Sábado 31/03/2018.

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Nubes y viento aportan dramatismo a tradicional Pasión de Cristo en México

Con cada azote que recibía, la respiración contenida de Jesucristo resonaba en la plaza central del distrito de Iztapalapa, en Ciudad de México, que una vez más retrocedió en el tiempo para recrear las últimas horas de Jesús de Nazaret, en un día que fue nublándose conforme se acercaba la hora de la crucifixión.
  • Nubes y viento aportan dramatismo a tradicional Pasión de Cristo en México EFE

Con cada azote que recibía, la respiración contenida de Jesucristo resonaba en la plaza central del distrito de Iztapalapa, en Ciudad de México, que una vez más retrocedió en el tiempo para recrear las últimas horas de Jesús de Nazaret, en un día que fue nublándose conforme se acercaba la hora de la crucifixión.

Esta tradición arrancó hace 175 años, en 1843, luego de que el barrio padeciera un brote de cólera que diezmó a la población, en su mayoría indígena, y que desapareció milagrosamente tras venerar imágenes de Cristo en varias ermitas del entonces pueblo.

Miles de actores, todos originarios de alguno de los barrios de Iztapalapa, la demarcación más poblada y empobrecida de la capital, participaron en una multitudinaria y apasionada representación de los momentos bíblicos más emblemáticos del Viernes Santo.

El día comenzaba con un Jesús traicionado por Judas y encerrado en una prisión a la espera de su juicio, mientras una larguísima cola de feligreses y vecinos de la zona circulaban por el lugar para observar el rostro afligido del mesías.

Iván Pedro Estrella, elegido como intérprete de Jesús en esta edición de la Pasión de Cristo, sabía que le esperaban duras horas por delante, puesto que el realismo es el emblema representativo del viacrucis de Iztapalapa, golpes y azotes incluidos.

Aun así, este joven de 24 años confesó a Efe antes de comenzar la actuación que estaba "muy emocionado" y también nervioso por el privilegio de haber sido elegido para el papel de Jesucristo en una tradición que "los iztapalapenses tenemos arraigada desde chicos".

Entre los requisitos para interpretar a Jesús hay que estar soltero, ser mayor de edad, no tener tatuajes, pertenecer a una de las ocho comunidades que participan en este festejo e ir labrándose un camino con papeles menores en la anteriores representaciones.

La perseverancia y pasión de Iván fue premiada este año tras solicitar el papel hasta en seis ocasiones, y pudo cumplir así el sueño de cualquier iztapalapense y recibir numerosas muestras de admiración que le ayudarían a superar la proeza que tenía ante sí.

La travesía de Iván se alargó a lo largo de cinco horas de fervor religioso, durante las cuales fue llevado ante el prefecto romano Poncio Pilato, lo condenaron a muerte, fue flagelado una treintena de veces ante el silencio sepulcral de miles de espectadores y tuvo que cargar con una pesada cruz en un recorrido de dos kilómetros.

A la representación rica en detalles del viacrucis se sumó una acertada participación del clima, que pasó de ofrecer un sol abrasador a nublarse conforme el destino de Jesucristo se ennegrecía.

El último suspiro de Jesucristo, ya crucificado en el Cerro de la Estrella de Iztapalapa, estuvo acompañado por un fuerte vendaval que aportó todavía más poesía a la interpretación y que sorprendió a los miles de feligreses congregados, muchos de ellos portadores de cruces de madera de hasta 120 kilogramos.

El "momento más conmovedor y doloroso", sin embargo, llegaba momentos antes, cuando tras su arduo recorrido, Jesús tenía la oportunidad de despedirse entre llantos de su madre, interpretada por Zaira Virginia Vargas.

A diferencia de Iván, Zaira logró ser elegida como Virgen María en su primer intento, emulando así a su madre, quien interpretó el mismo papel hace 25 años y le ayudó a preparar el personaje.

"Estuve muy emocionada; no lo podría creer porque hay varias chicas que habían querido participar otros años y yo era la primera vez que pedía ese papel", relató Zaira a Efe sobre el momento en el que le comunicaron la decisión.

Romanos, nazarenos, apóstoles y judíos con elaborados ropajes completaban el interminable elenco de una representación que tiene abiertas las puertas a los más pequeños, lo que permitía observar a niños de unos cinco años vestidos de legionarios romanos paseando por las estrechas calles de Iztapalapa, en el oriente de la capital.

La pureza de la festividad, así como la voluntad de mantener el orden en la vía pública, llegó a tal punto que la venta de bebidas alcohólicas estaba prohibida en las calles del entorno.

Autoridades del Gobierno de Ciudad de México encargadas de las tareas de seguridad y vigilancia informaron de que para la representación se dieron cita alrededor de dos millones de personas, y que las actividades culminaron sin incidentes.

Con todo, como en cualquier acto multitudinario, no faltó todo tipo de mercadotecnia y los feligreses podían adquirir en casi cualquier esquina pañuelos de Jesucristo o tatuarse cruces en una mejilla por un módico precio que no superaba los 10 pesos (0,55 dólares).

"Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen", debió pensar Iván, o Jesús, al pasar a su lado.

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