partidario de la legalización del consumo de marihuana como forma de obtener ingresos extras, si bien reconoce que es difícil con el actual Gobierno conservador. 

En Uruguay, país que recientemente ha aprobado una ley que regula el mercado de la marihuana, el candidato del Partido Nacional Luis Lacalle Pou – hijo del que fuera presidente de Uruguay entre 1990 y 1995, Luis Alberto Lacalle – reconoció haber consumido drogas entre los 17 y los 23 años, un momento en el que, según admitió, “no irradiaba cosas positivas”. Lacalle consumió de forma periódica marihuana y cocaína, si bien – al menos según su opinión – nunca llegó a ser adicto. Un viernes santo, siendo su padre ya presidente, dejó de consumir.

El político chileno Nelson Ávila quiso normalizar el uso de la marihuana fumando un porro en público, en el programa de televisión Meganoticias, mientras que el diputado alemán Martin Lindner, por entonces socio de gobierno de Angela Merkel desde el Partido Liberal, se fumó un porro en directo en un conocido ‘Late night’ alemán. El presentador le ofreció un porro al político, conocido defensor de la legalización y este, creyendo que no era de verdad, lo olió y lo encendió dándole una gran bocanada tras la cual exclamó: “En efecto, es real”.

En Italia, el programa de televisión ‘Le Iene’ – Las hienas – fue suspendido de la parrilla en 2006 cuando iba a emitir una serie de pruebas secretas realizadas entre los diputados de este país en las que detectaba  que dos de cada tres había consumido drogas, las más comunes marihuana y cocaína, y uno de cada cuatro lo había hecho en el día y medio anterior a la prueba. La prueba consistía en detectar los restos de sudor en la piel mediante una entrevista ficticia en la que maquillaban al político y aunque la fiabilidad de la prueba fue puesta en duda, lo cierto es que los resultados fueron sorprendentes, si bien el canal se negó a dar los nombres de los políticos ‘examinados’ a pesar de la insistencia de una parte de la audiencia.  

En febrero de aquel  mismo año, cuando el Parlamento italiano tramitaba una ley para endurecer las sanciones al consumo, equiparando las drogas duras y las blandas, un grupo de políticos de centroizquierda, entre los que estaban el ecologista Paolo Cento, el progresista Giovanni Russo y la comunista Graziella Mascia, se fumaron un porro en las puertas de la cámara, pasándoselo de unos a otros en señal de protesta.

En España, donde los políticos son poco proclives a reconocer sus excesos, ni siquiera los de juventud, toda relación con las drogas pasa por haber pillado al político ‘in fraganti’, como fue el caso del secretario general del Partido Democrático y Social de Ceuta, Rafael García, que fue detenido en el puerto de Algeciras con 1,5 kilos de resina de hachís.  

Algo parecido ha pasado con el ex director de Trabajo de la Junta de Andalucía, Francisco Javier Guerrero, imputado en el caso de los ERE. Según declaró su chófer, Juan Francisco Trujillo, recibió 450.000 euros de subvenciones para adquirir droga y Guerrero, además, compró cocaína para los dos. Su chófer también confirmó que llegó a gastar hasta 25.000 euros al mes en la compra de cocaína para consumo propio y de su jefe con el dinero de las ayudas públicas que recibieron irregularmente sus empresas.

En 1989, el senador del Partido Popular Enrique Bollín fue detenido en Gibraltar en posesión de cocaína y en compañía de varios menores, cuestión que le costó su expulsión del PP. Aún volvería a la política, bajo unas siglas independientes, hasta que fue inhabilitado por prevaricación urbanística. También tuvo problemas con la cocaína el que fuera concejal de Urbanismo de Palma, el popular Rodrigo de Santos, encarcelado por malversación de caudales públicos en un turbio asunto donde se le llegó a acusar de abusos sexuales a menores, delitos que él negó y que en todo caso, atribuyó a su adicción.  

Los casos son bastante escabrosos y no conocemos otros más amables, si bien debe haberlos, a tenor de las manifestaciones del diputado del PNV, Emilio Olabarría, quien aseguró, en una Comisión de Interior, ante el ministro Jorge Fernández Díaz, que podía dar una lista de ministros, jueces y altos funcionarios policiales que han consumido drogas. Su intención era explicar que el problema de las drogas no es algo marginal, sino que está instalado en nuestra sociedad y afecta igualmente a sus élites. Ante este panorama, ya no parecen tan divertidas aquellas palabras del recordado Enrique Tierno Galván en plena movida madrileña: “Roqueros, el que no esté colocado que se coloque… y al loro”.

 


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