Lunes 14/08/2017.

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Carmelitas de Carrión tejen el manto que estrenará la patrona de Valladolid

Con paciencia infinita, mucho cariño y un silencio absoluto, trece monjas carmelitas tejen estos días, en el convento de Carrión de los Condes (Palencia), el manto procesional que estrenará Nuestra Señora de San Lorenzo, patrona de Valladolid, en el centenario de su coronación.
  • Carmelitas de Carrión tejen el manto que estrenará la patrona de Valladolid EFE

Con paciencia infinita, mucho cariño y un silencio absoluto, trece monjas carmelitas tejen estos días, en el convento de Carrión de los Condes (Palencia), el manto procesional que estrenará Nuestra Señora de San Lorenzo, patrona de Valladolid, en el centenario de su coronación.

Debe estar listo para octubre, que es cuando se celebrarán los actos en honor a la Virgen, coronada canónicamente el 21 de octubre de 1917, hace este año, un siglo.

Y más de un siglo -fue tejido en 1908- tenía el manto al que hoy las hermanas se afanan en devolver su esplendor, por encargo de la Hermandad de Nuestra Señora de San Lorenzo, que ha confiado en sus manos porque ya conocía la habilidad de estas monjas para las labores minuciosas.

Hoy han hecho una excepción en su clausura, se han saltado el voto de silencio, y mientras siguen bordando, entre bromas y risas, abren las puertas de su vida en el convento.

"El manto llegó en muy malas condiciones, sucísimo y con el bordado muy negro", explica a la Agencia EFE la madre Lourdes, priora ahora de aquellas carmelitas descalzas que fundaron el convento de Carrión de los Condes en 1930 y que hoy forman una familia de trece hermanas, once de ellas peruanas.

Así que a mediados de julio se pusieron manos a la obra, bajo la dirección de sor Isabel, que es la "doctorada" en costura, -afirman bromeando el resto de hermanas-, porque todas colaboran dando puntadas silenciosas y certeras a la tela de fibra de oro sobre la que bordan pacientes dibujos con hilo de plata.

"La labor está muy avanzada", explica la hermana Isabel, mientras acordona con hilo de plata uno de los bordados para resaltar el dibujo.

Pero antes han tenido que descoser del manto original, que estaba muy dañado, todo el bordado de plata, -"una plata muy buena y de muchos años", explica la hermana Isabel-, y limpiar kilómetros de hilo de plata con algodón, hasta que ha quedado "reluciente", para volverlo a bordar sobre la tela de tisú dorado del nuevo manto que les ha proporcionado la cofradía.

"El manto es un poco más grande, así que ha habido que adaptar el dibujo del bordado, que es muy similar al original pero con pequeñas variaciones", explica la hermana Isabel.

"Además se ha añadido en el centro de la capa la letra M que se ha quitado del vestido de la Virgen", agrega la madre priora, destacando la "enorme satisfacción" que les produce este trabajo, porque, como subraya, "todo lo que hacemos lo hacemos por Dios y por la Virgen".

Y también para poder vivir de su trabajo, porque dicen estas monjas no se resignan "a la limosna" y son ya muchos los mantos, palios y estandartes que han bordado o restaurado, y los hábitos para monjes que han cosido. Labores con las que sufragan una pequeña parte de los gastos del convento.

El boca a boca las ha llevado hasta la hermandad de Nuestra Señora de San Lorenzo, que ya les había encargado algún trabajo, y que ahora ha dejado en sus manos el manto de su imagen titular, la patrona de Valladolid y la alcaldesa honoraria de la ciudad.

Una laboriosa tarea que les llevará más de dos meses y a la que dedican entre cuatro y cinco horas al día. Todo el tiempo que les dejan libre los oficios diarios, en unos días que empiezan a las seis y media de la mañana y terminan diecisiete horas después.

El trabajo en la huerta -donde cultivan verduras para su consumo y para la venta-, en la cocina, en la sacristía o en la ropería, según lo que le toque a cada una esa semana, entre horas de rezo y oraciones.

"Desayunamos, comemos y cenamos en silencio", apunta la madre priora. Escuchando atentas las lecturas espirituales que extraen de revistas religiosas y que les hablan de lo que sucede al otro lado de las paredes del convento.

Porque, como deja claro la madre Lourdes, "no hemos huido del mundo, no vivimos en una isla. Sufrimos con las desgracias de la gente y nos alegramos con sus alegrías. Lo compartimos todo".

Con tristeza hablan de la violencia, de las guerras, del egoísmo, y hasta de los políticos y la corrupción. Y lamentan que la gente no sepa apreciar lo que tiene, "el regalo de la vida".

"Estamos en un tiempo de mucho desamor", afirma la hermana Isabel. "Si diéramos más amor, todo iría mejor. Hay que reflexionar mucho", agrega con humildad.

La conversación concluye cuando tocan a vísperas y todas corren. Es la hora del rezo y la oración, y el orden y el silencio vuelven a reinar en el convento de las Carmelitas Descalzas de Carrión de los Condes.

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