Lunes 05/06/2017.

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Inés Suárez, la conquistadora de Chile

  • En septiembre de 1541, con Pedro de Valdivia ausente y la ciudad de Santiago hostigada por los indios, Inés Suárez tomó una espada y decapitó a los siete caciques prisioneros, arrojando sus cabezas sobre los asaltantes. 


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La conquista de América está repleta de historias heroicas donde los Cortés, Pizarro, Balboa o Valdivia hacían gala de un valor y una pericia poco comunes. En ocasiones, el relato de sus hazañas puede hacernos pensar que la conquista fue una aventura exclusivamente masculina y que las pocas mujeres que cruzaron el Atlántico lo hicieron como meras acompañantes de sus esposos. Esto dista mucho de ser real. Las primeras mujeres que llegaron a América, auténticas pioneras del orden social en el Nuevo Mundo, fueron además protagonistas de las exploraciones y descubrimientos y muchas de ellas llegaron solteras, soñando con un futuro más propicio al igual que los hombres. 

Isabel de Barreto, la primera almiranta de la historia, la monja alférez, que combatía codo a codo con los hombres o Isabel de Guevara, superviviente de una de las primeras expediciones al Río de la Plata son algunos buenos ejemplos de ello. El propio Hernán Cortés aseguró que sin el concurso de la india Malinche la conquista del imperio azteca no habría sido posible. La extremeña Inés Suárez encarna ese papel de mujer ‘de armas tomar’ tan bien como las anteriores. Al igual que Isabel de Barreto o Isabel de Guevara, Inés Suárez dio el salto a América empujada por su marido y como la de ellas, su aventura empezó a escribirse y a tomar vuelo en solitario. 

Inés Suárez había nacido en Plasencia en 1507. Huérfana de padre, doña Inés fue criada por su madre, que le enseñó el oficio de costurera y por su abuelo, un ebanista de cierto renombre pero de escasa hacienda que cuidó lo que pudo la buena formación de su nieta. A los 19 años Inés contrajo matrimonio con Juan de Málaga, un aventurero tan pobre como ella que al año siguiente puso rumbo a América en busca de mejor fortuna y bajo vanas promesas de regresar. Durante una década permaneció Inés esperando noticias suyas y como estas no llegaban, decidió marchar ella misma al Nuevo Mundo para reunirse con él. 

Inés solicitó una cédula real para viajar a Venezuela, donde perdía la pista de su marido, que le fue concedida en 1537. Tras un inagotable rastreo que llevó a la joven por distintos países, supo que su marido se había unido a los Pizarro y había perdido la vida en la batalla de las Salinas. Siendo viuda de un soldado español, Inés pudo solicitar tierras en Cuzco y una encomienda de indios, asentándose en Perú como una colona más. Sin embargo en Cuzco conocería a la persona que le iba a cambiar la vida: don Pedro de Valdivia. 

Diez años mayor que ella, Valdivia era un militar con un largo y meritorio historial – Pavía, Valenciannes y las guerras de Italia – que había sido lugarteniente de Pizarro en la batalla de las Salinas y que estaba ansioso por vivir sus propias aventuras. Ambos traban una buena amistad – que después se convertiría en romance – y cuando Valdivia le propone a Pizarro sustituir al traidor Almagro – muerto en la batalla de las Salinas – y encabezar la conquista de Chile, Inés Suárez decide acompañarle convirtiéndose en la única mujer de la expedición y en la primera europea que pisaría tierras chilenas. 

Como tantos otros conquistadores, Valdivia perseguía la gloria imperecedera, pero a diferencia de ellos no buscaba sólo oro y aventuras sino también unas buenas tierras donde asentarse y vivir con desahogo. Y si era como gobernador tanto mejor. Es posible que ya entonces Pedro e Inés tuviesen un proyecto común porque la expedición que comandaron llevaba un buen cargamento de semillas, aves y ganado doméstico y sólo ocho soldados, por lo que parecía más una incursión colonizadora que de conquista. 

Para evitar la oposición de la iglesia Pedro de Valdivia tuvo que registrar a Inés como empleada doméstica a su servicio personal. Juntos y al mando de cerca de mil indios y no más de un centenar de hombres, unos colonos, otros soldados y algunos buscavidas que se iban encontrando y se unían a la aventura, atravesaron el desierto de Atacama y comprobaron en sus carnes el rigor extremo del clima y la geografía chilena. También tuvieron escaramuzas con los indios, que les causaron las primeras bajas. 

Por fin llegaron al valle de Mapocho, una zona fértil y con abundancia de agua donde don Pedro fundó la ciudad de Santiago de Nueva Extremadura. Desde este primer asentamiento Valdivia pudo proseguir la conquista de Chile, una empresa lenta y farragosa debido a sus escasas tropas y a la intromisión de Pedro Sancho de la Hoz, llegado con permiso del rey para conquistar las tierras de Nueva Extremadura, pero cuyo objetivo en la sombra fue la eliminación de Valdivia.

 

En una ocasión, aún en el desierto de Atacama, Sancho de la Hoz y cuatro de sus secuaces se dirigieron a la tienda de Valdivia con la más que probable intención de darle muerte, pero se encontraron con Inés Suárez, que viendo sospechosa la determinación de aquellos hombres, trató de engatusarles invitándoles a unas bebidas. Y así, jarra tras jarra, la valiente joven descubrió las dagas que llevaban y pudo desarmarles sin violencia ni derramamiento de sangre. 

