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virtualmente eliminados

Mundial Brasil 2014

Cristiano Ronaldo, casi tan vulgar como su selección en el Mundial

  • En 180 minutos, la estrella del Real Madrid y de Portugal, apenas ha dejado un centro que terminó en gol como única factura rescatable.
  • Portugal tiene que ganar en la última jornada, enjugar una diferencia de -4 en el goalaverage y esperar a que Alemania gane a USA.
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  • Cristiano Ronaldo

En la misma mediocridad en la que deambula Portugal, navega Cristiano Ronaldo en un Mundial en el que están a expensas de un milagro para no regresar a las primeras de cambio. Necesita que Alemania gane a Estados Unidos y vencer a Ghana a la vez que enjuga una diferencia de goles que ahora le tiene en menos cuatro. Una quimera. Dentro de un conjunto esforzado, compuesto por futbolistas aseados como Moutinho, meritorios como Ricardo Costa o Meireles, promesas incumplidas del nivel de Nani y que su delantero sale de un casting entre Postiga, un marginal en el Valencia, Almeida o Eder, pena un Cristiano que es una sombra de sí mismo, víctima de los problemas físicos que arrastra. Tan vulgarizado como su selección, perfectamente contextualizado en un entorno de insuficiencia, está en la frontera de Brasil 2014 como uno de los grandes derrotados, quizás el más retratado a nivel individual si el tercer partido confirma la eliminación y su participación entre tinieblas.

El último tramo de la temporada y estos dos decepcionantes partidos ante Alemania y Estados Unidos, han terminado de evidenciar que Cristiano precisa de su exuberancia física para que todo fluya. Si otros se acercan al juego desde la pelota, CR7 lo hace desde la retroalimentación que produce en su mentalidad sentirse con una explosividad que le permite enhebrarse en los partidos. Frente a la selección americana, se volvió a ver a un jugador lastrado, incapaz de soltar la caballería. Su característica zancada larga, su tranco kilométrico que le mueve golpeando con violencia el suelo, ahora es un movimiento que casi pide permiso, más acortado de lo habitual. Apenas tuvo carrete en carrera y ni siquiera su disparo fue preciso. Sólo un centro majestuoso en el postrero empate evocó a lo que es: el actual Balón de Oro y uno de los mejores futbolistas de la historia.

Ni en un partido que se le puso todo de cara pudo crecer Portugal, que se adelantó a los cuatro minutos tras un gol de Nani, que aprovechó un error en cadena de la defensa norteamericana. En este Mundial, la selección de Paulo Bento no ha tenido juego, lo cual entraba dentro de lo predecible, pero también ha carecido de agresividad. No le costó a Estados Unidos adueñarse del partido. Bradley se hizo el jefe de operaciones en el centro del campo y Dempsey, casi de autónomo como referencia, fue una pesadilla para Ricardo Costa y Bruno Alves. Todo lo hizo con intención el jugador del Seattle. Llevó con el gancho a sus marcadores gracias a una gama de desmarques largos y arrastres en corto mezclados con una inteligencia que descolocó a sus marcadores. Casi siempre le interpretó bien Bradley, y casi siempre fueron un paso por detrás los defensas. Tuvo tres Dempsey, aunque Beto, titular en lugar de Rui Patricio, respondió con solvencia en la primera mitad. Nada pudo hacer en la acción con la que dio la vuelta al partido a diez minutos del final.

Antes había empatado Jones gracias a un disparo de media distancia que hizo justicia con los méritos de uno y otro. Mientras que Portugal fue un equipo descompensado, sin alma y yermo de fútbol, Estados Unidos no se desmarcó de una idea y una ejecución que terminó pagando dividendos. Con Cristiano Ronaldo extraviado, Portugal perdió todas las señas de identidad que en los últimos años le había convertido en un conjunto incómodo pese a sus limitaciones técnicas. Durante casi todo el partido, fue un juguete en manos de Estados Unidos, crecida con el paso de los minutos y jugando con una convicción absoluta. Apagado Cristiano, no se encuentra Portugal. Un fogonazo del siete, un perfecto centro desde la derecha a la que su par le dio un metro, mantiene viva a su selección. Como el paciente clínicamente muerto al que las máquinas agarran a la vida, se aferra Portugal a una matemática tan fría para abrirle la puerta de los octavos, como para cerrarse cuando le recuerda el Everest que tiene que subir.

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