Martes 15/10/2019.

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La década del “bancocentralismo” toca a su fin

  • Las economías avanzadas empiezan a buscar estrategias de salida al monetarismo, ya exhausto.
  • Han sido casi diez años de los bancos centrales “regalando” el dinero a la banca con la esperanza de que lo prestaran.
  • Estados Unidos disparó primero, y ha funcionado; en Europa se tardó más, y la solución renquea.

Hubo un tiempo en el que los personajes principales de las tertulias económicas eran los grandes inversores o los líderes de las super corporaciones. Se hablaba de Warren Buffet, de George Soros, de Steve Jobs…

En esta década ominosa de crisis económica, sin embargo, el protagonismo ha sido de los banqueros centrales. Nadie ha tenido tanto tiempo de informativo ni ha acaparado tantas portadas como el presidente del Banco Central Europeo Mario Draghi o el de la Reserva Federal estadounidense Ben Bernanke. El italiano de las gafas y el americano de la barba: Figuras desconocidas que se han convertido casi en estrellas del pop. Ellos han liderado los designios de economía global occidental durante la última década.

Y con ellos, casi  igual de importantes, Masaaki Shirakawa y Haruhiko Kuroda, los dos gobernadores del Banco de Japón desde 2008, o Mervyn King y Mark Carney, los del Banco de Inglaterra en el mismo período. Hay que sumar, claro, a la actual presidenta de la Fed estadounidense, Janet Yellen. Cinco hombres y una mujer cuyas decisiones han cambiado las vidas de miles de millones de personas.

Es la década monetarista, del “banconcentralismo”, de los bancos centrales en el epicentro de la economía. Pero toca a su fin.

Todo comenzó con un QE

A finales de 2008, la Reserva Federal decidió intervenir de urgencia en la economía de Estados Unidos.  Lehman Brothers acababa de quebrar, y el temor recorría la espina dorsal del sector financiero del país. Entonces, un anodino profesor de economía entró en escena y anunció que iba a regar la economía con 600.000 millones de dólares. Ben Bernanke, que había sido elegido en 2006 por George Bush presidente de la Reserva Federal (lo más parecido a un Banco Central) de Estados Unidos.

Por supuesto, Bernanke no usó la expresión “regar”, ni imprimir dinero, ni siquiera avisó de que iba a sacar “su helicóptero” para lanzar dinero sobre el país. Lo que hizo fue lanzar un plan de “expansión cualitativa” (Quantitative Easing, o QE). Esencialmente se trataba de avisar los grandes bancos (Goldman Sachs, Bank of América, JP Morgan, entre otros) de que, en los meses siguientes, iba a comprarles todos los bonos del Tesoro americano que tuvieran, hasta cubrir esa cantidad mágica de 600.000 millones.

De esta forma, la Fed transfería dinero en efectivo a las cuentas de los bancos, con la intención de que después lo invirtieran, y lo volvieran a prestar, para así estimular la economía.

Se trata del último recurso cuando las cosas van realmente mal. Es el polémico monetarismo: la ficción de que el dinero se crea por decisión ejecutiva.

Tras ese QE1, vendrían el QE2 de 600.000 millones más lanzado en 2010 y, ya en 2013, el llamado QE3 o QE-infinito, porque en vez de poner una cifra máxima, anunciaba la compra de 40.000 millones de dólares al mes sin fecha de caducidad. Era la fiesta total en Wall Street, la barra libre de dinero. La bolsa empezó a subir con rabia, hormonada gracias a Bernanke.

En Europa, los “halcones” alemanes estuvieron poniendo palos en las ruedas para evitar un plan similar todo lo que pudieron, incluso durante los aciagos años 2011 a 2013, en los que la propia existencia y viabilidad del euro estaba en entredicho y los países iban cayendo, uno tras otro, en las garras de los especuladores contra los bonos soberanos.

Y entonces llegó Mario Draghi. En un día histórico, el 22 de enero de 2015, anunció un “programa de compra de activos expandido” de 60.000 millones de euros al mes. El Banco Central Europeo compraba bonos a los gobiernos, y conseguía bajar los desorbitados tipos de interés que los prestamistas imponían a los Tesoros nacionales. España, Portugal, Grecia, Irlanda e Italia, que habían salido de cuidados intensivos cuando Draghi prometió hacer “lo que fuera necesario” para sostener el euro, emprendieron, ya con el dinero encima de la mesa, el camino de la recuperación.

Ese plan debía terminar en septiembre de este año, ya con la barrera del billón de euros añadidos a la economía bien superada. Pero se prolongó, y se intensificó: 80.000 millones al mes.

Tocan a rebato

El Banco Central Europeo ha anunciado este jueves la prolongación de todos los estímulos monetarios hasta finales de 2017. Quiere acercarse a su objetivo de inflación (estar por debajo, pero cerca del 2%, y no casi a cero como ahora) y crecimiento en la eurozona.  Y cree que lo logrará al terminar el próximo año. En 2018 la entidad que preside Draghi prevé que la economía suba un 1,7% y la inflación un 1,3%. Será entonces cuando, si todo sale bien, se empezará a abandonar el monetarismo europeo.

Mientras, por su parte, la Reserva Federal, que ya ha cerrado el grifo de los QE, se prepara para dar el siguiente paso, la subida de tipos de interés. Los analistas creen que lo anunciará en la reunión que termina el próximo miércoles 14 de diciembre. Si lo hace, sería la segunda vez en una década. La primera, en diciembre del año pasado, dejó el interés al que “vende” el dinero a al 0,25%-0,5%.

Si ambos bancos centrales cumplen, en 2018 se habría terminado el grueso de esos programas, y con ellos una década monetarista en la que se ha entregado a los bancos privados varios billones de euros para mitigar los efectos de la Gran Recesión. La cifra es de otro mundo: los activos totales de los principales bancos centrales mundiales han pasado de los siete billones de dólares de 2008 a los 18 billones (la Fed de 800.000 millones a 4.5 billones, el BCE de dos a 3,5, el Banco de Japón de uno a 4,4), todo según un estudio de Yardeni Research.

Pero el monetarismo no da más de sí. Se está elevando demasiado el precio de los activos y no se está consiguiendo elevar la inflación, uno de sus objetivos. Algunos niegan que sea la estrategia adecuada, otros afirman que tiene que ir acompañada de gasto por parte de los gobiernos. Lo que casi todos tienen claro es que los bancos centrales han de dejar paso a los Gobiernos. Por eso se lanzan planes de gasto como el Plan Juncker de la Unión Europea, de 500.000 millones, o el presunto plan Trump en Estados Unidos, de una cantidad superior por definir.

Mientras, se evalúan los efectos. Estados Unidos ha dejado atrás la contracción de hasta casi un 5 % de su economía  y ahora crece al 3%. El desempleo se ha reducido a la mitad, hasta el 4,6%. En Europa, los daños son más profundos, pero en países al borde de la quiebra como España el PIB sube casi al 3%, la financiación está a un quinto de precio de lo peor de la crisis y el empleo se crea, extremadamente despacio y de mala calidad, pero se crea.

El toque a rebato se ha producido, aunque es posible que el final de facto se retrase. El propio Draghi ha advertido de que la inestabilidad política puede hacer cambiar de rumbo de nuevo. La salida de Reino Unido de la Unión Europea está por realizar y sus efectos por descubrir; la banca italiana aún no está saneada y el primer ministro que estaba al frente, Matteo Renzi, acaba de dimitir; en Estados Unidos hay un presidente electo, Donald Trump, que amenaza con iniciar algo parecido a una guerra de aranceles con China. 


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