Viernes 05/01/2018.

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La agresividad verbal de Trump y Kim Jong-un reabre la lógica de la Guerra Fría

  • Donald Trump y Kim Jong-un alardean sobre su poderío nuclear

Las amenazas y sanciones económicas de Estados Unidos (EEUU) a Corea del Norte responden al avance del programa nuclear norcoreano así como a sus ensayos militares. Aunque China ha endurecido las sanciones contra la República Popular Democrática de Corea (RPDC), existen pocas probabilidades de que sus dirigentes renuncien al ámbito nuclear, el cual se ha convertido en un seguro de vida.

El mes de abril de 2017 se volvió a elevar una escalada de tensión con advertencias verbales y movimientos militares entre EEUU y Corea del Norte. Estas escaladas de tensión son recurrentes desde la suspensión de la guerra entre el Norte y el Sur (1950-1953) mediante un armisticio tras el cual nunca se firmó un tratado de paz. Esta nueva amenaza nuclear que afecta a la península de Corea ha sido descrita por algunos analistas como la mayor desde la crisis de los misiles de 1962 en Cuba, enmarcada en el contexto de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Conflicto de baja intensidad

Las amenazas de una intervención militar estadounidense en Corea del Norte no son nada nuevo: ya sobrevolaron en 1969 cuando la RPDC abatió un avión espía estadounidense que ocupaba su espacio aéreo. En aquel entonces, el presidente Richard Nixon consideró que los riesgos eran demasiado elevados como para intervenir militarmente.

Veinticinco años después, las amenazas se pusieron de nuevo sobre la mesa cuando se confirmó que la RPDC producía plutonio para desarrollar armamento y energía nuclear. La Administración Clinton estaba dispuesta a llevar a cabo un ataque preventivo que se evitó con la visita del expresidente estadounidense Jimmy Carter a Pyongyang, donde se entrevistó con Kim Il-Sung, líder supremo del país desde 1948 hasta su muerte ese mismo año.

El sucesor de Clinton en la Casa Blanca, George W. Bush, también amenazó al país norcoreano con atacarlo. Por otro lado, Barack Obama mantuvo un perfil más bajo que sus anteriores predecesores. Su política, conocida como "estrategia de la paciencia", consistió en no avivar la dialéctica de guerra con los norcoreanos. Su condena explícita al programa nuclear de Kim Jong-un se combinó con un aislamiento diplomático que incluyó sanciones económicas que sin embargo no frenaron ni un ápice la progresión de Corea del Norte en materia nuclear y balística.

En el marco del final de la Segunda Guerra Mundial, la península coreana fue dividida en dos partes; el norte fue ocupado por la Unión Soviética (URSS) mientras que el sur por los Estados Unidos. No obstante, la RPDC se opuso a las grandes potencias desde el principio. No solo a la estadounidense, sino que también a sus aliados de antaño: China y la URSS. A día de hoy siguen demostrando la misma obsesión por una independencia nacional de hierro, desafiando a partes iguales tanto a Washington como a Pekín.

La actual fase de tensión, que se ha recrudecido después de las amenazas de uno y otro de "apretar el botón nuclear", entrevé una situación de estancamiento, un callejón sin salida fruto de la política de no proliferación nuclear promovida por EEUU y sus aliados, cuyos tratados Corea del Norte ha vulnerado sistemáticamente.

Estrategia de palo y zanahoria

A finales de los años 80 y con la ayuda de los soviéticos, Corea del Norte puso en funcionamiento un programa nuclear que posteriormente se destinó hacia un uso militar. Cinco años después, el país asiático firma el tratado de no proliferación y en 1994 un acuerdo con EEUU. Dicho acuerdo contemplaba la normalización de las relaciones con los estadounidenses y el cese de las sanciones económicas, como contrapartida al abandono de su programa de producción de plutonio. Ni unos ni otros respetaron los acuerdos firmados.

En 2002, George W. Bush incluye a Corea del Norte en el denominado "eje del mal", de modo que el acuerdo alcanzado en 1994 se da por concluido y los norcoreanos abandonan el tratado de no proliferación al año siguiente. Bush acusó a los norcoreanos de haber llevado su programa de enriquecimiento de uranio (el combustible nuclear más utilizado) a una fase operacional, acusación que quedó desmentida posteriormente según reconocieron los propios servicios de inteligencia estadounidenses. Las intervenciones militares de EEUU en Afganistán e Irak tampoco ayudaron a que Pyongyang moderara su postura en materia nuclear y en 2006 procedió a su primer ensayo atómico. Desde entonces no han dado marcha atrás, a pesar de las sanciones y resoluciones de la ONU que exigían la suspensión del programa, y solo tres años después finalizaron con éxito su segunda prueba nuclear. Todo ello condujo a una ruptura de las negociaciones entre ambos países, que no se retomaron hasta 2011, al cierre de la primera legislatura de Barack Obama.

