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¿Comemos por costumbre o por necesidad?

  • La respuesta al consumo de un alimento determinado está condicionada por la experiencia previa, por los recuerdos que ello conlleva, y por las expectativas que tenemos sobre las consecuencias que nos va a proporcionar su consumo.

Cuando se acaban las reuniones en familia y se regresa al trabajo será, las ricas y suculentas comidas de esos días, pero también su abundancia en la mayoría de los casos excesiva. La realidad es que comemos muchas veces por costumbre, porque es la hora de comer, porque hay que celebrar, porque estamos tristes o estresados. Está claro que existe una importante relación entre las emociones y la  comida.  El estado de ánimo influye de manera decisiva en nuestra ingesta de alimentos, en la cantidad y en el tipo. Lo contrario también es verdad, el consumo de determinados alimentos puede influir en nuestro estado de ánimo.  Y como ejemplo sirvan nuestras queridas fiestas navideñas, donde nuestro ánimo alegre y de celebración nos hace comer mas, y a su vez lo que comemos nos pone eufóricos y contentos.

La respuesta al consumo de un alimento determinado está condicionada por la experiencia previa, por los recuerdos que ello conlleva, y por las expectativas que tenemos sobre las consecuencias que nos va a proporcionar su consumo.  Por ello, quizás habría que ampliar la  clásica sentencia aplicada a la nutrición y la alimentación  “somos lo que comemos”, a “sentimos lo que comemos”, o “comemos para sentir”.

Estos aspectos nos hace diferenciarnos de los animales que en general, comen cuando tienen hambre y son capaces d controlar su ingesta. Cuando los animales salvajes están en ayunos prolongados,  se vuelven inquietos  e irritables y esa sensación les conduce a la busca de comida que les permite saciar el hambre. Una vez que han comido, se sienten de nuevo relajados y tranquilos, recuerden los documentales que todos conocen sobre los leones de caza. El hambre y la disminución de los niveles de glucosa en la sangre impulsan a los depredadores a buscar presas con las que saciarse, se ponen en estado de alerta, se disponen a la caza y se vuelven más agresivos.

En este aspecto a los seres humanos nos sucede lo mismo que a los animales. La disminución de los niveles sanguíneos de glucosa puede llegar a volvernos irritables, y nos impulsa a buscar comida rápidamente. Esta respuesta  no es más que una señal de alarma que emite nuestro cerebro para paliar y prevenir una disminución de la glucemia que pudiera afectar al buen funcionamiento de este y del organismo en general. Después de comer, y aumentar los niveles de glucosa, el cerebro genera una sensación de calma y sosiego, e incluso optimismo que es consecuencia de la liberación de neurotransmisores asociados al placer.

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