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¿Qué es la insuficiencia cardiaca? ¿Influye la edad?

  • El corazón es un músculo que actúa como una bomba cuyo correcto funcionamiento permite expulsar sangre en la cantidad adecuada a las necesidades del organismo en  cada momento.
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El corazón es un músculo que actúa como una bomba cuyo correcto funcionamiento permite expulsar sangre en la cantidad adecuada a las necesidades del organismo en  cada momento. Para comprender como funciona, consideramos su anatomía dividida en dos mitades, corazón derecho e izquierdo. El corazón derecho consta de aurícula y ventrículo derechos. El corazón izquierdo está compuesto por la aurícula y el ventrículo izquierdos. Su movimiento se divide en dos  periodos, sístole y diástole. Durante la sístole el corazón se contrae, expulsando su contenido de sangre. El ventrículo derecho expulsa sangre desoxigenada que proviene de los diferentes órganos y tejidos hacia los pulmones, en donde se carga de oxígeno. Desde los pulmones la sangre pasa hasta el corazón izquierdo y es el ventrículo izquierdo quien expulsa esta sangre ya oxigenada a todo el resto del organismo. Durante la diástole el corazón se relaja y ambos ventrículos comienzan a llenarse de sangre. Al finalizar este proceso de llenado, se procede a la expulsión de la sangre almacenada en ambos ventrículos, dando lugar a un nuevo ciclo cardiaco.

Para el correcto funcionamiento del corazón se requiere que a parte de poder contraerse normalmente (y expulsar entonces la sangre almacenada), también conserve la capacidad de permitir un correcto llenado de sus cavidades, sin restricciones al mismo, que garantice un volumen adecuado para ser expulsado en la siguiente contracción. Podemos definir la insuficiencia cardiaca como la incapacidad del corazón para proporcionar un correcto volumen de sangre acorde con las necesidades que todos los sistemas del organismo (órganos, músculos, tejidos) demandan en función de su grado de actividad.

Cuando el deterioro se produce fundamentalmente en su capacidad contráctil, disminuyendo así su capacidad para expulsar sangre, se habla de insuficiencia cardiaca sistólica. Cuando se ve afectada la capacidad para poder expandirse e ir almacenando sangre (como ocurre en corazones con paredes musculares excesivamente rígidas) se habla de insuficiencia cardiaca diastólica. Con mucha frecuencia ambos tipos están presentes en una misma persona.

El síntoma más frecuente en la insuficiencia cardiaca y por el que se suele empezar a sospechar el fallo cardiaco es la fatiga, el “hambre de aire”, lo que en Medicina se denomina disnea. La persona va notando como progresivamente se fatiga más ante un mismo nivel de esfuerzo (como puede ser el subir escaleras o caminar ante planos inclinados). En etapas avanzadas la disnea puede presentarse ante esfuerzos mínimos (caminar por dentro de casa) y en situaciones agudas se presenta en reposo. La fatiga se produce fundamentalmente por  acúmulo de líquido en los pulmones, al no poder ser capaz el corazón de aceptar y expulsar todo el contenido de sangre procedente de los mismos. También durante el esfuerzo físico, el aporte insuficiente de sangre a los músculos puede producir debilidad y fatiga. Otra característica típica es el acúmulo de líquidos en diferentes partes del cuerpo, inicialmente en zonas declives como tobillos y piernas, aunque conforme avanza el proceso puede producirse retención de líquidos en el abdomen (que al congestionar el hígado pude producir dificultad para la digestión y sensación de plenitud con ingestas de pequeña cuantía), brazos y cara.

La causa más frecuente que conduce al desarrollo de insuficiencia cardiaca es la enfermedad de las arterias que proporcionan sangre al propio corazón (enfermedad coronaria, también llamada cardiopatía isquémica), que se manifiesta como infarto de miocardio o angina de pecho. En segundo lugar, se encuentra la hipertensión arterial, resultando estas dos entidades responsables de la mayoría de los casos de insuficiencia cardiaca.

