Martes 09/05/2017.

| Miguel Aranguren

Miguel Aranguren

Las ranas cantan en Africa

  • Pablo no ha dejado nuestro mundo: su curiosidad ha viajado por el mapa de las tristezas hasta recalar en el Este de África. Sus padres irguieron una fundación que lleva su nombre.
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Llovía en aquel arranque de la primavera. Pudiera ser que en su colegio volara algún virus, que se hubiese hecho daño en una articulación durante la clase de gimnasia o que su madre hubiese decidido regalarle un día libre. El asunto es que le conocí a mediodía bajo el alero del jardín.

-¿Quieres verlas? –fue su saludo.

Me divirtió el guiño de sus pecas y su sonrisa.

-Las he cogido yo.

Estaba en cuclillas frente a un terrario cubierto por una red. En su interior un puñado de ranas parecía vigilante a los movimientos del niño. También a mí me miraron a través del cristal. Les brillaba la piel gomosa y se hinchaban al ritmo de una calmosa respiración.

Pablo era un niño al que le encantaban las ranas. Las coleccionaba en su casa de Madrid. Los ojos le brillaban de curiosa niñez, de sencilla niñez capaz de construir un nuevo mundo para sus batracios; de preciosa y sagrada niñez salpicada de pecas.

Su madre, Ana, es cirujano oftalmólogo. Me había invitado a almorzar para celebrar un debate con sus amigas acerca de una de mis novelas, “Desde un tren africano”, la primera que escribí, a los diecisiete años, cuando mis ojos todavía analizaban el mundo con la misma avidez que los de Pablo.

Y pasó el verano.

Al regreso de mis vacaciones me enteré de que Pablo había muerto en las aguas de Mallorca. Ana me envío una foto del amigo de las ranas. Está sentado en la proa de un barco y su mirada parece escaparse hacia lontananza, que fue el camino que el destino le tenía reservado. Tomé aquella fotografía con el temblor con las que se tocan los elementos sacros. Lloré con su imagen entre mis manos al recordar a aquel chiquillo repleto de curiosidad que me mostró la belleza de los anfibios. Y la colgué junto a mi escritorio.

Aunque han pasado algunos años, aún la conservo. Y la miro. Y mis hijos la miran de cuando en cuando y me piden que les cuente la historia del niño al que le gustaban las ranas. Entonces mi relato no puede detenerse en la costa del Mediterráneo ni en la segura nostalgia de sus padres. Porque Pablo no ha dejado nuestro mundo: su curiosidad ha viajado por el mapa de las tristezas hasta recalar en el Este de África, aquel mismo escenario de la novela que llevé a su casa. Sus padres irguieron una fundación que lleva su nombre. Y con la presencia de Pablo, Ana viajó a Kenia para operar los ojos de los niños turkana, nómadas que malviven en una de las regiones más abandonadas de ese continente que tiene perfil de madre. Muchos de esos niños ven gracias a Pablo, pero el cazador de ranas no parecía satisfecho.

Hay un hospital en Lamu que lleva su nombre. Me dicen que cada año atiende gratuitamente a casi cincuenta mil pacientes. Pablo ha llevado a médicos de primera línea. Otros van y vuelven para realizar intervenciones quirúrgicas que suenan a imposible en un país pobre. Y me imagino las habitaciones, los pasillos, los quirófanos y las salas de reanimación plagados de ranas, ranas de todos los colores que saltan al lecho de los pacientes para llevarles un beso de Pablo. Ranas invisibles para los mayores, no para los niños, que juegan con ellas, que se las ponen bajo los pies para saltar alto, a veces tan alto que llegan hasta donde Pablo les aguarda para invitarles a una fiesta interminable. Pero Pablo todavía no estaba satisfecho.

Hay un orfanato en un rincón desconocido de Etiopía, antiguo imperio bíblico. Pablo ha soltado sus botes de ranas, que croan por las noches para dibujar el sueño de los pequeños. Y Pablo Horstmaan corretea por sus habitaciones y les pinta nubes por el techo, y aviones con forma de rana, y cohetes con forma de rana y ángeles con rostro de rana. Pero Pablo aún no estaba del todo satisfecho.

Por eso las ranas han vuelto a Turkana. Portan entre sus miembros palmeados sacos de comida que alivian las hambrunas a las que condena la sequía. Y uniformes y libros en los que aprender que este mundo está lleno de curiosidades, esas que hacen palpitar el corazón del niño de las pecas, esas que provocan su sonrisa. 

¿Quieren saber más de Pablo? Busquen su nombre y apellido en internet.

www.miguelaranguren.com

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