Inés se había ganado el prestigio entre los hombres de Valdivia ocupándose de los heridos y siendo algo así como una guía espiritual para ellos. También se había convertido en la amante del capitán, pero eso era algo que por entonces, todos conocían y consentían. Una vez fundada la ciudad de Santiago Inés y Valdivia ocuparon un solar frente a la Plaza Mayor, en la vereda norte del casco fundacional. 

En una ocasión, en septiembre de 1541, con Valdivia ausente porque había acudido con medio centenar de hombres a sofocar una rebelión de indígenas en Cachapoal, doña Inés supo que miles de indígenas se habían apilado en los bosques cercanos a la ciudad, dispuestos a atacar en cualquier momento. Varias personas acudieron a preguntarle si debían liberar a los indios prisioneros en señal de amistad, pero doña Inés ordenó con buen criterio mantenerles presos. En caso de que la situación empeorase, al menos tendrían algún recurso con el que negociar. Y claro que la situación empeoró. 

Unas pocas decenas de jinetes salieron a hacer frente a los indígenas pero estos ascendían a 8.000 y aunque iban a pie y no llevaban armaduras ni armas tan letales como las de los españoles, al final tuvieron que replegarse, lo que permitió a los indios sitiar la ciudad y hostigar los muros que la protegían. Con flechas incendiarias, los indios lograron prender fuego en el casco urbano y la situación parecía tan desesperada que el cura Marmolejo dijo que aquello era como el día del juicio final. 

Durante la batalla, doña Inés no dejó de atender a los heridos y de mantener el ánimo de los suyos llevándoles víveres y municiones, pero en el fondo sabía que no había forma de detener a aquellas hordas enfurecidas. Desde las mazmorras, los siete caciques prisioneros alentaban a sus hombres viéndose ya libres. Fue entonces cuando doña Inés vio una salida. Mataría a los siete caciques para privar a los indios de su botín y así crear entre ellos el desconcierto. Muchos hombres se opusieron al plan, confiando aún en que la vida de aquellos jefes era la llave de la paz, pero doña Inés sabía que en cuanto los liberasen arrasarían el poblado. Con total determinación – lo que da prueba de su ascendencia entre aquellos hombres – fue hacia las mazmorras y ordenó a los vigilantes ejecutar a los caciques. Y como los soldados no creían lo que oían, uno de ellos le preguntó cómo quería que los ejecutasen y doña Inés, tomando su espada, segó la cabeza del primero de ellos y respondió: “De esta manera”.   

Uno tras otro, Inés cortó la cabeza de los siete caciques y según cuenta el cronista Pedro Mariño de Lobera, que presenció aquellos insólitos hechos, acto seguido se ciñó una cota de mallas y salió a dirigir a los suyos en el combate. Los indios, al ver las cabezas de sus caciques y aquel ejército renovado que de pronto se les echaba encima, perdieron parte de su confianza y tras una serie de escaramuzas en las que no consiguieron traspasar la resistencia española, optaron por dispersarse. La leyenda monta a doña Inés en un caballo blanco repartiendo mandobles como una Juana de Arco y quizás la historia no fuese para tanto, pero aquella determinación de matar a los caciques y presentar sus cuerpos fue decisiva para cambiar el rumbo de la batalla. 

Durante diez años, Valdivia y doña Inés trataron de señorear aquellas tierras lejanas e indómitas y al margen de su historia de amor, ella fue tan importante para él como el mejor de sus lugartenientes. Sin embargo, su historia removió las envidias y como no había otros frentes por donde atacarle, acusaron a Valdivia de llevar una vida inmoral. Fue sometido a juicio por este y otros cargos y se vio obligado a abandonar su relación y a traer a su mujer de España. Tras una dolorosa ruptura, Inés Suárez casaría con Rodrigo de Quiroga, uno de los mejores capitanes de Valdivia que llegaría a ser gobernador de Chile. 

Rodrigo e Inés envejecieron juntos y llevaron una vida tranquila y piadosa. Levantaron el templo de la Merced y murieron mayores y sin hijos en la más absoluta discreción. Mientras tanto, Valdivia, separado a la fuerza de su amante, siguió amasando glorias para el emperador de España. En el fuerte de Tucapel, combatiendo a los araucanos, encontraría la muerte. Tras una batida por la zona Valdivia se encontró el fuerte destruido y sin guarnición. Enseguida supo el peligro que corría. Cientos de araucanos cayeron en tromba sobre sus hombres y Valdivia fue torturado hasta morir. Le arrancaron la piel a tiras y la degustaron en su presencia para después descuartizarle y exhibir su cabeza clavada en una pica. Era el 25 de diciembre de 1553. 

Al año siguiente su esposa, doña María Ortiz de Gaete desembarcó en Panamá pero ya no vería a su marido. Había vivido cómodamente en Salamanca de la generosa pensión de Valdivia durante dos décadas y cuando acudió a su encuentro lo descubrió muerto. No sólo eso. Doña María trató de reclamar los bienes de su marido pero se encontró con que todos ellos habían sido reclamados y repartidos entre sus acreedores.

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