Sábado 10/12/2016.

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El papa dice a los enfermos y discapacitados que son el rostro de Dios

Benedicto XVI se ha rodeado hoy de enfermos y discapacitados, de niños y de jóvenes que conocen el rostro del dolor, y les ha dicho que son la imagen de Dios, sus preferidos, y que la vida también es grande cuando irrumpe en ella el sufrimiento.
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El papa dice a los enfermos y discapacitados que son el rostro de Dios El papa dice a los enfermos y discapacitados que son el rostro de Dios

Benedicto XVI se ha rodeado hoy de enfermos y discapacitados, de niños y de jóvenes que conocen el rostro del dolor, y les ha dicho que son la imagen de Dios, sus preferidos, y que la vida también es grande cuando irrumpe en ella el sufrimiento.

El papa ha insistido en que la sociedad les necesita porque contribuyen decididamente "a edificar la civilización del amor" y a pesar de que en esa misma sociedad "demasiado a menudo se ponga en duda la dignidad inestimable de la vida, de cada vida".

Ha sido en un acto sencillo, espontáneo, emocionalmente intenso, celebrado al aire libre, bajo un calor sofocante, en los jardines de la Fundación Instituto San José, que los hermanos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios regentan desde hace más de un siglo.

Allí, ante enfermos, familiares y de trabajadores de esta institución humanitaria de la Archidiócesis de Madrid, el pontífice ha hablado de sufrimiento, de la dignidad de la vida humana, "creada a imagen de Dios", de compasión y compañía. En definitiva, de amor hacia los que más sufren.

A todos ellos el papa les ha expresado su cercanía y aprecio, recordándoles lo que ya dijo en su encíclica sobre la esperanza cristiana: "la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre".

Para el Santo Padre, "una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana". Lo escribió entonces y hoy lo ha vuelto a reiterar.

Antes, el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, al dar la bienvenida al papa a esta institución habló de un momento, el actual, "en el que el Evangelio de la Vida no es comprendido por todos".

Rouco alabó la labor desarrollada en el Instituto San José por la "gran familia" que lo integra: religiosos, profesionales de la medicina y la asistencia social, voluntarios y socios benefactores, que llevan a cabo "una admirable tarea de sanación y de consuelo verdaderamente cristiano".

Y ello, a pesar de que esa tarea se desarrolla en unas circunstancias y en una sociedad "profundamente herida por las crisis del matrimonio y de las familias, de la que son víctimas principales -dijo- los niños y los jóvenes, máxime cuando se encuentran en situaciones de enfermedad, discapacidad y de abandono físico y psíquico".

Es el caso de algunos residentes en este centro concertado con la sanidad pública, a través de la Comunidad de Madrid, que comenzó su labor humanitaria a finales del siglo XIX, atendiendo a enfermos de epilepsia y a los soldados que regresaban de la guerra de Cuba enfermos o heridos.

Desde entonces hasta hoy, el Instituto San José ha cuidado a enfermos terminales, a presos con SIDA, a ancianos y discapacitados físicos e intelectuales, a enfermos de epilepsia y a personas con daños irreversibles en el cerebro, entre otras patologías.

Antonio Villuendas, con 20 años y estudiante de arquitectura, nació sordo "y al borde de la muerte", como recordó hoy ante el pontífice. Él ha puesto voz y rostro a todos los que gracias al Instituto San José tienen una vida más digna.

En su caso, la familia también ha contribuido a que sea así. "Gracias al amor que sintieron por mí, aún sabiendo que podía ser un obstáculo para sus vidas, siguieron adelante. Esto nos ha ayudado a superarnos, a no rendirnos nunca", recalcó.

Para Antonio, y para otros jóvenes en sus mismas o parecidas circunstancias, "el hecho de tener una discapacidad nos ayuda a conocernos mejor, a ser mejores y sobre todo a entender los problemas de los demás", si bien "no nos sentimos igual, nos sentimos apartados, solos, diferentes...".

En su ejercicio de sinceridad ante el papa, Antonio reconoció que el amor, sobre todo de su madre, le ayuda a entender que no está solo, aunque la soledad habite en su interior "en algunos momentos". Ello le desanima, pero "gracias a Dios", a la amistad de sus compañeros y al amor de los suyos se siente "integrado" y le ha ayudado a "superar los momentos más difíciles".

Benedicto XVI se ha ido del Instituto San José con el rostro satisfecho, contento y con un cuadro que le ha pintado Evelin Cava, una joven con discapacidad intelectual, y con un ramo de flores, que le entregó Miguel Ángel Bardera, discapacitado físico.

La Fundación tiene su sede en una antigua finca, Las Piqueñas, situada entre Carabanchel Alto y Leganés, en el sur de Madrid, adquirida en 1878 por el marqués de Vallejo para construir en ella un centro asistencial para enfermos de epilepsia.

Un hijo de este noble, José Manuel, había muerto poco antes de esta enfermedad, después de haber viajado por media Europa sin encontrar un lugar en el que encontrara tratamiento y consuelo.

El papa, para quien "ninguna aflicción es capaz de borrar" la impronta divina "grabada en lo más profundo del hombre", se dirigió desde allí hasta el aeródromo de Cuatro Vientos, para iniciar la vigilia de oración que congregará a cientos de miles de peregrinos durante toda la noche. Mañana por la mañana, en este mismo lugar, oficiará la misa de clausura de la JMJ.

Carlos Mínguez

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