Jueves 19/04/2018.

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Homenaje al pueblo nipón desde las ruinas de Fukushima

En marzo de 2011, un tsunami devastó la costa oriental de Japón afectando a la central de Fukushima, sumiendo al mundo en el pánico nuclear. Hoy, Pablo M. Díez presenta su primera novela, ideada desde las mismas ruinas de la catástrofe y que narra un amor surrealista en un homenaje al pueblo nipón.
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  • Homenaje al pueblo nipón desde las ruinas de Fukushima EFE

En marzo de 2011, un tsunami devastó la costa oriental de Japón afectando a la central de Fukushima, sumiendo al mundo en el pánico nuclear. Hoy, Pablo M. Díez presenta su primera novela, ideada desde las mismas ruinas de la catástrofe y que narra un amor surrealista en un homenaje al pueblo nipón.

Díez, (Córdoba, 1974), fue de los primeros periodistas occidentales en entrar en la zona cero del desastre y durante mes y medio ofreció, a través de ABC y el Grupo Vocento, sus crónicas diarias de la catástrofe que ahora, con un amor surrealista como hilo conductor, engloba en su obra "Fukushima mon amour".

Un "viaje atómico" al "fin del mundo" que todo el planeta vivía a través de la televisión con una imagen fija de la central nuclear, pero que el periodista vivió entre escombros y devastación. "Hay miedo, todo el mundo pensaba que los reactores de Fukushima podían explotar", recuerda Díez antes de presentar su obra en la República de las Letras de Córdoba.

En ese momento, Díez pudo contemplar en primera persona la especial idiosincrasia del pueblo nipón. "Japón es un país con una estructura social muy rígida, donde el colectivo está por encima del individuo". Una tradición y forma de ser que ante una situación "límite" como aquella tenía que "explotar".

Es lo que le sucede a Mika Oshima, la protagonista femenina del romance, que "vive un drama familiar que le llevará a recorrer toda la zona devastada por el tsunami" hasta llegar a la zona cero.

Del periodista que la acompaña en ese viaje se desconoce su "nombre y procedencia", con el objetivo del autor de "darle el protagonismo a Mika" y situar al lector en los ojos del redactor.

No se trata de un "ensayo periodístico", advierte Díez, aunque los testimonios que van apareciendo en la ruta son "reales". Y ahí es donde aflora toda la esencia del pueblo nipón, al que la novela rinde "homenaje".

Ante tal devastación es "sorprendente esa contención de las emociones". "Había gente que no lloraba por los muertos al pensar que eso era una parte muy pequeña ante la gran catástrofe que había sacudido a todos el país, ya que mostrar dolor era muy egoísta".

"No había vandalismo, ni saqueos, ni pillaje. La gente consumía de forma racionada y no intentaba hacer acopio de víveres", rememora Díez. "La parte negativa es que la contención de emociones lleva a muchos japoneses a que tengan una vida cohibida".

Una sociedad, de las "más desarrolladas y avanzadas del mundo", en la que la mujer "vive para el hombre", algo de lo que se ve liberada Mika. "Una forma de salvar la cara", o el honor, que hace, incluso, que una esposa se suicide con su hijo para que su marido, aviador, quede liberado para poder estrellarse contra un navío enemigo durante la Segunda Guerra mundial.

"Petición de convertirse en kamikaze que firmó con la propia sangre de su familia muerta", relata Díez como ejemplo de los incontables relatos que descubrió entre "horror y muerte". "Es increíble encontrar testimonios de supervivientes de las bomba de Hiroshima y Nagasaki", que ahora quedan reflejados en al novela.

No aparecen en la obra las incontables horas sin dormir que sufrió Díez durante la cobertura. "El periodista de la novela trabaja mucho menos que yo", ironiza. "Por el cansancio, me quedaba dormido escribiendo las crónicas. Pero lo único importante es que la noticia se publicara el día siguiente".

"La energía atómica es el motor de nuestro brillante futuro" es el lema que se puede leer en uno de los pueblos evacuados junto a Fukushima. Una idea "arraigada" en el país, que "no se podía pensar que algo así podría ocurrir. Pasó y se podía haber evitado".

Tras semanas de angustia, informes gubernamentales reflejaban que se habían detectado "irregularidades" en la central, pero "ahorrar 100 millones de dólares" fue suficiente para obviar el peligro.

Cada año, Díez vuelve a la zona devastada para "ver los trabajos de reconstrucción" y tratar de contactar con las víctimas a las que conoció y cuya vida y testimonio ha dejado escrito.

"Japón se levantará". Lo hizo tras la Segunda Guerra Mundial "y lo hará ahora". "Se tardarán 40 años en limpiar la zona, ya que ahora no existe la tecnología para retirar el material radiactivo". Los Juegos Olímpicos de 2020 en Tokio "será la primera muestra de ello". Paradójicamente, los mismos juegos en la capital nipona de 1964 demostraron que Japón volvía a latir.

Por Luis Ortega

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