Miércoles 07/12/2016.

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La hiperactividad en primera persona

  • Cuatro testimonios de madres y de un paciente adulto acercan la realidad de un trastorno que condiciona la vida familiar y escolar
  • Sus historias describen los diferentes grados de la enfermedad
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  • La hiperactividad es el trastorno más frecuente en edad infantil

Marina ( 9 años) es una niña de notables e hiperactiva. Cada tarde su padre se sienta con ella para que haga los deberes y le enseña fórmulas para que preste atención y aprenda. Y da resultados. A Marina se le da muy bien memorizar contenidos a través de imágenes. “Un día me comentaron en la escuela que no hacía nada, que se pasaba el día mirando el techo”, relata su madre, Eva Ortiz. A la pequeña le diagnosticaron déficit de atención con cinco años. Los videojuegos y la televisión atrapan su atención, pero también el patinaje. Sólo con la ayuda de psicólogos está adquiriendo habilidades para concentrarse. En el colegio se sienta en primera fila y saca buenas notas.


Ramón (nombre ficticio) recuerda los jueves de su infancia como un día de penitencia.  Delante de 200 niños tenía que leer una epístola de San Pablo.  Era la tarea que le mandaban los profesores por ir más retrasado en la lectura. “Estaba cagado. Y mis compañeros me machacaban”,  cuenta este agente comercial de 54 años, hiperactivo. El diagnóstico le llegó con 48 años, gracias a su mujer, pediatra, pero siempre tuvo la sensación de que no era como los demás. “De niño no podía estar sentado sin dar patadas a la mesa”. Ramón confiesa que desde que supo la enfermedad se siente “más feliz” porque se conoce mejor , es capaz de controlar sus impulsos con la ayuda de la medicación, y lo más importante, se quiere. “Mi familia nunca se aburre conmigo. En las excursiones les llevo de un lado para otro, no paro”, bromea.

Ramón nunca ha tenido jefes, prefiere trabajar como autónomo, pero asegura que ha aprendido a organizarse, gracias a una agenda que lleva siempre, y a su familia, que le recuerda las tareas. “Tenemos una energía fuera de lo común, pero si se sabe encauzar, es hasta positivo”.


En la casa de Hugo (14 años, Madrid) se han colocado carteles para recordarle a qué hora se levanta,  cuándo está listo el desayuno, o el momento de hacer los deberes. Su madre Catia le marca pautas para seguir una rutina y aprender a organizarse. “Es un trastorno complicado, afecta a la sociabilidad. Hay momentos en los que ni él mismo se aguanta”. Su madre recuerda que en casa ha habido puertas rotas. Pero el camino de Hugo a la adolescencia está siendo más fácil. Con la medicación está aprendiendo tácticas para controlar sus impulsos y con esfuerzo se ha sacado el curso (2º ESO). Atenderle con paciencia y cariño es la premisa que sigue su madre que, aun así, admite que “a veces, es un infierno la convivencia”.

Pol se ha perdido tres veces en la calle. “Cuando le encontrábamos,  él no estaba asustado y buscaba una excusa”.  Su madre,  Puri García, se ha acostumbrado a actuar como un policía después de vivir varios percances. “Una vez intentó beber lejía; otra, se fue solo al trabajo de mi marido”. Puri reconoce que la enfermedad condiciona la vida familiar, pero dice que son claves el diagnóstico y aprender técnicas que ayuden a su hijo a comprender qué le ocurre y a activar su atención. Por ejemplo, Pol (15 años) escribe la lección para memorizar. “Estoy muy contenta. Y se lo digo, que tiene que estar superorgulloso, porque se ha sacado los estudios y se esfuerza. Las cosas se aprenden haciéndolas”.


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