Domingo 13/08/2017.

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Notas para un diario 210

  • Notas para un diario 210

Hace unos días fui a visitar a un amigo que vive como un ermitaño en una casa de cristal empapelada de libros en pleno campo. Llegué a las seis de la tarde y salí a las 2 de la mañana. Cenamos un gazpacho, un filete de las vacas que tiene en su finca y un gin-tonic. Al llegar vi una oropéndola, por primera vez en mi vida. A golden uriol. Esta mañana he ido a un vivero. Quería comprar una alegría, una planta de flor blanca que Brako se había comido durante la noche (sí, a mucha honra tengo un perro lotófago). Me ha atendido una mujer joven y le he dicho lo que quería en castellano, "una alegría", y después lo he traducido al francés para ver si colaba. Inútil. No sabía de qué le hablaba. "Une joie, ça ne me dit rien…". He deambulado por las hileras de plantas y por fin he encontrado lo que buscaba. Se llaman impatiente o impatience. En realidad es la valeriana latina. He pensado al volver si la alegría tiene que ver con la impaciencia y tan sólo he podido recordar que mi madre, que tenía el defecto de la impaciencia (y la generosidad del amor), de pequeños no nos dejaba no estar alegres. Según ella la alegría era una obligación. Esta mañana mi hija mediana me ha dicho que se había pasado la noche pensando que yo estaba cerca de ella en el cuarto. "¿Y eso?" "Es que oía la cadena que llevas en el pecho". En efecto para dormir mi hija la menor me había pedido mi cadena con la cruz que llevo en el pecho. Mi otra hija conoce el sonido de memoria y como duermen juntas pensaba que era yo quien estaba a su lado. Ayer llegué a casa después de un largo día de playa. Las niñas se querían bañar. En el jardín, debajo de un árbol, estaba la persona que cuida de mi anciano padre. El hombre estaba leyendo muy cerca de la piscina bajo una sombra. Cuando volví a salir, vi a las tres chicas jugando entre risas. Él ya no estaba. Di una vuelta a la casa y comprobé que se había instalado incómodamente en el garaje, en una banqueta baja, a ras de suelo junto a los coches. Seguía leyendo con una sonrisa. Me admiró su dignidad y su delicadeza inmensa al saber apartarse… Hace unos meses di una conferencia. Una amiga vino a escucharme. A la salida le pregunté si le había interesado. Me dijo que lo que de verdad le había gustado era la vieja cartera de profesor con la que salí al escenario. Y no me extraña: es una manufactura de cuero gris tirando a verde oscuro que compré en San Juan de Luz hace años.

Ficha del autor

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Álvaro de la Rica

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Álvaro de la Rica. Profesor de Literatura, escritor y periodista. Vive en los márgenes. En la mitad del camino de la vida, en Hobby Horse reflexiona sobre el arte actual a la luz de la tradición, lee lo que encuentra y entrevista a los principales creadores de nuestro tiempo.