Sábado 08/06/2019.

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Yo vi jugar a Zarra

  • Escribí una carta a Zarra en el año 2006, ahora la vuelvo a recordar cuando Messi puede superarle como goleador en la Liga.

Para mí el recuerdo de Zarra es muy estimulante, por eso cuando murió me pareció necesario escribir un artículo en alabanza de su persona y de su juego. Ahora que se está a punto de batir su record de goles,me gustaría recordar lo que dije entonces. Porque en la deportividad a veces se valora sobre todo el esfuerzo y de Zarra en Bilbao se tenía la impresión de que era un jugador muy entregado y muy buena persona. Su gran amigo Gainza, al que envió tantas veces rapidísimamente la pelota y del que recibió pases para muchos goles claros, en una entrevista dijo que Zarra era el delantero centro más inteligente que había en el mundo. Zarra, que era hombre siempre sincero, incapaz de disimular sus sentimientos, decía que hubiera pagado dinero por jugar en el atlétic de Bilbao, y manifestó sus ganas de que su record fuese pronto superado.

Zarra nació en Erandio-Goikoa (Vizcaya); trabajó en el ferrocarril de Luchana a Munguía. Muy cerca de su casa está el campo de Leorbaso, donde jugó al principio. El equipo que jugaba en ese campo se llamaba Apurtuarte, que quiere decir “Hasta reventar”.

Pero Zarra comprendía que ahora eran tiempos distintos: que los jugadores cobrarían millonadas; sin pensar tampoco que los apoderados fuesen tan importantes y numerosos y que iría creciendo el fútbol defensivo.

Para los que tienen ganas de comparar el fútbol actual con el de hace años, adelanto mi opinión de que si dijéramos a Vicente del Bosque que podía contar en el próximo partido con Zarra, Panizo y Gainza le dábamos una gran noticia.


Madrid, 27 de marzo de 2006

Una de las formas de escepticismo dominante consiste en suponer que todo ha sido siempre igual. Aquellos herejes a los que Borges atribuye la doctrina de que todo se repite siempre, y a los que llamó anulares o monótonos en su cuento Los Teólogos, serían un buen ejemplo de gentes que viven sin tener en cuenta el colorido de la verdad ni el atractivo de la contemplación de la inacabable variedad del universo y de la historia. Si tenemos en la memoria algo que nos parece digno de recuerdo, el escéptico nos advertirá de que ese acontecimiento no tiene nada de singular, sino que es el normal comportamiento del hombre sometido a las circunstancias.

Esta pequeña introducción tiene la finalidad de proteger mi recuerdo de Zarra, de los que tratan de reunir todo el pasado en una especie de fosa común anónima que no permite singularidades ni justifica el entusiasmo por figuras, que la memoria retiene sin esfuerzo y que nos acompañan como punto de referencia. Pero la muerte de Zarra ha coincidido con la declaración pública de desgana en algunos rematadores que no se sienten queridos.

Vi jugar a Zarra en el Erandio, siendo niño, y me gustaría recordar alguno de los rasgos de su comportamiento en el terreno de juego, en el que se transparentaba una idea del fútbol, del deporte, de la vida en última instancia. También le vi jugar en el Athletic, donde brillaron muy pronto las condiciones deportivas y humanas que se veían ya en Ategorrí (campo del Erandio). Su pasión por el gol que le llevaba a buscarlo por el camino más corto y con la mayor velocidad. Se desprendía enseguida de la pelota, para buscar con rapidez una situación favorable al remate.

Quizá se pueda aprovechar esta fecha para hacer algún comentario sobre el fútbol actual y el fútbol del pasado, en el que los jugadores no eran millonarios y puedo aportar como dato que Arqueta, Ortúzar, Nando y José María Echevarría, el portero, iban con nosotros en el tren de las Arenas, un tren de cercanías, mientras que por la margen izquierda iba a San Mames Panizo en el tren de Portugalete.

Los partidos en invierno empezaban a las tres de la tarde porque solo había luz natural. Los jugadores comían en sus casas la comida de la familia. Me contó Panizo que un domingo que iba a San Mames para jugar el partido, el tren se quedó sin fluido en Zorroza, a seis kilómetros de San Mames. La gente que llenaba el vagón participaba de la ansiedad del jugador. Vuelta la luz, Panizo se apeó en el apeadero del puente de Deusto y fue corriendo hasta el campo. Iban a salir los jugadores y Urquizu, el entrenador, hizo desvestirse a Albizua, el suplente de Panizo, y añadió: «A partir del próximo domingo comeremos juntos en Bilbao». No habían sido conscientes del peligro de tener seis o siete jugadores en trenes de cercanías camino del campo. Se acordaba Panizo de que en ese partido «yo, que no era goleador, metí dos goles».

