Martes 03/10/2017.

Mundo

Tiroteos masivos, la sangrante herida abierta del pueblo estadounidense

  • A pesar de las cifras de muertos y tiroteos, no existe previsión de que aumente el control sobre el uso y la adquisición armas en EEUU

Nada en la ley estadounidense ha evitado que Stephen Paddock, un jugador de casino de 64 años, mate a 59 personas e hiera a más de 500 con ráfagas de fusil automático desde la ventana de la habitación de un hotel, donde guardaba un arsenal de 34 armas con munición y granadas.

La segunda enmienda a la Constitución estadounidense permite, a grandes rasgos, la libre circulación de armas en el territorio para la protección de la familia o la destitución del gobierno tirano. Pero con el tiempo los jueces han ido abriendo poco a poco el libre acceso a las armas. Su continua presencia en el día a día de los estadounidenses es una de las heridas sangrantes más profunda de los norteamericanos. La matanza de Las Vegas, la más mortífera desde el 11-S, sólo es un capítulo más en un historial de sangre y muerte. Según los datos de la web gunviolencearchive.org, el número de muertos por herida de bala supera sólo en 2017 los 11.000, habiendose producido en lo que llevamos de año un total de 273 tiroteos masivos.


Poco control

Conseguir un arma en Estados Unidos es más sencillo que en Europa. Según datos de la Campaña Brady para la prevención de heridas de bala, millones de armas son vendidas sin ningún tipo de procedimientos de control, siendo sólo el 60% de las armas las que se venden a compradores que han sido previamente investigados.

Y es que las leyes nacionales se limitan a permitir que los Estados legislen lo que consideren al respecto, siempre bajo el respeto al derecho constitucional a portar armas. Por ello, mientras que en California, Nueva Jersey, Massachusetts o Connecticut existen fuertes procedimientos de seguridad para comprar una, Nevada sólo impone el requisito de cumplir 18 para conseguir un rifle y 21 para una pistola corta, más una prueba de antecedentes, y no limita el número de armas que se puede llevar encima en público.

Con este panorama, mueren una media de 89 personas al día en territorio estadounidense por herida de bala, tanto en tiroteos indiscriminados como en accidentes domésticos, donde en muchos casos intervienen niños. En lo que llevamos de 2017, la web gunviolencearchive.com ha cifrado 545 niños heridos o muertos a punta de pistola, según los datos recolectados de un total de 2.500 fuentes.


Situación irreversible

A pesar del alto número de muertos, cambiar la legislación no resulta fácil en un país donde la cultura armamentística es sagrada.

Se ha intentado varias veces cambiar la ley pero en la mayoría de casos los proyectos son bloqueados. El último intento fue semanas después del tiroteo en el bar de Orlando en 2016 que se saldó con 49 víctimas. Entonces se presentaron cuatro importantes medidas de control armamentísticas. Dos de las propuestas iban destinadas a evitar la adquisición de armas por compradores investigados por terrorismo. La tercera propuesta quería evitar que personas con enfermedades mentales accediesen a las armas, y la última que fuese obligatorio un control del historial del comprador antes de conseguir una. Las cuatro propuestas fueron bloqueadas.

También se intentaron aprobar medidas del mismo corte después de las matanzas en las escuelas de Newtown en Connecticut - 28 muertos -  y la de San Bernardino en California  - 14 muertos, pero en ambos casos los bloqueos no permitieron que saliesen adelante las medidas.


Los republicanos se niegan al control

Por su parte, la llegada al poder de los republicanos, tradicionales defensores del derecho a la defensa con armas, no mejora las previsiones de legislación.

Donald Trump ha desterrado cualquier mención al control de armas en sus discursos después de los tiroteos masivos en Estados Unidos, donde alegó por la unidad. Una sobria y tibia posición que contrasta con los apasionados alegatos de su predecesor, Barack Obama, cuando le tocó pronunciarse por el tiroteo en Orlando.

Además, al comienzo de su mandato el presidente electo prometió a la Asociación Nacional del Rifle (NRA) -un poderoso grupo de control que se opone a reforzar el control de armas- que tendrían un "amigo" en la Casa Blanca. Una postura que hace dificil imaginarse cualquier avance en materia de control de armas a la ciudadanía.



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