Miércoles 18/07/2018.

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Ponce, que repite, y López Simón, salen a hombros en tarde de generosidad

La generosidad del público para pedir las orejas y de la presidencia para concederlas motivó hoy la salida a hombros de López Simón y de Enrique Ponce -que consiguió repetir triunfo solo veinticuatro horas después- en la penúltima corrida de toros de la feria de Fallas.
  • Foto 1 de Ponce, que repite, y López Simón, salen a hombros en tarde de generosidad EFE
  • Ponce, que repite, y López Simón, salen a hombros en tarde de generosidad EFE

La generosidad del público para pedir las orejas y de la presidencia para concederlas motivó hoy la salida a hombros de López Simón y de Enrique Ponce -que consiguió repetir triunfo solo veinticuatro horas después- en la penúltima corrida de toros de la feria de Fallas.

FICHA DEL FESTEJO:

Cinco toros de Juan Pedro Domecq y uno de Parladé (6º), los dos últimos como sobreros en sustitución de dos titulares devueltos por invalidez. Corrida de muy desigual presencia, con toros terciados y sin cuajo junto a otros de mejor remate y más finas hechuras. En general, resultó un encierro deslucido por desrazado y de escasas fuerzas, con algún ejemplar manejable pero de escasa emoción en sus contadas embestidas.

Enrique Ponce, de hueso y oro, que sustituía a Cayetano: pinchazo hondo y cuatro descabellos (silencio tras aviso); estocada caída (dos orejas tras aviso).

Miguel Ángel Perera, de verde botella y oro: estocada baja atravesada y trasera (ovación tras aviso); cinco pinchazos y estocada baja (ovación tras aviso).

López Simón, de salmón y oro: estocada (oreja tras aviso); estocada tendida (oreja).

Ponce y López Simón salieron a hombros.

Entre las cuadrillas, Javier Ambel y Guillermo Barbero saludaron en banderillas en el segundo, y Yelco Álvarez y Jesús Arruga en el sexto.

Octavo festejo de la feria de Fallas, con algo menos de tres cuartos de entrada (unos 7.500 espectadores) en tarde agradable y con alguna racha de viento.

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DE LA INTRASCENDENCIA A LA FIESTA

Habían pasado nada menos que 125 interminables minutos hasta que salió el cuarto toro de la tarde: una hora y tres cuartos de absoluta intrascendencia entre la flojera y el descastamiento de la corrida -con dos toros devueltos a los corrales incluidos- y el faenar sin brillo de los tres matadores del cartel.

Pero en Valencia siempre hay tiempo y ocasión para que el público acabe por imponer su voluntad festiva y encuentre la excusa necesaria para dar tienda suelta a su clásica generosidad y cambiar así el color del espectáculo, al menos en lo numérico.

De hecho, a López Simón ya le habían dado una oreja de su primero por un trasteo, al que como a la embestida del toro, le faltó remate en los muletazos y en las tandas, y que solo tuvo eco en el socorido final de arrimón antes de una estocada recibiendo.

Pero salió ese cuarto y comenzó otra hora y cuarto de corrida muy distinta, con el público empujando a favor de obra y un Enrique Ponce que sabe como nadie aprovechar estos cambios ambientales y volcarlos a su favor.

El que hoy era sustituto de Cayetano leyó a la perfección tanto la condición del toro como el contexto y, con un prodigioso oficio, cuidó y asentó primeramente las muy medidas fuerzas del noble y afligido animal para darse después a un despliegue de compuesta estética, tanto en lo fundamental -con una soberbia serie de naturales- como en lo accesorio.

Faena larga y jaleada la de Ponce, que se deleitó hoy también en su dominio escénico e incluso se echó de rodillas cuando ya estaba todo hecho para amarrar las dos orejas que le abrieran la puerta grande del coso valenciano por segunda vez en veinticuatro horas. Dos orejas que, como bien sabía él, se pidieron y se concedieron pese a que, como ayer, su estocada volvió a ser defectuosa.

Miguel Ángel Perera hizo todo lo posible para aprovechar la corriente favorable que se adueñó de la tarde desde entonces, pero la decisión que puso en sus verónicas de rodillas o en sus pases cambiados en los medios para abrir trasteo se fue reduciendo a medida que el toro, exigido de más en la muleta, fue perdiendo gas y vida, antes de los cinco pinchazos que descartaron el trofeo.

Pero como el público seguía con ganas de fiesta, a López Simón le bastó con echarse de rodillas para centrar las miradas y mostrarse luego animoso, aunque igual de inconcreto, ante la breve viveza del sexto para llevarse así otro generoso premio y acompañar en volandas a Ponce hacia las calles donde la fiesta estos días tampoco descansa.

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