Lunes 09/10/2017.

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La desnutrición se ceba con los niños mauritanos tras años de una agotadora sequía

El 15 por ciento de los niños mauritanos sufre desnutrición aguda, que puede dejar secuelas en el desarrollo cognitivo "No lo voy a ocultar, aquí hay hambre". Con esta lapidaria frase Bitu Khawari, de 27 años y ya con seis hijos, inicia el relato de su aldea, Hay Mahdra, y de las otras muchas que salpican la región de Brakna, en el sur de Mauritania. Esa sensación de perpetuo vacío en el estómago se debe a una sequía que ha drenado los medios de vida de sus habitantes y con ello toda expectativa de futuro.

El 15 por ciento de los niños mauritanos sufre desnutrición aguda, que puede dejar secuelas en el desarrollo cognitivo

"No lo voy a ocultar, aquí hay hambre". Con esta lapidaria frase Bitu Khawari, de 27 años y ya con seis hijos, inicia el relato de su aldea, Hay Mahdra, y de las otras muchas que salpican la región de Brakna, en el sur de Mauritania. Esa sensación de perpetuo vacío en el estómago se debe a una sequía que ha drenado los medios de vida de sus habitantes y con ello toda expectativa de futuro.

"Mauritania era un país verde", cuenta Saidou Ousmane, supervisor de nutrición de Save the Children. Habla por boca de su abuela, que murió con 113 años, una larga vida que le permitió ver cómo los elefantes, los leones "y hasta los conejos" emigraron a países vecinos como Malí y Senegal tras la gran sequía de los 70, la primera que afectó a la extensa nación africana.

La tierra se secó, la vegetación desapareció y los animales murieron de hambre. En una sociedad agropastoral, como la mauritana, "muchos lo perdieron todo" y no tuvieron más opción que abandonar el campo y emigrar a la ciudad, donde se endeudaron para comprar agua y alimentos a la espera de que la crisis amainara.

En 2012, cuando esa etapa parecía ya olvidada, el cielo volvió a castigar a los mauritanos sin agua. "Destrozó por completo sus medios de vida" y obligó a intervenir a las ONG en una supuesta acción de emergencia que aún hoy, cinco años después, continúa, indica el responsable de programas de Save the Children en Mauritania, Luis Pedro Lobo Albagnac.

"En realidad no ha habido ningún buen momento", apunta Amadou Samba Sem, actual supervisor de medios de vida de la ONG y antiguo funcionario del Ministerio de Agricultura mauritano que conoce a la perfección el impacto que el cambio climático ha tenido en este país a medio camino entre el Sáhara y el Sahel, entre el Magreb y el África negra.

"Antes las lluvias eran tan puntuales que la gente podía fiarse de que el 10 de junio iba a llover y sembraba", recuerda Sem. Caía tanta agua que no había distinción entre época de lluvias y época seca, el ciclo agrario era todo uno, incluso con cultivos para campos inundados. La vegetación era tan abundante que los animales se alimentaban de la "mala hierba".

Ahora solo llueve cuatro meses al año, normalmente entre junio y septiembre, pero ya no es una ciencia exacta. Muchos cultivos se han eliminado y los pastores prefieren cabras y gallinas frente a animales grandes como vacas y camellos que "cuesta más alimentar y aguantan peor la época seca".

"AQUÍ EL PROBLEMA ES EL AGUA"

Las comunidades rurales han quedado empobrecidas sin remedio. "Nunca han tenido la capacidad económica necesaria para recuperarse", lamenta Ousmane. Sobreviven cuidando el ganado y las tierras de señores adinerados y con pequeños trabajos urbanos que obligan a los hombres a pasar largas temporadas fuera del hogar.

Viven el 'soudere', el periodo del año en el que todavía no ha empezado a llover y las reservas de agua y comida escasean, como una penitencia. Behinba Mint, de 51 años y vecina de Loudeye, otro pueblo desértico de Brakna, explica que entonces "los adultos comen solo una vez y los niños dos".

"Aquí el principal problema es el agua", afirma tajante el más anciano del consejo de sabios de Hay Mahdra. Las mujeres y los niños -los más mayores_dedican gran parte de su día a caminar hasta los pozos, unas débiles estructuras sujetas solo por un neumático en el orificio de entrada donde los accidentes son frecuentes.

Halima Mint, de 40 años y vecina de Hay Towress, otro minúsculo pueblo de Brakna, comenta que le lleva hasta ocho horas conseguir agua. "Los niños se quedan solos y no comen hasta que llego. A veces intento dejarles comida de otros días, pero no siempre es posible", señala.

Después de tal periplo, se toman el agua "como sea". "Vemos que tiene cosas, pero tenemos que beberla", dice el líder del consejo de sabios de Hay Towress. Intentan limpiarla con ramas de árbol, haciendo decantaciones o con algo de lejía, que les llega a través de las ONG.

"El agua sucia que beben hace que los niños vivan en un estado diarreico crónico, hasta el punto de que las madres se preocupan y les llevan al médico (algo que no es habitual porque es excesivamente caro) cuando están estreñidos", advierte Lobo Albagnac.

HARINA Y OUGUIYAS

Los más afectados por esta combinación de factores son los niños, que representan el 44 por ciento de una población de cuatro millones de habitantes. El 37 por ciento de los bebés nacidos en los últimos dos años pesaron menos de 2.500 gramos y el 15 por ciento sufre desnutrición aguda, que puede dejar secuelas en el desarrollo cognitivo.

Halima tiene ocho hijos biológicos pero no pudo resistirse a acoger en su amplia familia a un niño cuya madre murió en el parto. Sidi, que ya tiene dos años, "ha estado muy enfermo". Aunque asegura que "los médicos le han curado", el pequeño permanece ajeno a todo lo que le rodea, con sus inmensos ojos perdidos en la nada.

Las madres ya han aprendido a detectar la desnutrición en sus hijos. "Se guían por lo que conocían de los animales: la textura de la piel, el color del pelo y los ojos y, claro, la extrema delgadez", precisa Ousmane. "Mi hijo está tan delgado que he tenido que sujetarle el pantalón con una cuerda", apostilla Bitu.

Save the Children trabaja en la fase de prevención con un programa financiado por ECHO, la agencia de ayuda humanitaria de la UE, con el que ha atendido a más de 8.000 familias desde 2012 y con el que este año espera llegar a otras 1.450 en 87 pueblos de Brakna, los más vulnerables.

"El trabajo con la comunidad es fundamental", comenta Lobo Albagnac. Ellos mismos eligen el consejo de sabios que decide a qué familias va a parar la ayuda basándose, por ejemplo, en el tipo de animales que tiene cada una, donde los camellos, que cuestan unos 1.000 euros, son símbolo de riqueza.

Las familias reciben una vez al mes durante los cuatro meses más duros del año harina enriquecida -tres kilos para embarazadas y por cada niño de entre cero y seis meses y seis kilos por cada niño de entre seis y 24 meses--, además de 22.000 ouguiyas (unos 50 euros).

Save the Children controla la evolución de los niños con una cinta métrica de tres tramos --rojo, amarillo y verde-- que revela cuándo hay desnutrición y en qué fase se encuentra. Los menores que sufren desnutrición aguda son derivados a otras ONG especializadas en atención sanitaria.

"Que las ONG vinieran aquí fue un acto de Alá", dice Behinba. "La ayuda llega en el momento perfecto, cuando ya no nos queda nada", añade. Sirve para mantener el hambre a raya, saldar deudas y ahorrar lo justo para comprar alguna cabra o gallina. "El objetivo es romper el ciclo de pobreza", pero aún están lejos, admite Luis Albagnac.

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