Jueves 19/07/2018.

Mundo

Huir de Eritrea para poder elegir el futuro

  • El servicio militar obligatorio e indefinido y la imposibilidad de elegir los estudios a seguir empujan a muchos a tomar esta decisión

"¿Cómo puede uno vivir en un lugar en que no tiene control sobre su vida?", plantea Simon, que a sus 25 años es uno de los cientos de miles de eritreos que han huido de su país, gobernado con puño de hierro por Isaias Afewerki desde su independencia de Etiopía en 1993 y donde el servicio militar indefinido ha empujado a muchos jóvenes como él a buscar suerte fuera, con Europa como destino final en muchos casos.

"A partir de 12º curso, te conviertes en parte del Ejército. Al finalizar el 11º curso, te hacen un gran examen. Si tu nota es alta, seguirás tu educación en el Ejército, de lo contrario simplemente recibirás entrenamiento militar", explica Simon, quien al igual que otros 170.000 eritreos está refugiado en Etiopía.

El examen también determinará las materias a cursar en la universidad, añade el joven, que actualmente es trabajador social con Médicos Sin Fronteras (MSF) en el campo de refugiados de Hitsats. "No hay ninguna posibilidad de elegir", se lamenta. "A mí me habría encantado ser enfermero, pero si el Gobierno quiere que seas profesor, te hará profesor", subraya, incidiendo en que completar estudios universitarios tampoco es garantía de una vida acomodada en Eritrea.

"Yo realmente no quería convertirme en refugiado, pero me di cuenta de que todas las personas que conocía que tenían un título universitario tampoco ganaban lo suficiente para mantener a sus familias y a sí mismos", asegura Simon. "Sentía que la única manera que tenía de poder elegir libremente qué hacer y ser capaz de tener una vida decente era dejando el país", explica.


HUIR CON 14 AÑOS

Ephraim también huyó de Eritrea porque se negaba a que otros decidieran por él su futuro. "En Eritrea todo el mundo hace el servicio militar en el marco de su educación y solo se consigue un pasaporte cuando se completa, pero uno nunca sabe cuándo ocurrirá eso", cuenta este eritreo de 17 años, que intentó escapar de su país por primera vez con tan solo 14 años.

"Para algunas personas el servicio militar nunca termina y mientras estás en el Ejército no te pagan casi nada, así que para mí estaba claro que no tenía un futuro, un futuro en el que pudiera elegir libremente qué hacer y qué ser y en el que pudiera mantener a mi familia", cuenta a MSF, en cuyo programa de salud mental en Etiopía participa.

"Así que decidí marcharme, como otros muchos eritreos", explica. En el caso de Ephraim, dos hermanos ya le habían precedido. Su hermana, consiguió llegar hasta Alemania pero su hermano mayor desapareció hace tres años en Libia sin que hayan vuelto a recibir noticias suyas.

En general, Etiopía y Sudán suelen ser las dos vías de escape para quienes abandonan Eritrea. Lo más frecuente es que su paso por estos países sea temporal, con el objetivo de reunir dinero suficiente para continuar su viaje, que les llevará a atravesar Libia y a embarcarse en la peligrosa travesía del Mediterráneo Central. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), los eritreos son la segunda nacionalidad en llegadas a Italia, entre ellos numerosos menores no acompañados.


VARIOS INTENTOS DE ESCAPAR

Tanto Simon como Ephraim no lograron su objetivo a la primera. "Mi primer intento de cruzar la frontera fue la peor experiencia de mi vida", asegura Simon, que tres años después aún recuerda con nitidez "el silbido de las balas volando" a su alrededor cuando los soldados les descubrieron en la frontera. "Una niña que estaba intentando escapar cayó. No podía dejarla atrás así que me detuve para ayudarla", cuenta, tras lo cual fue detenido y nunca supo qué ocurrió con ella.

Aunque malherido, Simon fue enviado a prisión y de ahí a recibir entrenamiento militar, pero semanas después volvió a probar suerte, esta vez con más éxito. "No tenía una idea clara de dónde quería ir, solo sabía que quería tener acceso a educación, conseguir un empleo y ser capaz de mantenernos a mí y a mi familia", explica.