En 2013, bajo el mandato de Kim Jong-un, se completa la tercera prueba. A día de hoy, la nuclearización de la RPDC es una realidad. Las negociaciones entre Washington y Pyongyang no han servido para que estos últimos abandonaran una estrategia que contemplan a largo plazo. La estrategia cortoplacista del palo y la zanahoria (basada en el diálogo-enfrentamiento) no ha funcionado, el aislamiento diplomático no ha hundido al régimen y aunque desde Occidente se hacen lecturas sobre la irracionalidad de los dirigentes norcoreanos, en Pyongyang saben que su estabilidad interna y externa depende de su armamento nuclear. Las amenazas externas sirven al régimen para cultivar un patriotismo exacerbado entre su población y son un elemento de cohesión social. Esta sensación de inseguridad funciona, en definitiva, para justificar la unidad nacional y reprimir a la oposición interna. Y externamente, evitan posibles intervenciones militares como las citadas anteriormente (Afganistán e Irak) o la más reciente guerra civil en Siria, conflicto internacionalizado por su repercusión global.

Guam, enclave geostratégica en la región

El conflicto se retomó durante el mes de abril después de las advertencias de Donald Trump y las declaraciones de Mike Pence, vicepresidente del Gobierno ("La era de la paciencia estratégica con Pyongyang terminó") y las tensiones se trasladaron a la isla de Guam, un enclave estratégico y con estatus especial, que está bajo el control de los EEUU. El cruce de declaraciones incendiarias entre Kim Jong-un y Donald Trump han ido acompañadas de un llamamiento a la calma y la negociación, tanto por parte de la comunidad internacional (especialmente por parte de China y Corea del Sur), como por parte de distintos integrantes de la Administración Trump. Unas declaraciones, las de Trump, que parecían ir más bien en clave interna que no externa, en consonancia con su lema de campaña "Make America Great Again". El General Joseph F. Dunford, Presidente del Estado Mayor, afirmó el pasado 15 de agosto que la prioridad es acordar una salida pacífica a la actual crisis, ya que "una guerra en la península de Corea sería horrible". La vía contemplada continúa siendo la presión económica y diplomática, lo que deja la opción militar como último recurso no deseado.

Una de las prioridades de EEUU es que China presione con mayor contundencia a su vecino fronterizo para que abandone su programa atómico. Y aunque China no está a favor de dicho programa, tampoco quiere asfixiar económicamente a la RPDC (con diferencia su principal socio económico), cuyas relaciones se basan en los intereses de cada parte. Una hipotética caída de Corea del Norte podría implicar la reunificación de Corea, con el consiguiente peligro geoestratético que supondría para China tener bases militares estadounidenses en su frontera. Posicionados a favor del diálogo y la negociación, tienen intereses distintos a los de EEUU.

Por otro lado, Moon Jae-In, presidente de Corea del Sur, también ha dejado muy claro que una acción militar contra Corea del Norte solo puede ser llevada a cabo con la aprobación de su gobierno y ha afirmado en varias ocasiones su intención de cambiar la antigua política del país con sus vecinos. Cambiar el tono belicista por uno más dialogante y conciliador, coincidiendo con la línea del secretario general de la ONU, António Guterres. Nadie quiere someterse a las consecuencias imprevisibles que desataría un ataque militar. Corea del Sur solo ha marcado una línea roja a Pyongyang: la instalación de una ojiva nuclear en un misil balístico intercontinental.

De momento, la RPDC ha echado marcha atrás a su plan de atacar con cuatro misiles las instalaciones militares de la isla de Guam, actual epicentro del conflicto. Pero la tensión entre ambas naciones no se ha reducido, después de que Corea del Norte llevara a cabo su sexto y más poderoso ensayo nuclear el 3 de septiembre. El régimen de Kim Jong-un, además, lanzó a finales de noviembre un misil que voló 950 kilómetros y que alcanzó una altura de 4.475 kilómetros. Se trataría de la mayor altura alcanzada hasta la fecha por un proyectil norcoreano. Pese a ello, Rex Tillerson, secretario de Estado, ofreció a mediados de diciembre diálogo sin condiciones previas (lo que supone un cambio en la postura que exigía primero su desnuclearización) pero desde Pyonyang creen que es una estrategia para "manipular a la comunidad internacional" y forzar un bloqueo marítimo de Corea del Norte, para luego exigir su desnuclearización como condición previa de cualquier negociación.

La salida al actual conflicto sigue siendo una incógnita. Washington trata de ganar adeptos en la comunidad internacional para conseguir que algunos países latinoamericanos rompan relaciones diplomáticas con la nación asiática. Sin embargo, los embargos no han sido lo suficientemente efectivos como para propiciar la caída de Corea del Norte. Ni tampoco parece que los norcoreanos estén dispuestos a renunciar a su programa nuclear como condición sine qua non a una salida pacífica y negociada a la crisis. El régimen, de momento, no está derrumbándose y parece dispuesto a asumir ciertos riesgos. Cabe tener en cuenta que cualquier ataque militar de Washington a Pyongang conllevaría una respuesta de igual o mayor calibre. Todo ello en una región en la que China y los dos socios de EEUU (Corea del Sur y Japón) exigen seguridad y estabilidad.

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