Domingo 14/01/2018.

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EL LEGADO DE UN MISIONERO ESPAÑOL SIGUE DANDO FRUTOS EN BRASIL TRES DÉCADAS DESPUÉS DE MORIR

Un total de 23 misioneros fueron asesinados en todo el mundo en 2017. La mayoría murieron en América, donde perdieron la vida once de ellos. Desde el año 2000 hasta el 2016, según los datos de la agencia de prensa de la Santa Sede Fides, han sido asesinados en el mundo 424 misioneros, entre los que se incluyen cinco obispos.

La mayoría de estos asesinatos quedan impunes pero una nota positiva destaca en la larga lista de estos fallecidos, considerados mártires por la Iglesia. La protagonizó el misionero español Vicente Cañas (Albacete, 1989-Brasil, 1987) que fue asesinado hace 30 años por su defensa de los indígenas en Brasil y que no ha sido hasta hace poco más de un mes cuando su causa ha alcanzado justicia. La agencia vaticana calificó de “ejemplar” la condena alcanzada.
El jesuita, ‘Kiwxí’, en su nombre indígena, fue asesinado en Matto Grosso (Brasil) en 1987. En el primer juicio sobre su causa, que no se celebró hasta el año 2006, los acusados fueron absueltos por falta de pruebas; pero un nuevo juicio a finales del pasado noviembre en la ciudad de Cuiabá condenó a 14 años de cárcel al único sobreviviente de los acusados, que era entonces jefe de policía de Juína (ciudad de la región de Matto Grosso) y encargado de la investigación del caso.
Varios indígenas y familiares acudieron al juicio y celebraron esta victoria que resulta simbólica en Brasil donde trabajar por los indígenas “sigue siendo una profesión de riesgo”, como señalan desde el Consejo Indigenista Misionero (CIMI), entidad que nació gracias al apoyo, entre otros, del propio Vicente Cañas.
La principal causa de esta lucha es que la deforestación del Amazonas por motivos económicos (el crecimiento de la agroindustria) obliga a los indígenas a abandonar sus tierras, aquellas donde han permanecido durante siglos. Su modo de vida está permanentemente amenazado.
POR LOS ‘ENAWENÉ NAWÉ’
En palabras del obispo brasileño de origen catalán, Pere Casaldáliga, Vicente Cañas “nació español, se nacionalizó brasileño y se nombró ‘Enawené Nawé’”. Esta población indígena estaba formada por apenas 97 personas en el momento en que el primer 'blanco' contactó con ellos en 1974, que no fue otro que el propio Cañas.
Hoy, gracias en parte a la vida entregada de ‘Kiwxí’ son cerca de mil. Su alegría, cercanía y sencillez rodean al visitante que acude junto al río Iqué (afluente del río Juruena) y contempla a cientos de niños disfrutar en el agua y vivir al modo indígena.
Duermen en 22 casas comunales llamadas “malocas” y ocho de los doche meses del año se centran en sus rituales espirituales, pieza básica de su identidad. Se alimentan de lo que les da la naturaleza: plantan mandioca, pescan peces y recolectan miel.
En palabras del también misionero jesuita español Fernando López “su lógica es trabajar para vivir”, no al revés, por eso es fácil encontrarlos a menudo jugando con sus hijos o practicando fútbol. Aunque no todo es “puro” en la aldea 'Enawené Nawé'.
El contacto, aunque sea escaso, con el mundo desarrollado les ha traído muchas paradojas, como que dos coches interrumpan de repente la paz y se dediquen a subir y bajar el camino que une las malocas con el río, o que algunos indios presuman de tener móvil aunque sea sin cobertura. También el que una nueva central hidroeléctrica amenaza ahora las reservas de peces de las que se alimentan.
Por todo ello, dicen quienes visitan la zona, la causa de ‘Kiwxí’ sigue siendo actual, pues es la de todos aquellos que todavía defienden con sus vidas los derechos humanos de los indígenas y la necesidad de preservar la que es considerada pulmón del planeta, la Amazonia.

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