Al recordar algunas características de aquel fútbol, pobre económicamente hablando, sobresalen la naturalidad y la alegría; un jugador podía comer en su casa y luego ir a jugar el partido.

En Zarra era palpable esa naturalidad, creo que se puede decir que para él el fútbol era un juego muy querido, fuente de alegría, de esfuerzo, de lucha. Dijo alguna vez que él hubiera pagado por jugar en el Athletic y se le notaba que decía la verdad. Puede ser interesante comparar el fútbol de la época de Zarra con el actual, con una mirada sencilla y con datos que estén al alcance de todos. Algunos piensan que antes se metían más goles, porque los jugadores podían actuar con mareajes menos eficaces y suponen que se enfrentaban cinco delanteros a dos defensas. De ahí a imaginar a un Zarra suelto y no vigilado hay escaso trecho.

Pero la cosa era muy distinta, porque Zarra fue un jugador marcadísimo. Todavía recuerdo un bonito gol en San Mames, en el que Zarra corría con fuerza adivinando la trayectoria del pase de Iriondo; dos defensas del Castellón le sujetaban los brazos y el delantero se adelantó a por el balón, con la fuerza de la inercia arrastró a los defensores en su caída y conectó un cabezazo imparable.

Comparando el fútbol de los años 40 con el actual se advierten pronto diferencias sustanciales; el abandono paulatino del pase largo y la consiguiente pérdida de velocidad en el juego. El saque de puerta de Lezama, lo esperaba Zarra como un primer movimiento de ataque. Recordamos los muchísimos saques del portero alcanzados por Zarra y puestos con la cabeza o con el pie, a la media vuelta, en disposición de ser jugados por los extremos, Iriondo y Gaínza, mientras Panizo, Zarra y Pachi Gárate corrían al remate.

El fútbol actual está unido a la televisión. Con la inesperada colaboración de varios comentaristas, el locutor cuenta los lances del partido y al espectador le llegan las observaciones de los comentaristas, gente muy experimentada, que, cuando España gana por uno a cero, aconsejan paciencia, reiteradamente; tocar, tocar; la posesión de la pelota como un fin en sí mismo, el mantenimiento de la ventaja justifica el ritmo lento del juego. La comparación entre el fútbol de ahora y el de hace 60 años no es solo un asunto más o menos divertido, sino que puede encerrar enseñanzas, ayudar a una cierta reflexión.


Ortega animaba a considerar los orígenes deportivos del Estado. La extraordinaria desmesura de la importancia del fútbol da pie para tenerlo en cuenta a la hora de pulsar el carácter de nuestra sociedad.

Zarra, que corría con fuerza para alcanzar el balón y rematar, corría también para atender a un lesionado. El recuerdo de este rematador noble y feliz en el ataque reúne en la memoria la elegancia de la sencillez y la verdad en la amistad, en la familia y en la lucha, que puede tener siempre un carácter deportivo. Recordaba Zarra el gol que metió en Brasil a Inglaterra y cómo Panizo le había repetido: 'Pero, Telmo, ¿qué has hecho? ¿Qué has hecho, Termo?'. La alegría del recuerdo, unida a la alegría de la amistad y el buen humor habitualmente presente. El veterano Escartín fue entrevistado al final de su vida. El entrevistador le dijo: «Después de tantos años de arbitraje usted habrá oído de todo en los partidos». Asintió Escartín y el periodista insistió: «¿Recuerda entre las cosas oídas alguna que le doliese especialmente?». Sí, dijo, lo que más me dolió fue oír decir a Panizo cuando nos retirábamos: «Pero, por Dios, don Pedro».

Había en Zarra una combinación de fuerza y sencillez, de alegría y bondad que dibuja la figura de un deportista inolvidable. Hace cuatro o cinco años me contaron un gesto de Zarra en el que la sencillez del hombre estaba presente. La Virgen de Begoña iba a visitar el santuario de la Virgen de Torreciudad en el somontano aragonés. Los que promovían la iniciativa tuvieron la idea de invitar a Zarra por si quería formar parte de la embajada vizcaína que acompañaría a la Virgen desde el alto de Artagan hasta el Pirineo y a Zarra le gustó mucho la idea y agradeció la invitación, formando parte alegremente de la comitiva.

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