La insuficiencia cardiaca es un problema sanitario de gran magnitud, tanto por su incidencia como por su pronóstico. La edad se encuentra en estrecha relación con la misma, ya que la insuficiencia cardiaca afecta al menos al 10% de personas mayores de 70 años y supone la causa por la que con mayor frecuencia es necesario hospitalizar a la población que tiene más de 65 años.

El pronóstico en general es sombrío especialmente en estadios avanzados de la enfermedad, donde la mortalidad puede ser de hasta un 50% anual, lo que supone una expectativa peor que el pronóstico del conjunto de todos los cánceres. A parte de la limitación en la calidad de vida, cada año el 35% de los pacientes requieren ser hospitalizados.

No obstante en los últimos 10 años se han producido significativos avances en su tratamiento, lo cual va permitiendo de manera lentamente progresiva afrontar el cuadro de una manera más adecuada, tanto por los medicamentos disponibles (se conoce mejor cuáles y en qué momento los deben de utilizar los pacientes), como por dispositivos mecánicos que se implantan en enfermos en fases evolucionadas de este síndrome.

Dos pilares fundamentales en su tratamiento, que siempre deben acompañar a los fármacos o tratamientos más sofisticados, son la dieta y el ejercicio físico. La primera medida en el tratamiento de la insuficiencia cardiaca debe ser la restricción de la sal. Ello alivia mucho al corazón del trabajo que tiene que realizar. No sólo se trata de la sal utilizada al condimentar alimentos o la que añadimos a voluntad con el salero, sino que se debe estar alerta con las “trampas” de sal, esto es, alimentos muy ricos en sal que pueden dilapidar al ingerirlos cualquier régimen “sin sal”. Anchoas, aceitunas, pastillas para condimentar caldos, embutidos, todas las bebidas carbonatadas (bicarbonato sódico), requieren estar vigilantes en cuanto a su consumo. Las transgresiones dietéticas y especialmente cuando afectan al contenido en sal, se encuentran detrás de muchas hospitalizaciones por insuficiencia cardiaca. Evitar el sobrepeso es clave. Frase breve pero “imposible” para muchas personas afectadas. Cuando se tiene un 30% o más de sobrepeso corporal, es difícil encontrar un tratamiento que iguale el beneficio de eliminar el exceso de peso.

El hacer ejercicio físico fuera de las fases agudas de la insuficiencia cardiaca, ha demostrado mejorar el pronóstico y sobre todo la calidad de vida de los pacientes. Ayuda a controlar el peso, reduce la incidencia de hipertensión y diabetes y es un excelente antidepresivo natural (la depresión acompaña con relativa frecuencia a la insuficiencia cardiaca). Los ejercicios más adecuados y accesibles son el caminar y la bicicleta (convencional o estática) así como la natación. Hay que comenzar con los ejercicios de una manera muy suave (tanto en la duración de las sesiones como en la intensidad de las mismas), e ir aumentando las cargas, si la situación lo permite, cada semana (no cada día) , hasta alcanzar al cabo de unas diez semanas (dependiendo de cada persona) una meseta en la cual la persona se estabiliza en un nivel concreto de actividad física que debe procurar incorporar a sus actividades cotidianas. El realizar ejercicio intenso y esporádico (y esporádico aquí es menos de tres-cuatro veces por semana), está contraindicado.

Como señalábamos anteriormente la insuficiencia cardiaca es un problema sanitario de primera magnitud. Sin embargo, tomando de manera precisa los medicamentos prescritos (la parte más llevadera del tratamiento), y  prestando especial atención a los cambios recomendados en el estilo de vida (la parte más difícil del mismo, pudiendo la persona  necesitar inicialmente ayuda y orientación en este sentido),  la evolución de la misma deparará no solo un mejor pronóstico, sino también una calidad de vida mucho más aceptable.

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Ficha del autor

Cardiología

Doctor Luis Manuel Azcona Varela

Médico cardiólogo formado en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid. Tiene publicados más de 25 artículos en las más prestigiosas revistas de Cardiología y ha participado en múltiples proyectos nacionales e internacionales de investigación.

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