La huída de Ephraim fue aún más complicada. La primera vez huyó a Etiopía y de ahí a Sudán, desde donde pretendía llegar a Liba. Después de varios días de viaje en camiones atestados por el desierto y durante los que solo comió una galleta al día y apenas bebió agua, estuvo al borde de la muerte.

"Estaba tan débil que los traficantes pensaron que había muerto y me iban a abandonar en medio del desierto pero una de las personas con las que viajaba y me conocía un poco se dio cuenta de que aún respiraba", relata a MSF. "Me subió a sus hombros y me llevó de vuelta al camión, pero otros no tuvieron tanta suerte" y murieron en el viaje, añade.

Tras ser descubiertos por la Policía sudanesa mientras esperaban suministros, los traficantes les abandonaron y después de unos días los policías les llevaron a prisión, en su caso a un centro para menores en Jartum. Ephraim recuerda que eran unos mil detenidos y solo tenían un aseo para todos y tenían que dormir en el suelo. Ante estas circunstancias, iniciaron una protesta a la que los guardias respondieron a golpes. "Me dieron en la cabeza con una pala", señala.

Finalmente, representantes de la Embajada eritrea le engañaron y le llevaron junto a otros detenidos más de vuelta a su país, donde terminó en una cárcel que era "como un agujero en el suelo, sin ventanas ni luz". De ahí le trasladaron a una prisión militar, donde empezó a enfermar y a tener "pesadillas todo el tiempo". "Dejé de comer, me aislé, dejé de hablar y no hacía nada", recuerda.

Fue entonces cuando los guardias contactaron con su madre y le dijeron que le liberarían si impedía que intentara huir de nuevo. Si lo hacía, cuenta, tendrían que pagar 50.000 nakfa (unos 2.800 euros). Pero "yo lo único en lo que pensaba era en cómo escapar de nuevo", así que dos semanas después volvió a intentar cruzar hacia Etiopía. "Los soldados me atraparon en la frontera, me golpearon duramente y me enviaron de vuelta a prisión", explica.

Sin atención médica, las heridas sufridas empeoraron hasta el punto de que tuvo que ser trasladado al hospital y luego de vuelta a prisión. Su familia decidió entonces pagar las 50.000 nakfas y pudo regresar a casa con la condición de que cada mes debía presentarse en la base militar para demostrar que seguía en el país. Pero tres meses después, Ephraim hizo su tercer intento de salir de Eritrea. Era noviembre de 2016 y en esta ocasión logró su objetivo junto a tres amigos. Cinco meses después le siguió su madre.


ETIOPÍA NO ES LA VIDA QUE AÑORABAN

Pese a la experiencia vivida y el trauma que aún les acompaña, tanto Simon como Ephraim no están satisfechos con su situación y dejan abierta la puerta a continuar su viaje hacia una vida mejor. "Llevo tres años en este campo y aún no he sido capaz de hacer lo que quería", reconoce Simon, que cuenta que no tiene el dinero para permitirse seguir el viaje cruzando otros países.

"A veces lamento no intentar moverme a otro sitio porque la vida en el campo no es muy fácil", afirma, aunque en su caso trabajar como trabajador social para MSF le ha dado "estabilidad y motivación". "Muchas personas sufren traumas y problemas mentales aquí y cuando veo que mejoran por el apoyo que mi trabajo les ofrece siento que merece la pena seguir aquí", asegura.

Ephraim aún quiere ser él quien decida su destino. "Me encantaría volver a la escuela y labrarme un futuro para mí mismo. En Eritrea no había ningún futuro y aquí en el campo es un poco más de lo mismo. Espero que vayamos a un lugar en el que pueda tener la libertad de elegir qué hacer con mi vida", confía.

Mientras, su madre está intentando lograr la reunificación familiar con su hija en Alemania, pero le preocupa que Ephraim opte por el "terrible viaje" a través de Libia. "Me temo que lo intentará de todos modos", admite. "Yo quiero que esté a salvo y tenga una buena vida".

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